EL CONGRESO

¿Dónde yace la realidad escondida?                                                 Por Anna Petrus


                                                                                     

El cineasta israelí Ari Folman regresa a la gran pantalla después de haber deslumbrado al mundo con Vals con Bashir (2008). En El Congreso dirige una libre adaptación de la novela de ciencia ficción «The Futurological Congress» del escritor y filósofo polaco Stanislaw Lem y vuelve a apostar por la capacidad de la animación para sumergirse en los laberintos de la mente humana. Sin embargo, si lo que prevalecía en Vals con Bashir era su valor documental y testimonal, en El Congreso Folman nos sumerge en un futuro apocalíptico y nada esperanzador. 



La imagen que abre El Congreso es un largo primer plano del rostro de la actriz Robin Wright escuchando el monólogo que Al, su representante artístico interpretado por Harvey Keitel, está haciendo en relación a su estrepitosa carrera como actriz. Al escuchar la triste situación en la que se encuentra su carrera profesional, en un callejón sin salida, Robin Wright, que se interpreta a sí misma, no puede evitar que se le caigan las lágrimas al tiempo que, muy lentamente, la cámara va abriendo el plano hasta mostrar a los dos personajes. Es sin duda un muy buen comienzo para una película que trata de mostrar la fragilidad en la que nos encontramos en un mundo que está cambiando la realidad por la virtualidad y en el que cada vez más es difícil encontrar algún atisbo de autenticidad o de verdad. Sin embargo, esa reflexión tendrá su máximo alcance solamente durante la primera parte de la película, la que está creada con imágenes reales, puesto que después El Congreso se abre paso a otro tipo de reflexión: ¿de qué modo la animación, las imágenes generadas por ordenador, pueden mostrar lo que una cámara de video no podría nunca llegar a filmar?

Pero vayamos por partes. Durante la primera mitad de la película Robin Wright, que aparte de ser actriz es madre soltera de una adolescente y un niño gravemente enfermo (que va perdiendo visión y audición de forma progresiva), recibe una última propuesta de uno de los estudios de cine más importantes. Los productores quieren que dé su consentimiento para que su imagen y sus expresiones sean digitalizadas y usadas para futuras películas sin necesidad de que ella vuelva a interpretar jamás. Para crear, en definitiva, una actriz totalmente virtual a la que simplemente hay que hacer actuar a través de los comandos de un ordenador. A pesar de que al principio Wright es reacia a ello, pronto su representante le hace ver que es la única opción que le queda puesto que ese es el destino de todos los actores en un futuro que ya no es lejano sino que está ahí mismo, delante de sus narices.

El enorme interés que sin duda desprende este planteamiento encuentra su punto más álgido en el momento en que asistimos al propio proceso de digitalización. Folman, que planta y mueve la cámera con una elegancia clásica a través de una narrativa flotante que le permite crear una atmosfera futurista, intenta sentar las bases para lo que vendrá en la segunda parte de la película y, sobre todo, para el epílogo final. En la que sin duda es la secuencia más hiriente y espectacular de la película, los sentimientos y las emociones de Robin Wright son digitalizadas al tiempo que su representante le explica los motivos reales por los cuales empezó a trabajar para ella y hace un repaso de su trayectoria juntos. Wright pasa de la simpatía a la tristeza y la frustación a través de ese recorrido simbólico, y los estudios pueden apoderarse así de su intimidad más resguardada.


LOS MISTERIOS DE LA MENTE

La imagen real de Robin Wright pasa a ser animada en el momento en que, veinte años más tarde, es invitada a un congreso sobre el futuro de la tecnología y la imagen virtual. A partir de ese momento, el complejo discurso de Folman sobre la verdadera naturaleza de las imágenes y el enorme valor factual del trabajo actoral, con todas sus consecuencias, deja paso a otro tipo de reflexión, sumiendo al espectador en una cierta confusión puesto que las expectativas generadas alrededor de la relación entre la Robin Wright real y la virtual se desvanecen sin ser resueltas. Por contra, es cierto que en esta segunda parte Folman vuelve a trabajar sobre el terreno que le interesa: los misterios de la mente y la incapacidad de las imágenes de la realidad para sumergirse en ellos. Una preocupación que ya está presente en Vals con Bashir, donde conseguía resolver magistralmente la aproximación a la amnesia padecida por los traumas de los soldados durante la guerra con el Líbano. En El Congreso, Folman pone la animación al servicio de la mente y el subconsciente de Robin Wright al tiempo que retrata un futuro distópico en el que muy pocos escogen vivir la vida real prefiriendo pasar sus horas en un avatar animado que les permite convertirse en aquel personaje que deseen a cada momento, ya sea una estrella del rock o un súperhéroe de cómic.

A pesar de todo ello, es cierto que lo que en Vals con Bashir resultaba ser una auténtica revelación para el espectador, aquí no consigue obtener la misma relevancia a causa de la naturaleza fictícia y futurista del relato. Si bien la animación servía en Vals con Bashir para mostrar la incertidumbre de los hechos (la matanza de refugiados palestinos en Sabra y Chatila-Líbano– en 1982) y lo que nos emocionaba era precisamente esa conexión con la realidad, en El Congreso la animación acaba adoptando un valor narrativo a escala simple que, aún así, tiene la fuerza de saber mostrar un futuro imaginado que, exceptuando el juego del suspense y la sorpresa, podría encontrar alguna sintonía con una película aparentemente tan dispar como Shutter Island (2010), de Martin Scorsese. En ambas propuestas los protagonistas acaban perdiéndose en sus propios recuerdos, en su propio subconsciente, sin ser capaces de poner orden a ese laberinto kafkiano. El poder de la animación sirve entonces a Folman para mostrar el aparente caos y el desorden que reina en el inconsciente de Robin Wright para, finalmente, sugerir que todos y cada uno de los detalles que allí habitan tienen, a pesar de todo, un motivo, una razón de ser.


APOCALYPSE NOW

En el último tramo de El Congreso Ari Folman vuelve a la imagen real para dar cuenta de la desoladora realidad con la que lidian los hombres y mujeres que han decidido no caer en el engaño que supone vivir como avatar en el mundo animado. Sin embargo, esa elección moral no tiene recompensa puesto que el mundo en el que (sobre)viven es todo lo contrario a lo que llamamos paraíso. Folman encara ese retorno a través del rostro demacrado, cansado y derrotado de Robin Wright que intenta hacerse paso entre una multitud de rostros absolutamente hundidos y devastados. Esa primera secuencia de realidad, tras la alucinación que ha supuesto entrar en el mundo de los avatares, parece tener la intención de sumir al espectador en un estado de letargo que, de alguna manera, conecte con el sentido apocalíptico del futuro retratado por Folman. A pesar de que es evidente la intención con la que se ha rodado y que, en algún instante, las imágenes nos transporten fugazmente al tono apocalíptico de Las harmonías de Werkmeister (2000) de Béla Tarr, se abre irremediablemente una fisura entre las imágenes y el espectador que se torna insalvable al hacerse tan evidentes las trampas y los trucos de la filmación. Si en la primera parte de la película Folman nos hacía reflexionar sobre la necesidad de autenticidad en el cine, en el epílogo la necesidad de mostrar un futuro plausible, aunque devastado, acaba mermando la posibilidad de encontrar algo de verdad entre sus imágenes. Así las cosas, las últimas secuencias de El Congreso son frías y muy lejanas. Una sensación que Folman combate a través de la línea narrativa abierta en relación al hijo enfermo de Robin Wright. Al conocer que los médicos le han diagnosticado una ceguera casi total y, en consecuencia, que ha decido adentrarse en el mundo de los avatares sin dejar ninguna pista sobre su nueva identidad, Wright decide ella misma abandonar la realidad y partir quizás en su búsqueda en ese mundo en el que nadie es quien realmente dice ser y donde todo el mundo vive en un engaño perpetuo sobre la verdadera naturaleza de lo que le envuelve. Una apreciación clave para entender la postura moral y cinematográfica de Folman no solamente hacia los peligros de la virtualidad descarnada sino tambien hacia la práctica del propio cine y los instrumentos que debe manejar el cineasta. Con un fuerte sentido de autoconciencia, pues, Ari Folman nos muestra el enorme poder del cine y nos advierte de la dificultad, cada vez más, de encontrar aquellas películas o aquellas imágenes que nos transporten hacia sensaciones y emociones que mantengan algún tipo de contacto con la realidad tangible, es decir, con la autenticidad o la verdad del mundo que nos rodea.     



España-Francia-USA, 2013. Director y guión: Nacho Vigalondo. Productores: Belén Atienza, Mercedes Gamero y Enrique López Lavigne. Producción: Atresmedia Cine, Apaches Entertainment, Sayaka Producciones Audiovisuales, Wild Bunch, La Panda, SpectreVision. Fotografía: Jon D. Domínguez, en color. Dirección artística: Javier Alvariño y Soledad Seseña. Música: Jorge Magaz. Montaje: Bernat Vilaplana. Duración: 99 minutos. Intérpretes: Elijah Wood (Nick Chambers), Sasha Grey (Jill Goddard), Neil Maskell (Chord), Nacho Vigalondo (Richy Gabilondo), Iván González (Tony), Trevante Rhodes (Brian), Scott Weinberg (Don Delano), Adam Quintero (Pierre).



Articulo publicado en el número 447, Septiembre 2014.

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