EL MAL QUE HACEN LOS HOMBRES

Somos los hijos de la Historia                                                                                     

                                                                                                            Por Nicolás Ruiz


                                                                               

Tras cinco años desde «Catalunya über alles!» nos llega el cuarto film de Ramon Térmens, «El mal que hacen los hombres», un «thriller» ambientado en el mundo del narcotráfico. Dos sicarios, un extraño y una niña secuestrada son los protagonistas de esta claustrofóbica historia que, pese a su oscura premisa, busca algo de luz en el alma humana, la esperanza que habitan los personajes en la filmografía de Térmens.       



LA ESPADA Y LA PARED

Si hablamos de un thriller ambientado en México lo primero que haremos es pensar en la recurrente temática de los films que allí transcurren (Sicario, sin ir más lejos) para desenterrar toda esa mitología y ponerla al servicio del visionado. Por otro lado pensaremos en ese componente social buenista con el que siempre se describen personajes que no han tenido más opción que ser esclavos del narcotráfico, dando de esta manera alma a los protagonistas y planteando una mínima disyuntiva al espectador. Es normal, el cerebro funciona como un sistema lógico que intenta resolver problemas y que, ante situaciones desconocidas, tira de jurisprudencia, buscando la respuesta antes de que llegue por sí sola. Así, dos sicarios de la droga junto a una rehén indefensa darían pie a una trama con persecuciones y apuntes
biográficos de los protagonistas salpicando su desarrollo, o eso diría la Historia.

Ramon Térmens vuelve a jugar con esos prejuicios para plantearnos un thriller árido que huye de hacernos empatizar con cualquiera de sus protagonistas, que tira de arquetipos para ahorrarnos tiempo en la presentación de personajes y así poder entrar en la trama tan rápido como sea posible. Así al lobo solitario liado con una prostituta se le une un ayudante algo pardillo, sumados a la niña secuestrada (un mero catalizador) y un tercer sicario que se encargará de sacar a los dos protagonistas de sus caminos prefijados, poniéndonos en el pellejo de esas decisiones. Porque si la biografía sirve para saber cómo hemos llegado hasta aquí, el desarrollo sirve para definir la salida, y en las decisiones de los protagonistas contamos con tan poco datos como ellos, por lo que El mal que hacen los hombres apela a nuestra credulidad con respecto a su desarrollo, situándonos, de nuevo, en una posición parecida a la de sus protagonistas.

También sabemos que este tipo de tramas claustrofóbicas requieren de un conflicto constante, por lo que cada elemento cuenta, y cada detalle y personaje no es producto del azar ni supone una pincelada de color, sino que ha de volver después de su presentación para formar parte de un nudo, y ser tan funcionales como los peones de la droga. Y seguramente habrá quien se moleste por ese uso tan vago de ciertos elementos narrativos, pero Térmens es consciente de que su discurso no necesita adornos: como la caduca sencillez de un helado. Por ello El mal que hacen los hombres va despojándose de sutilezas para caer en la lucha del bien contra el mal con la excusa tan universal de infligir dolor (o no) a un infante, algo que nos conecta directamente con los protagonistas, ese bien absoluto tan incuestionable como el peso de la Historia en los propios sicarios. Porque los sabemos condenados de antemano, con su redención esposada a una silla, enjaulada por órdenes de otros, como si fueran culpables meramente por omitir decisiones en favor de ejecutar su tarea, como si la única bondad que pudiera habitar en su biografía estuviera por venir a través de esa niña secuestrada.

Y ahí es donde cobra sentido el artefacto levantado por Térmens, en la frase de Shakespeare que cierra el film y que insta a desenterrar todo buen acto en estos tiempos de sucesos, a escarbar en la sangre con la que se escribe la Historia para dar con la importancia de actos que no fueron viles, a ser la voz de la redención, representada por una niña que ansía un helado. De ahí que El mal que hacen los hombres no pueda caer en grises morales ni necesite de una profundidad dramática excesiva, porque su discurso no necesita matices sino insistencia, como aprendimos las tablas de multiplicar: repitiéndolas.

Por eso al director catalán cabe agradecerle que no se ande con rodeos ni infle a pretensiones una cinta que se torna tan funcional como un post-it pero tan entretenida como un sudoku, sin buscar la espectacularidad en giros de guión inverosímiles ni impostar un sello de autor con que el hacer currículum, sino que sus piezas juegan en base a lo que marca la Historia, con la única incógnita del happy ending o no durante todo su desarrollo, pero con destinos claramente marcados desde su arranque. Porque en esta época de sucesos y miedo, de conformismo y prudencia, de metainformación y saturación, cabe recordar y entender por qué también siguen habiendo actos de bondad y, sobre todo, darles el eco del que carecen en los grandes medios de prensa y, sin embargo, copan los muros de Facebook. Llamadme cursi o llamadlo revolución.


ELECCIÓN

Porque quizás todos somos unos blandos y nos basta un empujón o un vídeo motivacional para creer podernos comer el mundo, pero tú, lector, habrás sido el primero en elegir «cursi» como respuesta a mi pregunta. Ya se sabe, sin fuerza no hay movimiento y tendemos al conformismo, por eso Térmens es tan absoluto al centrar su maquinaria en una niña secuestrada, pese a la primera tentativa formulada a través de sus protagonistas, el cual afirma tener su límite en hacer daño a un perro. En ese punto los personajes parecen tan libres de elegir como esclavos de las órdenes del capo Lucho, una suerte de pacto donde la ausencia de duda convierte el acatar órdenes en aceptarlas alegremente: la dictadura de la aceptación.

Para entonces la cámara ya baila alrededor de ellos, incansablemente, sin la firmeza de quien filma certezas, adelantándose a las dudas que han de llegar en El mal que hacen los hombres. Y por el camino se suceden las sospechas sobre un
vagabundo, un repartidor y un extraño: las dos primeras para definir supuestos posicionamientos morales de la pareja protagonista, y el tercero para tumbar la concepción que tienen de ellos mismos, como si el baile de la cámara les hubiera finalmente derrotado. Es, en cambio, ese extraño el que ante la duda se muestra más férreo, más implacable, la espada que no vieron que les arrinconaba contra la pared mientras jugaban a las hipótesis. Así, para Térmens, una elección no resulta fruto del momento, sino consecuencia lógica de muchos de nuestros actos, en ocasiones contradictorios, el instante en que somos capaces de dar con nuestro rol en la Historia, de ser aceptados sin habernos rendido.

Así, en el momento que los personajes se descubren más prisioneros que la pequeña secuestrada, empieza el momento de las elecciones, a las que solemos disfrazar de decisiones. Esto se ejemplifica claramente en dos escenas que implican a varios mercenarios que aparecen para acabar con los protagonistas: mientras unos huyen al ser amenazados por Santiago (el veterano protagonista), otro de ellos, perdonada su vida, le disparará a traición. Es decir, los primeros eligen entre matar o morir, mientras el segundo decide que la disyuntiva se le queda corta, a la manera en que Santiago y Bennie ven destapada su propia mentira: no eran dueños de decidir sino prisioneros de una elección, y poder decidir implicará derribar toda posible opción a elegir.

Dicha integridad de los personajes, ciertamente impostada en su arranque, viene reforzada por una cámara que (sobre todo en el caso de Santiago) gusta de filmarles con contrapicados, como si más allá del hombre y la apariencia hubiera algo más que no puede ser derrotado, ese absoluto representado por la niña. Y si la derrota viene representada por una elección, basta la representatividad de la escena de la sierra mecánica, donde la imposibilidad de esa derrota se plasma decidiendo. Así Térmens elude jugar a la ambigüedad en el triángulo de protagonistas, porque no se trata del suspense ni de una adivinanza, sino de trazar un mapa que dibuje todos esos errores que llevan a un redentor acierto: una cartografía humana universal.

Porque todos sabemos cómo acaba la historia, y cómo van a reaccionar los personajes, así como los motivos cuando la excusa para ellos es descuartizar o no a una niña, pero El mal que hacen los hombres no busca ser una adivinanza ni una partida de ajedrez (cuyas reglas son claras), sino las correcciones sobre un diagrama de comportamiento, un exorcismo sobre esas voces ajenas que llegamos a creer la nuestra. De ahí el chocante (pero necesario) flashback de la vida de Santiago, donde la pistola que dibujó su biografía ha de ser protagonista de desacreditarla o, mejor dicho, para desvestirla de ruido, traducirla a sinceridad, a la manera en que el propio Santiago pierde todo y cuánto tiene a su alrededor.

Porque toda elección y reacción no deja de ser tan cobarde como falsa, una lucha contra el sujeto sobre el que pivota la duda, un actuación disfrazada de libertad, cuando decidir debe ser un acto que rinda tributo a esa duda, que luche por ese sujeto que acaba por representar la libertad. Y quizás El mal que hacen los hombres no sea más que esos mensajes de autoayuda y superación que pueblan los timelines de las redes sociales, pero su ausencia de cobardía se agradece en tiempos de esclavitud. Llamadme cursi y llamadlo revolución.                 

 


España, 2015. Director: Ramon Térmens. Productores: Daniel Faraldo y Ramon Térmens. Producción: Segarra Films. Guión: Daniel Faraldo, según un argumento de Ramon Térmens y Daniel Faraldo. Fotografía: Sergi Bartrolí, en color. Dirección artística: Albert Arribas. Música: Yuval Ron. Montaje: Anna Térmens. Duración: 94 minutos. Intérpretes: Daniel Faraldo (Santiago), Andrew Tarbet (Benny), Sergio Peris-Mencheta (Martín), Priscilla Delgado (Marina), Nikol Kollars (Lin), José Sefami (Lucho), Andy Macías (El Rata), Margarita Arrocha (La cantante), Pau Castro (Santiago, niño), Marco Román (El predicador)



Articulo publicado en el número 463, Febrero 2016.

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