MORIR EN MADRID

Frédéric Rossif (1962)                                                                       Por Rafel Miret


Hay películas que pasan a la historia más por las dificultades o peripecias de su rodaje y exhibición que por su valor. Morir en Madrid podría ser una de ellas, pero afortunadamente no lo es. El documental realizado por Frédéric Rossif (1) en 1962 sobre la Guerra Civil española tiene suficiente interés en sí mismo para superar el paso de los años. Concebido como un homenaje a los miembros de las Brigadas Internacionales, que en un momento de su existencia optaron con heroica generosidad por «morir en Madrid», el film se propone también dar a conocer al público francés, y por extensión al espectador internacional, lo que había sido el conflicto español. Para llevar a término sus propósitos, Rossif contaba con documentales de guerra procedentes de diversos países (EEUU, Alemania, Inglaterra, Francia), y muy especialmente de Rusia, entonces Unión Soviética, rodados estos últimos por el prestigioso realizador Roman Karmen, autor asimismo de otros films sobre la Guerra Civil. A estos materiales, el director se propuso añadir imágenes de la época rodadas por él mismo. Para llevar a cabo sus planes, solicitó permiso para realizar un documental supuestamente titulado «España eterna», petición que fue contestada positivamente hasta el punto que «se le dio permiso sin limitaciones y se exhortó a los gobernadores civiles y delegados del Ministerio a que le prestasen ayuda», como recuerda en sus memorias José María García Escudero, director general de Cinematografía y Teatro. Como es lógico, cuando se descubrió el engaño, hubo todo tipo de protestas oficiales, e incluso el gobierno español intentó comprar el negativo del film para hacerlo desaparecer para siempre. Ante la imposibilidad de lograr sus objetivos, se encargó entonces a Mariano Ozores una réplica «nacional» a la ofensiva cinta de Rossif, con el título de Morir en España (1964), hoy justamente olvidada. Pero, como los despropósitos nunca vienen solos, se anunció dicha película con la emblemática imagen de un soldado republicano cayendo herido en el frente, obra del fotógrafo húngaro Robert Capa, corresponsal de guerra en España y declarado antifascista.

Afortunadamente, ni las presiones ni las quejas impidieron que el film se estrenara en Francia y obtuviera además el premio Jean Vigo. Lógicamente, su visión en España no fue posible hasta 1978, tres años después de la muerte del dictador. Cabe reconocer que para las autoridades españolas la película resultaba especialmente incómoda cuando el país había conseguido reanudar sus relaciones internacionales, los planes de desarrollo de los llamados ministros tecnócratas intentaban modernizar la atrasada industria nacional, los turistas comenzaban a llegar y, lo más importante, Franco se disponía a celebrar por todo lo alto los «25 años de paz». Por su parte, el propio director diría años más tarde que su película, estrenada cuando fue ejecutado el dirigente comunista Julián Grimau, ponía de manifiesto la mala conciencia del mundo occidental que había acabado tolerando la dictadura española.

Tal vez la información que ofrece Morir en Madrid puede parecer actualmente un tanto redundante, cuando todos los medios de comunicación, y muy especialmente la televisión, han estudiado ampliamente las causas y las consecuencias de nuestra guerra «incivil». Sin embargo, y pesar del tiempo transcurrido, la excelente calidad de los materiales seleccionados aportan una insólita inmediatez y un dramático realismo a los desgarradores enfrentamientos entre ambos bandos, ya sean los ataques del ejército franquista (la ofensiva de Badajoz, la masacre de Guernica por la Legión Cóndor, los bombardeos de Madrid y Barcelona) o del bando republicano (las batallas de Brunete y Belchite). Especialmente aterradoras son las escenas de la batalla del Ebro, con los corresponsales en primera línea de fuego filmando a los soldados que caían alcanzados por los disparos ante el objetivo de sus cámaras. Por primera vez en la historia, en la guerra española se bombardeó a la población civil como una forma de desmoralizar al enemigo, al tiempo que las tácticas militares y el armamento sirvieron de banco de pruebas para la Segunda Guerra Mundial.

En numerosas ocasiones se ha denunciado la tendenciosidad de Morir en Madrid por la evidente toma de partido del director por el bando republicano, una actitud coherente con sus principios éticos y políticos. De hecho, la misma posición era compartida por la mayoría de los ciudadanos europeos ante el sorprendente mantenimiento de la dictadura fascista española, cuando los «camaradas» del autodenominado generalísimo, Hitler y Mussolini, habían sido derrotados tras la Segunda Guerra Mundial. No por casualidad, en la película se recuerda la firme respuesta de Miguel de Unamuno al grito destemplado de «¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!» lanzado por el general Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca: «Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir es necesario algo que os falta: razón y derecho en la lucha.»

Pero Morir en Madrid es algo más que un «simple» documental de guerra. Las imágenes de Rossif, el comentario de Madeleine Chapsal y la música de Maurice Jarre añaden a la crónica bélica un toque de lirismo y emoción, especialmente evidente en los rostros, las calles y los paisajes retratados por el director; aunque también es justo reconocer que la España de 1962 no era ni podía ser la misma de 1939. Frédéric Rossif afirmaba en una entrevista realizada en 1985 que la historia avanzaba tan deprisa que Franco parecía ya un contemporáneo de Torquemada. Veintitrés años después es posible que algunos no sepan ya ni quién era Franco ni Torquemada. Para los que todavía lo recuerden o lo quieran saber, Morir en Madrid es una buena ocasión. Por otra parte, su revisión actual (el film se ha editado recientemente en DVD), cuando está en marcha un proyecto de recuperación de la memoria histórica, parece especialmente oportuna. 


(1) Montenegrino de origen y francés de adopción, Frédéric Rossif (1922-1990) fue un reputado documentalista especializado en el mundo animal. A caballo entre el cine y la televisión, dirigió también varios films sobre destacados artistas, y con frecuencia amigos, como Picasso, Matisse, Cocteau, Ghagall, Brel y Braque. Entre sus documentales más notorios cabe recordar Pourquoi l’Amérique?, La fête sauvage, Révolution d’Octobre y Tiempo de ghetto, el único de ellos estrenado en España.


Francia, 1962. T.O.: «Mourir à Madrid». Director: Frédéric Rossif. Productor: Nicole Stéphane. Producción: Ancinex. Guión: Frédéric Rossif y Madeleine Chapsal. Fotografía: Georges Barsky. Música: Maurice Jarre. Montaje: Suzanne Baron. Duración: 86 minutos. Documental


Articulo publicado en el número 375, Febrero 2008.

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