EL OJO DE CRISTAL

Antonio Santillán (1955)                                                              Por Ramon Freixas


El manto gravoso del olvido recae sobre Antonio Santillán (1909-1966). Cuando se ha producido un toque de atención sobre otros realizadores, también confinados en la praxis del cine de género, no una reivindicación a bombo y platillo pero suficiente como para apreciar su obra, nadie ha reparado en Santillán. Salvo excepciones excepcionales, valga el pleonasmo, no ha dispuesto de paladines que hayan validado su idiosincrasia y talento (1). Y en el ámbito del policíaco español, incluidos sus aledaños de misterio y suspense, su figura es de las más conspicuas y relevantes. Ya su debut, Enemigos (1942), sorprendente (y pionera) gangster movie, consigna su decantación por el género. Revisada su obra resaltan una serie de títulos afectos a la corriente donde prevalecen su entonado quehacer fílmico, su estimable intuición narrativa, una apreciable solidez artesanal y una notable pericia técnica. Y sin embargo... Santillán, polivalente hombre de cine (2), es uno de los máximos valedores (por cantidad y calidad) de la producción especializada (durante las tres décadas que se prolongó su trayectoria: años 40, 50 y 60), con la significativa circunstancia de que en la bipolaridad (productora) entre Madrid y Barcelona, trabajó para firmas radicadas en ambas ciudades, si bien su entente con el proteico Ignacio F. Iquino fue muy fértil. No por nada, tras siete años de abstinencia laboral, le fichó para acometer Almas en peligro (1951). Un Iquino factótum de la modalidad, pues entre 1950 y 1963, cronología considerada como la columna vertebral de la misma, financió 19 films, entre ellos tres de Santillán, El presidio (1953), Cuatro en la frontera y El ojo de cristal (1955), su master piece. Una obra a veces citada por su singular naturaleza, es decir, partir de un texto literario previo, un relato corto de William Irish, «A través del ojo de un hombre muerto», comprimido y ampliado por Iquino, José A. de la Loma y Joaquina Algars, hecho inusual en el seno de un género dominado por la aportación de libretos originales.

No obstante, El ojo de cristal no se queda en su mera condición de rareza. Va más allá de su sugestivo planteamiento y de la urdimbre de la historia. En urgente y rápido resumen: las andanzas de Enrique (Carlos López Moctezuma), un ambicioso vendedor de coches, de apariencia amable pero capaz de (controlados) estallidos de violencia, cuyo plan previsto de apoderarse de 50.000 pesetas de un viejo se complica, mientras que su idea de un crimen perfecto también se irá al traste, descubierto por unos chiquillos que juegan a buscar indicios criminales (ese ojo de cristal del título). El film se revela como un poliédrico y astuto ejercicio de refinado policíaco, poseedor de una elaborada dramaturgia de claroscuros, funcionando como intriga criminal de espesor costumbrista, de firme tipología de secundarios y cuya apuesta en escena aboga por la profundidad de campo, servida por malévolas angulaciones de cámara, de un efectismo visual satisfactorio y nada forzado. Conviene empero ampliar algunos de los puntos enunciados. De entrada, es menester detenerse en el personaje de Enrique, un delincuente solitario, ajeno a bandas o colaboradores (de hecho, Clara, Beatriz Aguirre, su novia, es ante todo una/su víctima), bien ataviado, pulcro y atildado, cuya perdición –suprema ironía– consistirá en llevar un traje a la tintorería. Su apariencia serena no aminora, al contrario, provoca la inquietud y el desasosiego. Asimismo, el engarce de las tres líneas de la narración no decae, complementándose adecuadamente, esto es, las indagaciones de los niños, la investigación policial y las actividades delictivas de Enrique, al punto de que no rechina la posible aleatoriedad (o casualidad) de su confluencia. El libreto agrega (hábilmente) diverso material a la esencia del cuento de Irish, concentrado en las pesquisas infantiles, al albur del ojo de cristal y el climax final, el encuentro entre Pedrito (Manuel Fernández) y Enrique en la fábrica abandonada. Lo cual abunda en la rica nómina de secundarios, portadores de un toque humorístico, adjunto a tantas producciones del período, que incide en el sabor costumbrista de la pieza: del colérico tintorero (José Sazatornil «Saza») a la atenta kiosquera, del observador barman (Jesús Colomer) a la quisquillosa doña Ernestina (María Luz de Reyes), la mujer del perrito.

Significa por ende un consciente (dramático y testimonial) uso de la geografía urbana, una de las entidades del policíaco más trempado (cf. El fugitivo de Amberes, Miguel Iglesias, 1954), no ya el ambiente portuario, que también, mas de modo incidental, pero sí la estación de Francia o la catedral. Sin embargo, uno de los réditos del film reside en su capacidad para materializar las zonas de sombra (y oscuridad), plasmar la sensación de oquedad, dimensionar el malestar, la desazón que anida en los personajes: así, las desniveladas relaciones entre Enrique y Clara, Miguelín (Francisco Alonso) y su padre, el tintorero, o Enrique y el inspector (Armando Moreno)... A la falta de confianza entre éste y el comisario jefe, se suma su contestación («con un inútil en la familia, basta») cuando su hijo le dice que quiere ser policía. Aspectos, situaciones, ataques de ira, reveses vitales «que parecen cobrar todo su sentido –idéntica insatisfacción y amargura manifiestan a lo largo del film, obreros, asesinos y representantes de la ley– ofreciendo al espectador fértiles asideros textuales parra enriquecer su dramaturgia» (4). El film avala interesantes apuntes sobre las relaciones entre padres e hijos o acerca de dos modelos de mujer (Carolina Jiménez, afianzada en su papel de madre y esposa de policía, frente a Clara, independiente, elegante, nada explosiva, atada al delito pero no mala), pero en particular sobresale por el manejo del suspense y el realismo (lejos de mimetismo de matriz hollywoodiense), por la asumida modestia de Santillán que aúna eficacia y brillantez, tanto en el empleo del campo / contracampo o en el despliegue de picados / contrapicados, luces y sombras, en el tramo final, como en los desplazamientos de los actores en el encuadre. Pensemos en el dispositivo circular de la historia, Enrique realiza idéntico recorrido al inicio y conclusión del film, en sentido inverso, muere en el lugar del crimen; la secuencia de apertura, sin diálogos, con un Enrique que surge de la negrura hasta llegar casi a primer término; el primer plano de su rostro, de ojos iluminados, al estrangular a Clara; la persecución / enfrentamiento de Enrique y Pedrito lleno de malos presagios; la tensa, nerviosa espera de Clara en la estación de ferrocarril.


(1) Como sí han gozado –y sin movernos del contexto policíaco–, Ignacio F. Iquino merced a Brigada criminal (1950), Julio Salvador a costa de Apartado de correos 1001 (1950) –aunque no es el director de un único film, ojo–, Julio Coll gracias a Un vaso de whisky (1958), Paco Pérez-Dolz por A tiro limpio (1963) e incluso el Juan Bosch de A sangre fría (1959), todos, ciertamente, títulos señeros pero a veces los árboles impiden ver el bosque.

(2) Entre sus créditos, apuntar su condición de distribuidor, director de doblaje y cofundador y presidente de la Cooperativa Cinematográfica Constelación, empresa creada en 1962 con el músico Federico Martínez Tudó, encargada de financiar sus postreras contribuciones policíacas, Trampa mortal (1962) y Sendas torcidas (1963).

(3) Entre las escasas adaptaciones literarias, mencionar El cebo (Ladislao Vajda, 1958), según «La promesa» , de Friedrich Dürrenmatt, Muerte al amanecer (José A. de la Loma, 1959), bajo el amparo de «El inocente», de Mario Lacruz, o Los atracadores (Francisco Rovira-Beleta, 1961), a partir del texto homónimo de Tomás Salvador. También citar la labor de Juan Gallardo Muñoz, escritor pulp, de novelas baratas, en arte Donald Curtis, por ejemplo en No dispares contra mí (José M.ª Nunes, 1961), no el único del gremio suministrador de ideas, caso de Antonio Vera, a la sazón Lou Carrigan, cuya más sustantiva aportación se cifra en Un colt por 4 cirios (Ignacio F. Iquino, 1971), un texto suyo de luz gangsteril, reconvertido por José Ulloa en una del Oeste, su sino, pues de los seis títulos versionados todos engrosan en caudal del western europeo, menos La banda de los 3 crisantemos (I. F. Iquino, 1969).

(4) Castro de Paz, José Luis, reseña del film, en Pérez Perucha, Julio (ed.), «Antología crítica del cine español 1906-1995», Ediciones Cátedra / Filmoteca Española, Madrid, 1997, pág. 379.


España, 1955. Director: Antonio Santillán. Productor: Ignacio F. Iquino. Producción: I.F.I. Guión: José Antonio de la Loma y Joaquina Algars, según el relato de William Irish (Cornell Woolrich), adaptado por Ignacio F. Iquino. Fotografía: Ricardo Albiñana. Dirección artística: Antonio Liza. Música: José Casas Augé. Montaje: Ramón Quadreny. Duración: 92 minutos. Intérpretes: Carlos López Moctezuma, Armando Moreno, Beatriz Aguirre, Carolina Jiménez, Miguel Fleta, Jesús Colomer, Juanita Espín, José Sazatornil, Manolito Fernández, Francisco Alonso.


Articulo publicado en el número 376, Marzo 2008.

© DIRIGIDO POR, S.L. Prohibida su reproducción total o parcial.

 RevistasRevistas.html
 LibrosIntrod._Libros.html
 Contacto y pedidosContacto.html
 Quienes somosQuienes_somos.html
 ArtículoDirigido_Reportaje.html
 DossierDirigido_Dossier.html
CríticaDirigido_Critica.html
 StaffDirigido_staff.html
 SumarioDirigido_sumario_378.html
 Nº atrasadosDirigido_N%C2%BA_atrasados.html
 Artículos archivoDirigido_Archivo_Indice.html
 Sumarios anterioresDirigido_sumarios_anteriores.html