CIUDAD EN SOMBRAS
William Dieterle (19 50) Por José María Latorre
Las primeras imágenes y escenas de Ciudad en sombras anticipan el tono y las características del film: la cámara acompaña a un individuo, Danny Haley (Charlton Heston en su primer trabajo cinematográfico), caminando por las calles hacia la oficina de juego y apuestas ilegales que controla; cuando está a punto de llegar a ella advierte que la policía está haciendo una redada y, en lugar de subir, se detiene en un bar para observar lo que sucede: desde allí ve salir detenidos a sus dos socios, Barney (Ed Begley) y Augie (Jack Webb); poco después, se marcha del bar sin tomar el café que ha solicitado (pagándolo, empero, con una moneda arrojada al aire para que el camarero la coja al vuelo) y sube a la oficina, donde conversa con su ayudante, un ex boxeador a quien llaman «Soldado» (Henry Morgan), y éste le entrega una pistola; enseguida aparece el capitán de policía Garvey (Dean Jagger) con un compañero e interroga a Danny Haley, quien al verlos entrar toma la precaución de arrojar la pistola a una papelera con objeto de que no se la encuentren al ser cacheado, como en efecto así sucede. Ese comienzo, de brioso ritmo narrativo, se distingue por los continuos movimientos de la cámara y por apuntar a cuestiones que serán el eje dramático de la película: el individualismo y la astucia de Danny, su tensa relación con la policía y la circunstancia de haber hecho del juego su forma de vida; también a su costumbre de arrojar monedas al aire, lo cual informa sobre su condición de jugador y, de paso, sobre su oculta, amordazada tendencia a la honradez (paga el café aunque no lo beba); en ese paseo por las calles hay una sensación de realidad que, en principio, parece más propia de un film noir Fox que Paramount, aunque enseguida encontraría continuidad en este estudio gracias a Lewis Allen y al propio William Dieterle, el realizador de Ciudad en sombras; en cuanto a la cámara, crea una sensación de movimiento continuo, complementada por el efecto de unos encuadres secos, cortantes, que en ocasiones parecen buscar lo que hay más allá de una situación o de un rostro humano. Como fondo hay algo más: muestra a unos personajes que viven instalados en permanente inquietud, pendientes de un hilo, al margen de la ley, así como la gran capacidad de uno de ellos, Danny Haley, para hacer frente a los momentos difíciles. Todo ello, ofrecido en un atractivo blanco y negro, parece apuntar, como he sugerido, a un film noir típico de la época (finales de los años cuarenta e inicios de los cincuenta): apuestas, tramposos, redadas, interrogatorios policiales, referencias a elecciones (Danny se permite un comentario sarcástico como reacción a la redada: le extraña la diligencia policial porque todavía no es época de elecciones), con el añadido posterior de un club donde canta Fran (Lizabeth Scott), la mujer que se relaciona con Danny sin que éste quiera comprometerse ni renunciar a su soledad y a su libertad de movimientos. Sin embargo, Ciudad en sombras no puede ser visto como un típico film noir de una época en la que éstos abundaban tanto como abundan hoy las películas de efectos especiales: se puede decir cualquier cosa de él menos que sea típico.
Uno de los motivos para que no sea así se encuentra en el desarrollo de la trama. Los tres jugadores se encargan de «desplumar» a un incauto ex combatiente, Arthur Winant (Don DeFore), llevándose de él no sólo el dinero en efectivo sino también un cheque que no es suyo, por valor de cinco mil dólares; después de haberlo perdido todo, Arthur se quita la vida ahorcándose en su habitación del hotel donde se aloja; pero el suicida tiene un hermano enloquecido que se propone vengarse eliminando uno a uno a los jugadores. Si hasta la secuencia de la partida de póquer, filmada de tal modo que hace evidente que la mesa de juego es una suerte de tela de araña que va envolviendo a su víctima, Ciudad en sombras posee la atmósfera de un film noir (un tanto peculiar), a partir de ella transita por otros caminos combinando el miedo de unos personajes (Barney, Augie) y el proceso de transformación moral de otro (Danny), con su descubrimiento de que existe otra forma de vida fuera de las mesas de juego, en una especie de ascesis personal o redescubrimiento de la conciencia. El miedo de Barney, quien padece una úlcera de estómago que lo obliga a beber mucha leche, da origen a una extraordinaria secuencia, más propia de una película de terror que de un film noir, desarrollada en el sórdido apartamento donde vive, en la que Dieterle combina admirablemente la sensación de angustia del personaje y sus miradas de pánico, con la iluminación y el sonido. Por su parte, el camino a la ascesis que emprende Danny empieza con su conocimiento de la viuda del suicida, Victoria Winant (Viveca Lindfors), y su pequeño hijo, Billy (Mark Reunning), y concluye en el escenario de Las Vegas, donde el jugador intenta ganar dinero de la única manera que sabe, al tiempo que trata de salvar su vida de la amenaza del vengador. Sigue habiendo como fondo un poso residual de film noir, latente sobre todo en las peculiares características de los personajes, pero el desarrollo lo convierte en un relato a la vez existencial y de suspense, en el que los ambientes son menos significativos de lo que eran en su primera mitad. El resultado es de una modernidad sorprendente. Si en la primera parte llama la atención la construcción y la expresividad de los encuadres (hay uno espléndido que muestra la reacción de Danny al ver el dinero y el cheque bancario que guarda Arthur Winant en su cartera; se trata de un primer plano que va más allá de lo que era habitual en los primeros planos en el cine de Hollywood de aquella época: apunta al desequilibrio de Danny y a su, en ese momento, única forma de percibir el sentido de la realidad), en la segunda parte destaca la creación de un ambiente de recelo, de sospecha, y la progresiva «interiorización» del personaje de Danny. En este ambiente de jugadores Dieterle se permite incluir también un juego hitchcockiano: se sabe que el asesino lleva en la mano derecha un anillo con una piedra negra y el realizador aprovecha el detalle para alimentar la doble idea del peligro y la sospecha por medio de planos en los que figura ese anillo (hay un plano secuencia en la casa de Victoria Winant en el que el tipo del anillo se entera, gracias al pequeño Billy, del paradero de Danny); por eso, cuando Danny trabaja de croupier en un casino de Las Vegas, William Dieterle hace que el espectador fije su atención en las manos de quienes lo rodean en la mesa, pendientes de la aparición del anillo en una de ellas, pero la panorámica que las muestra acaba deteniéndose en las de Fran, quien también se encuentra allí; sin embargo, en otra secuencia posterior las sucesivas apariciones de la mano con el anillo de la piedra negra en una mesa de juego van añadiendo inquietud y densidad al espesor de la trama: cada vez que Danny gana dinero con los dados asoma en el encuadre el recuerdo de la amenaza por medio de la presencia del anillo.
USA, 1950. T.O.: «Dark City». Director: William Dieterle. Productor: Hal B. Wallis. Producción: Paramount Pictures. Guión: John Meredyth Lucas y Larry Marcus, según un argumento de Larry Marcus, adaptado por Ketti Frings. Fotografía: Victor Milner. Dirección artística: Hans Dreier y Franz Bachelin. Música: Franz Waxman. Montaje: Warren Low. Duración: 97 minutos. Intérpretes: Charlton Heston (Danny Haley/Richard Branton), Lizabeth Scott (Fran Garland), Viveca Lindfors (Victoria Winant), Dean Jagger (Capitán Garvey), Jack Webb (Augie), Don DeFore (Arthur Winant), Ed Begley (Barney), Harry Morgan (Soldado), Mike Mazurki (Sidney Winant), Walter Sande (Swede)
Articulo publicado en el número 397, Febrero 2010.
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