CASUAL DAY
Los nuevos «españoles» Por Israel Paredes Badía
Durante la década de 1970 el cine español se encontró con dos fórmulas de producción cinematográfica: la dirigida al gran público, popular y sin apenas repercusión de tipo alguno y una autoral que casi nadie veía. Ante tal tesitura, el productor José Luis Dibildos pensó en comenzar una nueva línea de producción, que se denominó tercera vía, y que fuera al tiempo un cine que pudiera englobar a las otras dos y proyectar una cierta mirada crítica y social. Dentro de esa nueva vía, una de las películas con más éxito fue Los nuevos españoles (1974), dirigida por Roberto Bodegas, escrita por él mismo y José Luis Garci. En ella se mostraba cómo cinco oficinistas de una compañía de seguros deben de repente ajustarse a los nuevos métodos, a priori más modernos, que impone la multinacional norteamericana que compra la compañía para la que trabajan. La película ponía de relieve la apertura que se estaba produciendo en la sociedad española, para bien y para mal, y, además, lo complicado que sería adaptarse a tales cambios. Los españoles, nuevos o viejos, debían de aceptar que tras años de cierto aislamiento era hora de abrirse al mundo exterior, dejar que otras ideas y otras formas se introdujeran en sus vidas. Han pasado más de treinta años y muchas cosas han cambiado. Otras, quizá, no demasiado, tanto en el cine español como en la sociedad. Algo así pone de relieve una película como Casual Day (2007), segundo trabajo del cineasta español Max Lemcke tras su espléndida Mundo fantástico (2004).
El título hace referencia a una práctica norteamericana que consiste en reunir durante un fin de semana a varios empleados de una compañía con el objeto de que, alejados de la oficina y de sus trajes y corbatas, puedan interactuar con mayor libertad. Es decir, una farsa en condiciones pero que, de alguna manera, debe tener sus resultados. Apoyado por el guión de Pablo y Daniel Remón, Max Lemcke sitúa a los personajes en un hotel entre las montañas adonde acuden para asistir a varias actividades en grupo, entre ellas, varias sesiones con un psicólogo (Alberto San Juan), quien intenta hacerles ver que son un colectivo que deben de apoyarse en todo momento, aunque para ello tengan que anularse como individuos (como demuestra la espléndida secuencia donde consigue que todos se sientan culpables por algo que, en teoría, sólo uno de ellos parece haber hecho). Casual Day, en este sentido, juega al contraste entre el paisaje humano que cada personaje intenta proyectar y el sometimiento que sufren, eso sí, siempre apostando por un tono cómico que, a la larga, acaba convirtiéndose en una mirada tan satírica como triste ante unas vidas que luchan por salir hacia delante sin encontrar el camino para hacerlo.
Si en Mundo fantástico Max Lemcke seguía a las dos protagonistas en los diversos trabajos que tienen para poder sobrevivir mientras sueñan con una vida mejor, en Casual Day parece no haber ya demasiado lugar para soñar, al menos para aquellos quienes tiempo atrás y por diferentes razones vendieron su alma al diablo, pues bien podría hablarse de Casual Day como una película sobre el demonio que nos invade en más de un momento y al que se debe de hacer frente o abrazar. A través de una fotografía fría, de colores grises, Lemcke logra introducirnos en la vida de unos personajes que durante unos días sacan a relucir mucho de aquello que en su interior anida esperando el poder dejarlo escapar; a este respecto, en muchos casos, la reunión cobra sentido, aunque en una dirección que a buen seguro la compañía no desea. Cada persona que integra el grupo tiene unas motivaciones muy precisas, y algo así convierte a Casual Day en un muestrario bastante conciso de una sociedad y varias de sus generaciones, mostrando cómo en vez de ir avanzando y rebelándose ante los errores pasados, en ocasiones no sólo se cae en ellos, sino que también se aumentan y, por desgracia, perfeccionan. La reunión se presenta como un viaje iniciático hacia un lugar que los personajes conocen pero que, sin embargo, han intentado rehuir constantemente. La realidad. Algunos de ellos han dejado de creer en todo, viviendo de manera automática y asumiendo que su realidad ya no posee demasiadas esperanzas; otros intentan confrontarla, pero descubren que quizá ya es tarde para cualquier cambio o bien es que no poseen las fuerzas necesarias, ni las ganas, de hacer cambio alguno. Tan sólo los dos más jóvenes parecen estar en posición de hacer algo, el no caer en los mismos errores que quienes les preceden en el trabajo y en la vida, sin embargo, poco a poco se van introduciendo en la misma dinámica. A este respecto, Casual Day lanza una mirada bastante pesimista ante una cierta indolencia social, la actual, donde es más sencillo abrazar aquello que se sabe puede arruinar la vida, o hacerla completamente gris, que luchar por ella.
Lemcke, con ayuda de sus guionistas, sabe crear una película seria pero a su vez divertida, como si no quisiera ser demasiado duro con lo que muestra pero, al mismo tiempo, sin dejar de lanzar una mirada muy precisa sobre lo que cuenta. La importancia de una película como Casual Day es que se aleja del cine social que el cine español nos tiene acostumbrado, un cine que como precisaba José Francisco Montero, confronta su compromiso político y social con un fondo formal muy conservador, porque Lemcke logra distanciarse de toda proclama política y mensaje claro para hablar de seres humanos y sus circunstancias a través de una puesta en escena limpia, elegante. Logra que redescubramos la importancia que puede tener el disfrutar un amanecer, también que la identidad ideológica del individuo no viene dada por la papeleta que introduzca en una urna sino en la forma de vida que haya abrazado para consigo mismo y con los demás. Que, en ocasiones, eso que se denomina ser prácticos ante la vida puede suponer la renuncia total ante la misma.
España, 2007. Director: Max Lemcke. Productores: Alvaro Augustín e Iker Montfort. Producción: Montfort Producciones, Estudios Picasso. Guión: Daniel Remón y Pablo Remón. Fotografía: Javier Palacios, en color. Dirección artística: Juanjo Gracia. Música: Pierre Omer. Montaje: Laurent Dufreche y Pite Piñas. Intérpretes: Malena Alterio (Bea), Alex Angulo (Arozamena), Juan Diego (José Antonio), Marta Etura (Inés), Estibáliz Gabilondo (Marta), Carlos Kaniowsky (Velasco), Javier Ríos (Ruy), Alberto San Juan (Psicólogo), Luis Tosar (Cholo), Arturo Valls (Morales)
Articulo publicado en el número 377, Abril 2008.
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