ROBIN HOOD
Antes de la leyenda Por Quim Casas
Ya lo comentábamos en el artículo publicado el mes pasado en torno a las adaptaciones cinematográficas más conocidas de las aventuras de Robin Hood: al ser un personaje que parte de las baladas, las leyendas y el folclore popular, aderezado con una pizca de elementos históricos, cualquier posicionamiento argumental resulta válido aunque a veces se entre en contradicción con determinados aspectos que el cine y la literatura parecían haber convertidos en inamovibles. Hay ingredientes en las historias sobre Robin de los bosques que se respetan casi siempre, por supuesto, caso de la presencia y amoríos con Lady Marian, la configuración del grupo de soldados, frailes, arqueros o ladrones que siguen a Robin (Will Scarlett, Little John, Fray Tuck), la sombra omnipresente de las Cruzadas, el regreso más tarde o más temprano de Ricardo Corazón de León de tierras palestinas, el enfrentamiento con el sheriff de Nottingham, la ambición desmedida de Juan Sin Tierra o la rivalidad entre sajones y normandos. Todo ello está también presente en la versión de Ridley Scott con la excepción de esto último –Robin ni siquiera es un noble sajón convertido en proscrito, sino un simple arquero del rey– y el cometido realmente anecdótico del sheriff de Nottingham, en esta ocasión más un cortesano ridículo que un villano de postín.
Pero si Scott y su guionista Brian Helgeland –recuérdese, el director de aquel imposible cruce entre torneos medievales y música de Queen en la infumable Destino de caballero, aunque también sea el responsable de la interesante Payback y, en calidad de guionista, de Mystic River y Green Zone– aceptan algunos de los componentes más reconocibles de la leyenda y la historia, no dudan en someter el grueso del argumento de su film a un completo lavado de cara. Para empezar, Robin no es un Locksley (aquí Loxley), sino que su nombre es Robin Lonstride, ha batallado anónimamente en Las Cruzadas –no en calidad de paladín de Ricardo Corazón de León como en la película de Allan Dwan y Douglas Fairbanks–, sigue siendo un arquero del rey en el regreso de Tierra Santa y, por una serie de circunstancias, acaba adoptando la identidad de un Loxley, y esa no es otra que la del marido de Lady Marian y la del hijo de uno de los nobles sajones que ven peligrar sus tierras y sus cosechas por culpa de la amenaza francesa y los desmanes financieros del monarca Juan Sin Tierra. Así que el Robin de Scott, bajo las facciones siempre demasiado hoscas de Russell Crowe –diríase que un gladiador de los bosques de Sherwood en vez del saltimbanqui aventurero que Hollywood coronó como personaje emblemático del género–, es un usurpador y un superviviente al que el heroísmo solo se le presupone en los fragmentos finales del relato: privado de libertad en el campamento británico, durante el asedio a un castillo francés, por haber osado decir lo que piensa a Ricardo, no duda en salir huyendo hacia tierras inglesas cuando el rey muere tras recibir una flecha en el cuello –así falleció Ricardo, aunque el contexto fue muy otro– renunciando a su paga y a su papel estelar en una cruzada que se convirtió en un acto impío según su parecer.
Ese es otro rasgo distintivo del último Robin Hood, aunque no resulte tampoco novedoso: Ricardo Corazón de León es presentado como un monarca despótico, megalómano y cruel, que saquea todo lo que encuentra a su paso cuando regresa de Palestina rumbo a Inglaterra, y mucho de ello ya había en el personaje retratado por Richard Lester en su Robin y Marian. Esa cruzada impía –Robin supo que así era al ver la expresión compasiva de una mujer musulmana instantes antes de ser ajusticiada por orden del rey– queda rápidamente en la sombra del relato. A diferencia de otros Robin en el cine, el de Scott se instala entonces en lo que ocurrió antes de la leyenda (antes de que el personaje se convierta en proscrito y se guarezca en el bosque), por lo que nos encontramos en el terreno de la precuela si lo comparamos con los títulos más representativos: Robin, adoptando la personalidad de un Loxley –aunque debe decirse que lo hace a requerimiento del padre del verdadero Loxley y con el consentimiento de su esposa, Marian, que acabará amándole como si así siguiera enamorada del recuerdo de su esposo muerto–, no lucha exactamente contra los desmanes de Juan Sin Tierra ni se encuentra en el centro de la rivalidad entre sajones y normandos –el Robin encarnado por Crowe es el más plebeyo de todos los que en el cine han sido–, sino que deberá hacer frente al complot urdido desde Francia para hacerse con el dominio de Inglaterra, a la vez que recuperará su memoria de infancia, ligada a un caballero políticamente visionario que intentó evitar que el poder se concentrara de forma exclusiva y absolutista en un rey, en uno de los pasajes más absurdos de toda la película.
No hay una excesiva supeditación al protagonismo de Russell Crowe, en su quinta colaboración con Scott –es el dueto más ortodoxo del actual Hollywood junto al formado por Martin Scorsese y Leonardo DiCaprio–, porque en muchos momentos del film la figura de Robin es o bien catalizadora o bien contemplativa: la historia discurre ante sus ojos y él no toma parte activa en la misma en varios pasajes. Tampoco se trata de un relato más o menos coral, ya que el resto de personajes son eso, simples comparsas, y el que podía tomar los hilos, Ricardo, un monarca que, según sus propias palabras, tiene una madre que no muere y un hermano que le quiere muerto, se queda fuera de juego muy pronto, aunque su corona de bronce se convierta en una suerte de MacGuffin para lo que queda de metraje. Así que sin un eje central demasiado claro, por mucho que Robin lo asuma en las últimas secuencias, recuperando la idea mesiánica del personaje ya trabajada en otras versiones (la de Curtiz-Keighley, la de Kevin Reynolds), y sin demasiadas secuencias de acción, la película se convierte en una particular cruzada entre la aventura medieval y la parsimonia dramática, sin muchos hechos relevantes y un agolpamiento de momentos fuertes cuando el metraje declina. Las secuencias de duelos y batallas continúan filmándose de manera atropellada y vaga en el cine de Hollywood, donde ya no hay coreografía sino cortes bruscos de montaje, pero es que además Scott, Helgeland y quien sea se sacan de la manga una especie de desembarco de Normandía en el Medievo, con barcazas francesas repletas de soldados que abren la compuerta frontal al llegar a la costa de la misma manera que lo harían siglos después las lanzaderas aliadas al llegar a la playa de Normandía, y planos subacuáticos de soldados franceses atravesados por flechas antes de salir del agua que son intercambiables, con cascos y proyectiles de fusil, con los del desembarco filmado por Spielberg en su película sobre el último de los Ryan.
Gran Bretaña-USA, 2010. T.O.: «Robin Hood». Director: Ridley Scott. Productores: Brian Grazer, Ridley Scott y Russell Crowe. Producción: Scott Free Productions, Imagine Entertainment, Relativity Media para Universal Pictures. Guión: Brian Helgeland, según un argumento de Brian Helgeland, Ethan Reiff y Cyrus Voris. Fotografía: John Mathieson, en color. Diseño de producción: Arthur Max. Música: Marc Streitenfeld. Montaje: Pietro Scalia. Duración: 131 minutos. Intérpretes: Russell Crowe (Robin Longstride), Cate Blanchett (Marian Loxley), William Hurt (William Marshal), Max von Sydow (Walter Loxley), Mark Strong (Godfrey), Oscar Isaac (Príncipe John), Danny Huston (Ricardo Corazón de León), Eileen Atkins (Leonor de Aquitania), Mark Addy (Fray Tuck), Matthew Macfayden (Sheriff de Nottingham), Kevin Durand (Little John), Scott Grimes (Will Scarlet)
Articulo publicado en el número 401, Junio 2009.
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