SHERLOCK HOLMES

Elemental, muy elemental                                          Por Tomás Fernández Valentí


Mi enhorabuena para quienes vieron las dos propuestas del británico Guy Ritchie inmediatamente anteriores a este Sherlock Holmes (ídem, 2009), es decir, Revólver (Revolver, 2005) y RocknRolla (ídem, 2008): su paciencia es, sin duda, muy superior a la mía; particularmente, ya quedé servido en lo que a Mr. Ritchie se refiere con las tres películas que precedieron a esas dos últimas: Lock & Stock (Lock, Stock and Two Smoking Barrels, 1998), Snatch, cerdos y diamantes (Snatch, 2000) y Barridos por la marea (Swept Away, 2002). A pesar de todo, tengo que reconocer que me acerqué con curiosidad a esta nueva aproximación a los célebres personajes creados por el gran Sir Arthur Conan Doyle, y aún sabiendo de entrada que lo que iba a ver probablemente poco o nada tendría que ver con aquéllos, como así ha sido; en este sentido, el Sherlock Holmes «de» Guy Ritchie (dicho así para abreviar, pues está muy claro que no es él su único responsable; y, a la vista del resultado, todavía hay que dar gracias de que así sea) es un producto honesto: no pretende en ningún momento ser una reinvención/renovación/actualización del detective victoriano que todos (¿todos...?) conocemos, es decir, el fumador en pipa y morfinómano que toca el violín y es capaz de llevar a cabo las más agudas deducciones a partir de los más nimios detalles, sino que se limita a ofrecer una variante del mismo que bebe tanto de: a) el cómic de supehéroes: el «nuevo» Holmes no es, al contrario que la creación de Conan Doyle, una personificación del racionalismo científico decimonónico, sino un superdotado cuyos trazos responden a cierta concepción eminentemente visual que prima la iconografía sobre la psicología, lo descriptivo sobre lo introspectivo; y 2) el temperamento del actor que aquí lo encarna, el neoyorquino Robert Downey Jr., intérprete con una rara habilidad para transmitir ironía e imprimir una fuerte personalidad propia a todos los personajes que interpreta, en una línea no demasiado alejada de la de un George Sanders y que, no por casualidad, recientemente ha logrado alcanzar el estrellato encarnando a un (otro) superhéroe del cómic: Iron Man.                

Este «nuevo» Holmes (y recalco las comillas porque, en el fondo, no es tan novedoso como pueda parecer a simple vista) es, por un lado, una especie de versión caricaturesca de la imagen proyectada hasta la fecha por Downey Jr. en la mayoría de sus interpretaciones: un excéntrico desaliñado y con un punto peligroso, histriónico y mordaz que, por otra parte, también retoma (y potencia) diversas cualidades presentes en el personaje de Conan Doyle, como su misoginia y su poco disimulado amor por el peligro; aquí, a falta de un buen asunto criminal en el cual poner en práctica sus habilidades deductivas, el detective residente en el 21 de Baker Street se enzarza en una pelea clandestina a puñetazos con un rival físicamente más poderoso que él por el mero placer de buscarse un desafío a su altura; también es capaz de humillar injustamente a Mary (Kelly Reilly), la prometida de su fiel amigo y compañero de aventuras, el Dr. John Watson (Jude Law), con esas mismas dotes de deducción. Holmes, versión Ritchie-Downey Jr.-Joel Silver (productor)-Michael Robert Johnson, Lionel Wigram, Anthony Peckham y Simon Kinberg (guionistas), es, más que nunca, un antisocial avanzado a su época y protagonista, aquí, de un gran espectáculo que tampoco pretende ser ni una adaptación de Conan Doyle strictu sensu ni una recreación fidedigna de la Inglaterra victoriana, sino más bien una especie de tebeo que especula con el mítico personaje y fantasea con su contexto histórico de cara a crear algo que se encuentra, salvando las distancias y vuelvo a insistir, más cerca de La liga de los hombres extraordinarios (The League of Extraordinary Gentlemen, 2003, Stephen Norrington) –y, naturalmente, de la novela gráfica de Alan Moore que inspiró esta última– que de «El perro de los Baskerville».      

Esas contradicciones entre su condición de (re)lectura de Conan Doyle y espectáculo para todos los públicos es lo que motiva los aciertos y los errores del film, donde ideas sugestivas y algún buen momento de puesta en escena se combinan con banalidades y cierta indecisión a la hora de sacar más jugo de la propuesta. Por un lado, resulta de agradecer el desparpajo y la falta de prejuicios de una película que, hasta cierto punto, se atreve a ofrecer un Holmes alejado de su imagen más reconocible y a hacerlo, además, intentando (aunque lográndolo tan sólo a medias) filmarlo de otra manera. Pero asimismo es una pena que dicho intento se quede a medias y que no se saque mayor provecho de algunos elementos atractivos (en particular, la desaprovechada atmósfera sobrenatural que, en determinados instantes, impregna la intriga criminal propiamente dicha), y ello por culpa tanto de los recursos convencionales de los cuales se vale el realizador Guy Ritchie como, sobre todo, del afán de este último por dejar su sello en un film cuya autoría no le pertenece en exclusiva (dando por resultado los peores momentos de la función: ciertas reiteraciones, a base del consabido plano corto y rugido en la pista de sonido, con vistas a que el espectador «recuerde» cosas, las cuales evocan la pirotecnia gratuita de Lock & Stock y, sobre todo, Snatch, cerdos y diamantes, y que casi consiguen esfumar esa atractiva atmósfera misteriosa que impregna el relato). Para entendernos: Ritchie hace lo que puede para estropear la película, pero por suerte no lo consigue del todo. O, dicho de otro modo: en Sherlock Holmes hay algunas buenas cosas a pesar de venir firmada por Ritchie: los bonitos travellings y movimientos de grúa que recorren las callejuelas del Londres victoriano o la fachada de la vivienda que Holmes comparte con Watson y su criada, que más allá del alarde técnico saben darle sabor al guiso; unas secuencias de acción bien diseñadas, en particular las peleas en el astillero y en lo alto del puente sobre el Támesis a medio construir (sobre todo: la escena de las explosiones que sorprenden a Holmes, Watson e Irene Adler –Rachel McAdams– en el muelle, con un interesante empleo subjetivo del ralentí y el sonido), cuya «autoría» me atrevería a atribuir a Silver; y, en sus líneas generales, cierta ironía latente que, lo comprendo, puede irritar a defensores a ultranza de la obra de Conan Doyle, pero que no le sienta nada mal a la delirante intriga, a base de villanos resucitados, sectas secretas y pioneras armas químicas situadas bajo el parlamento británico, que compone el meollo del asunto; ironía que la partitura de Hans Zimmer sabe reforzar mediante una divertida combinación de sonoridades que van de la percusión a los ritmos balcánicos.



USA-Alemania-Australia, 2009. T.O.: «Sherlock Holmes». Director: Guy Ritchie. Productores: Joel Silver, Lionel Wigram, Susan Downey y Dan Lin. Producción: Silver Pictures, Wigram Productions, Lin Pictures, Internationale Filmproduktion Blackbird Dritte, Village Roadshow Pictures para Warner Bros. Guión: Michael Robert Johnson, Anthony Peckham y Simon Kinberg, según un argumento de Lionel Wigram y Michael Robert Johnson. Fotografía: Philippe Rousselot, en color. Diseño de producción: Sarah Greenwood. Música: Hans Zimmer. Montaje: James Herbert. Duración: 128 minutos. Intérpretes: Robert Downey Jr. (Sherlock Holmes), Jude Law (Dr. John Watson), Rachel McAdams (Irene Adler), Mark Strong (Lord Blackwood), Eddie Marsan (Inspector Lestrade), Geraldine James (Sra. Hudson), Kelly Reilly (Mary Morstan), James Fox (Sir Thomas), Robert Maillet (Dredger), Clive Russell (Capitán Tanner)



Articulo publicado en el número 397, Febrero 2009.

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