EL ANIMAL MORIBUNDO

Por Quim Casas


Isabel Coixet se enfrenta con Elegy al difícil proceso de traducción en «imágenes» de «El animal moribundo» de Philip Roth, escritor que ahora parece estar de moda en círculos cinematográficos, pero que hasta hace poco sólo contaba con dos adaptaciones de sus obras, Complicidad sexual (según «Goodbye Columbus», y «Portnoy's Complaint», además del argumento de un episodio de «Alfred Hitchcock presenta». 


David Kepesh, el alter ego de Philip Roth que interpreta Ben Kingsley, es un crítico cultural forjado en el modelo tradicional del término. Inglés de nacimiento, imparte un curso de Literatura Comparada en la universidad de Columbia y vive en un apartamento cuyas paredes están forradas de estanterías donde abundan las novelas, los ensayos y los libros de arte. Toca el piano en la intimidad de su casa (y para impresionar a sus jóvenes amantes, a las que también adula mostrando las reproducciones de algunos cuadros ilustres sobre la belleza femenina), ejerce de crítico teatral en el «New Yorker», es comentarista literario en un programa televisivo y en uno de radio, admira a Goya y Velázquez y revela fotos en su pequeño y doméstico laboratorio, ya que tiene miedo de pasar a la fotografía digital. Su más reciente trabajo es «El origen del hedonismo americano», un ensayo sobre la felicidad sexual desde los antiguos puritanos de siglos pasados hasta la explosión radical de los años sesenta en materia de libertades sociales, culturales y sexuales.

El personaje está bien retratado. Pertenece a un mundo concreto, en el que los gestos y las palabras no son siempre sinceras, sino que buscan provocar un efecto, obtener una gratificación generalmente inmediata. Pero a la vez, el personaje ideado por Roth y puesto en imágenes muy fieles por Isabel Coixet, prefiere tomarse su tiempo en según qué situaciones: no tiene contacto privado con sus alumnos hasta que no se han graduado, y entonces da una fiesta para acercar posturas e intimar con quien le interesa. Kepesh es un cazador que puede esperar pacientemente el objeto de su caza, y este no es otro que aquellas jóvenes y hermosas alumnas en las que se ha fijado durante sus lecciones de literatura, y a las que seduce mostrando los ojos de la maja goyesca reproducidos en un libro de papel couché, y comparándolos con los suyos, por supuesto, o ejecutando una pieza de Beethoven al piano. Kepesh es un cliché dotado de extraordinaria humanidad, algo que pocos literatos además de Roth han conseguido con tanta y precisa exactitud.

Para Kepesh, la joven Consuela Castillo (Penélope Cruz), una estudiante de origen cubano procedente de una adinerada familia, se convierte en bastante más que una aventura, en algo distinto a una de esas gratificaciones inmediatas: Consuela supone un retorno a otra época, hay que cortejarla, aunque todo pueda reducirse inicialmente a una cuestión de sexo. Kepesh/Roth conoce la sexualidad de los antiguos puritanos, y las disidencias que se establecieron entonces, así como los cambios generados en la década de los sesenta, experimentados en primera persona como su amigo, el poeta pragmático George O’Hearn (Dennis Hopper), confidente y acicate al mismo tiempo. Y el personaje se encuentra en una de esas encrucijadas en las que la libertad mantenida hasta la fecha choca frontalmente con el deseo, la obsesión y los celos. Kepesh no le puede dar nada a Consuela (salvo sus conocimientos en arte, teatro, fotografía y música, sus escapadas a restaurantes exquisitos, la luz agradable de su apartamento convertido en refugio de la alta cultura) y, sin embargo, lo pide todo de ella. Coixet, en primera instancia, les da momentos íntimos adornados musicalmente con el piano de Erik Satie (instantáneas de «Les Gymnopédies» en las primeras secuencias amorosas) o de Arvo Pärt («Spiegel im Spiegel», que también había utilizado Gus Van Sant en Gerry), músicas que fueron del agrado de Roth: una de las victorias trabajadas de Coixet respecto a sus productores fue lograr que no se utilizara música incidental, ya que uno de los protagonistas tiende a expresarse con la música cuando no sabe hacerlo con las palabras y, en consonancia, los momentos en que se necesita música desde fuera deben recibir el mismo tratamiento que aquellos en los que la música diegética juega un papel determinante.

Kepesh le dirá a su amigo George que es un viejo que le dio cultura a Consuela como propina. Cuando pronuncia tan escépticas palabras, su relación se ha desvanecido, pero no anda desencaminado. Porque su obsesión por las formas y las apariencias le delata. Lo ha hecho por miedo a afrontar una vida en la que nunca ha creído, por vergüenza también al qué dirán los demás: Kepesh sabe que si acude a la fiesta a la que le ha invitado Consuela, sus padres, amigos y resto de invitados lo verán como el viejo o maduro profesor que seduce a sus alumnas con palabras y conocimientos. Kepesh duda de sí mismo como posiblemente nunca lo haya hecho jamás. Y por ello regresa, aunque sea periódicamente, y cada vez con menos intensidad, a su amante Carolyn (Patricia Clarkson), la única que no le defraudará y la única a la que no defraudará, el único contacto seguro con el hombre que fue y ya no es. Los momentos entre Kepesh y Carolyn tienen el regusto amargo de la caída del invierno cuando aún se espera que el otoño conserve algo de su calidez inicial: la luz es más sombría en estos encuentros y aparece el poso amargo de la desesperación ante el tiempo que se desvanece irremediablemente, malgastado e inclemente. 


Una lectura fiel

Una de las ventajas del trabajo de Coixet es que ha intentado ser lo más fiel posible al texto que admira. Hay cambios, por supuesto, y adecuaciones entre medios distintos (las músicas citadas, por ejemplo, o la necesidad de hacer converger en una sola mujer, Carolyn, todas las amantes de Kepesh en el libro), pero la realizadora conserva todo aquello que es substancial en «El animal moribundo» realzándolo más que subrayándolo: su lectura del universo Roth ni tiene el toque europeizante ni el reduccionismo en el que se convirtió la imposible versión de La mancha humana a cargo de Robert Benton, y eso que ambos films partieron inicialmente de un guión escrito por la misma persona, Nicholas Meyer, convenientemente «re-adecuado», como explica la realizadora en la entrevista publicada en este mismo número.

Hay varios ejemplos. En la interpretación de Penélope Cruz queda claro aquello que el personaje de Kingsley piensa de su nueva amante, que es guapa pero no sabe qué hacer con su belleza. La actriz lo expresa en sus primeras apariciones, en la facultad o en el apartamento de Kepesh, cuando aún nada ha sido consumado. «Cuando tienes diecisiete años haces muchas cosas sólo para sentir que avanzas», le dice Consuela a Kepesh, y esa sensación de superar esa fase de indagación está muy bien expuesta en imágenes: ni es ingenua ni es madura, ya desea de verdad y ya sufre, avanza y siente que avanza. También está muy bien expresado el nacimiento simple y doloroso de los celos, cuando ya no hay vuelta atrás, o ese momento en que el profesor, que siempre ha estado convencido de dominar el arte de la seducción y el control absoluto de la situación con sus jóvenes amantes, descubre que él no domina absolutamente nada. David Kepesh es alguien que, para consolar a una muchacha que ha perdido un pecho por culpa del cáncer, le asegura que una diosa de la mitología se lo cortó para poder disparar mejor con el arco. ¿Quién es Kepesh sin esos referentes, sin esa cultura adquirida, sin ese arte notorio de la seducción que ahora no puede, no debe, servirle para nada? Coixet no se ensaña con él, entre otras cosas porque le respeta y, sobre todo, respeta a Roth, a quien considera de los pocos escritores de su generación que no pide perdón por las pulsiones sexuales. De ahí el final, un instante atrapado en el tiempo al que los amantes no podrán retornar. En este fragor de disonancias, disidencias y reencuentros afectivos, quizá la historia de Kepesh y su hijo (Peter Sarsgaard), quien le recrimina su forma de vida y la manera en que dejó de atenderle –tema expuesto aún mejor en «Elegía», otra novela de Roth–, no resulte dramáticamente tan sólida y pueda parecer, a veces, un cuerpo extraño adherido a la relación entre los dos protagonistas, aunque en la vida reciente del hijo, enamorado de una mujer que no es la suya, haya ciertos e inequívocos paralelismos con el padre.

A pesar de tratarse de un texto ajeno (y de un film de encargo), también encontramos conexiones temáticas entre Elegy y anteriores películas de Coixet, caso de la presencia de la dura enfermedad en Mi vida sin mí y La vida secreta de las palabras. Pero, no sé si fruto del respeto que le puede inspirar la novela y de lo delicado de las situaciones que muestra, el trabajo de la directora resulta formalmente más contenido, más centrado en los rostros y en la sinergia de los cuerpos. No hay apenas un gesto grandilocuente, y el mejor ejemplo reside en el tratamiento de la agonía de George, un personaje mostrado siempre desde la perspectiva de su amigo Kepesh, lo que hace inútil entonces cualquier tipo de valoración moral ante sus constantes escarceos con jovencitas. Instantes antes de recibir un premio, el irónico poeta sufre un ataque y fallece horas después. Esta secuencia breve y comedida, en la que George recupera la estima física por su esposa en el último estertor, estima que por otro lado nunca desapareció, enfrenta a Kepesh con la muerte de forma clara, directa, racional. Siendo una escena corta, como corto es el espacio que ocupa el personaje de George en la película, alcanza una gran relevancia en todo lo que vendrá a continuación. Porque además de un film sobre las dificultades del sentimiento amoroso más allá de la diferencia de edad, formación, cultura y procedencia, de la insultante belleza del cuerpo joven (a pesar de ser castigado por el cáncer) frente a los estragos del tiempo en el cuerpo de quien encara angustiado los primeros síntomas de la vejez, Elegy habla exactamente del miedo a morir, de ese sentimiento que la pasión, cuando se diluye, no hace otra cosa que agigantar: Kepesh tiene tanto miedo a envejecer y morir como a amar de verdad.    



USA, 2008. T.O.: «Elegy». Director: Isabel Coixet. Productores: Gary Lucchesi, André Lamal y Tom Rosenberg. Producción: Lakeshore Entertainment para MGM. Guión: Nicholas Meyer, según la novela de Philip Roth. Fotografía: Jean-Claude Larrieu, en color. Diseño de producción: Claude Paré. Montaje: Amy E. Duddleston. Duración: 108 minutos. Intérpretes: Penélope Cruz (Consuelo Castillo), Ben Kingsley (David Kepesh), Dennis Hopper (George O’Hearn), Patricia Clarkson (Carolyn), Peter Sarsgaard (Kenneth Kepesh), Deborah Harry (Amy O’Hearn), Sonja Bennett (Beth), Shaker Paleja (Kris Banjee), Chelah Horsdal (Susan Reese), Kris Pope (El hermano de Consuelo)




Articulo publicado en el número 377, Abril 2008.

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