LA RAZON Y LA FANTASIA
Por Quim Casas
La obra de Wojciech J. Has, poco conocida y eclipsada de hecho, por uno solo de sus films, El manuscrito encontrado en Zaragoza, concluyó dos años antes de su muerte con otra muestra excelente de relato fantástico donde la realidad y el sueño se metamorfosean constantemente, «Las tribulaciones de Balthasar Kober», editada ahora en DVD por Versus-Notro.
La última película realizada por Wojciech J. Has transita, como fue habitual en este director polaco desde la realización de El manuscrito encontrado en Zaragoza (1965), los conceptos intercambiables, más allá de la lógica espacio-temporal, de la realidad y la fantasía, del sueño y la vigilia, lo racional y lo demostrable, lo que se ve y lo que se intuye o sugiere, la vida y la muerte, el dolor y la viveza, la desolación y la esperanza. De planteamientos visuales mucho más manieristas que en sus anteriores películas, tanto las de marcada índole social como las fantásticas, con un tratamiento nada realista de la fotografía a partir de la utilización del flou y la influencia de la pintura romántica, Las tribulaciones de Balthasar Kober (1988) cuenta con una base literaria muy firme, la novela del escritor francés Frédérick Tristan, seudónimo de Jean-Paul Baron, un autor repudiado durante años en el panorama de las letras francesas que, como buen amante de la obra de Pessoa y Borges que es, ha creado más de un heterónimo y se inventó la figura de una joven poeta misteriosamente desaparecida, Danièlle Sarréra. A partir de lo imaginado en el libro de Tristan, publicado ocho años antes de la realización del film, Has avanzó un poco más por los intrincados caminos de sus universos fílmicos caracterizados por un tratamiento peculiar no solamente del espacio y el tiempo fílmico, sino también de la locura, el miedo, el exterminio, la iniquidad humana y el fascismo, temas presentados desde una perspectiva histórica que no reniega para nada de la realidad del momento en que fue concebido cada film, por mucho que Has se alejara del realismo social y prefiriera invocar los tiempos de la inquisición como parábola de estrategias políticas más cercanas. El trabajo muy moldeable con el relato de Tristan es similar, pues, al emprendido con la novela de Jan Potocki y los textos hirientes de Bruno Schulz en El manuscrito encontrado en Zaragoza y El sanatorio de la clepsidra (1973), respectivamente.
Entre la vida y la muerte
«Parece que vives en otra parte, como si no estuvieras aquí», le dice a Balthasar su hermanastro pequeño, uno de los muchos personajes ya difuntos que se le aparecen al protagonista durante su largo deambular por la Alemania convulsa de la contrarreforma católica, a finales del XVI, ese espacio dolido y oscuro, habitado por la peste roja y por la inquisición, que Has filma a veces como un universo de ensueño. La apreciación del hermanastro tiene doble sentido. Por un lado describe a la perfección el carácter de Balthasar, un joven y tartamudo estudiante de Teología, un discípulo con corazón. Por el otro invoca una de las realidades de la película, la que habitan los no vivos, aquellas criaturas cercanas o lejanas a Balthasar que se le aparecen constantemente. Balthasar, por ello, parece no estar ni aquí ni allí, ni en el cielo ni en la Tierra, ser abstracto, pues, ingrávido, quizás, entre el mundo de los vivos y de los muertos. Y aunque su historia es la que interesa, a veces el joven viajero no deja de ser el conmutador que une entre sí a otros personajes y otras vivencias. Balthasar, como personaje literario y cinematográfico, es bueno por sí solo y por lo que alumbra en los demás, hasta que algunos de estos, tanto en suelo firme como en esos cielos evocados de manera gótico-flamifera y barroca, adquieren igual o mayor importancia que aquel.
Entre la picaresca y la peste roja
El itinerario de Balthasar se inicia cuando el arcángel San Gabriel, una de las apariciones más recurrentes, alado y con pétrea coraza, le purifica a través del fuego. Las llamas le envuelven y le transportan a otra realidad sin abandonar la suya. Empieza entonces una sucesión de encuentros en los que la visión material de la época y la evocación del más allá se confunden de manera permanente. En su camino encuentra trovadores, magos, filósofos, alquimistas, cabalistas judíos, teólogos, comediantes, bufones, nigromantes, príncipes, bailarinas, jóvenes desnudas en espacios barrocos, mujeres idealizadas, espías, monjes, inquisidores, seminaristas rubios y envidiosos, diablos, saltimbanquis, espectros familiares, revolucionarios que hablan con los asnos (como el llamado Papagallo) y cardenales corruptos; seres tiernos o lúbricos, sinceros o libidinosos, propios a veces de un cómic de Milo Manara, que se mueven en direcciones opuestas o coincidentes a las de Balthasar en los tiempos aciagos de la peste roja. Has alterna la fantasía, la tragedia y la picaresca medieval con notable elegancia: siempre el mismo tono pese a la diferencia de registros en apariencia contrapuestos, siempre la sensación de encontrarnos en un universo surreal pese al anclaje realista de muchos de sus elementos.
Entre lo hedonista y lo inquietante
Pese a esa estilización romántica en la plasticidad de las imágenes y al formalismo deliberadamente extremo de algunos de sus encuadres, donde los pechos desnudos de una mujer joven se enmarcan en un decorado puramente barroco iluminado con luces de velas filtradas por el flou mientras la cámara recorre el espacio con un sigiloso y envolvente travelling, Las tribulaciones de Balthasar Kober no es siempre un film ensoñador, fantasioso y, si se quiere, hedonista, una confrontación entre la razón y la imaginación. Muchos pasajes de la película tienen un clima de pesadilla equiparable al de El manuscrito encontrado en Zaragoza y, en otro estilo, a la evocación del complejo y claustrofóbico mundo de Bruno Schulz. Las tribulaciones de Balthasar Kober sabe también ser claustrofóbica sin aparentar serlo: parece lúdica, aunque en realidad es muy inquietante. Y no sólo cuando en el relato brotan los efectos de la inquisición, tratados, precisamente, de manera distendida cuando no paródica (sobre todo en determinados pasajes protagonizados por el mentor y filósofo alquimista al que da vida Michel Lonsdale con su habitual corporeidad), o en el episodio en el que Balthasar acepta a regañadientes ser enterrado en vida para poder escapar de los inquisidores. La secuencia en la que el protagonista es presentado al rector de Dresde, un individuo cercano por igual a la imagen de la muerte bergmaniana y a la concepción física del Nosferatu de Murnau y Herzog, y la irrupción posterior del grupo de seminaristas que se ríen de Balthasar, posee una atmósfera turbia y malsana, un espasmo de horror que hace innecesario posteriores incursiones en los dominios sugeridos de la inquisición y el soplo putrefacto de la peste que asola caminos y aldeas aunque nunca acabemos de ver sus efectos devastadores.
Entre lo irreal y lo real
La película póstuma de Has responde a todas las credenciales fantasiosas, pictóricas, laberínticas e itinerantes por las que ha sido reconocido este director polaco que contribuyó, no poco, al esplendor del cine fantástico realizado en los países de la antigua Europa del este durante finales de los años cincuenta y la siguiente década. Pero además aporta, en un momento que aún se intuía álgido pero fue ya postrero (Has falleció en 2000 a consecuencia de las complicaciones en un proceso diabético), un convencimiento absoluto en la naturaleza de las imágenes –y su combinación con la palabra, la música y el sonido, a los que nunca se supedita– y en su capacidad tanto para narrar como para sugerir otros aspectos al mismo tiempo que se sigue narrando: no hay ruptura visible en los estratos del relato entre lo que sucede y lo que es producto de la imaginación del protagonista, ya sea porque lo sueña, porque lo desea o porque así cree vivirlo. De este modo, los conceptos esenciales en el cine de Has, los de la realidad y la irrealidad y la multiplicación constante de los elementos que definen a una y a otra según la ortodoxia, avanzan en paralelo, se encuentran, esquivan, chocan y permutan de modo que al final de la película, o durante su misma proyección, uno se ve en la obligación de restituir las pautas renovadas del relato no tanto para comprender «lo que ha pasado» como para admirar los mecanismos complejos y los niveles complementarios con los que Has relata la singular historia del aspirante a teólogo Balthasar Kober, un joven que no logra discernir la realidad del sueño porque, en busca de una explicación innecesariamente lógica, las imágenes imposibles que habitan su existencia pueden surgir de la fiebre producida por su sangre infectada. Nada resulta tan fácil de interpretar en esta magnífica película.
Polonia-Francia, 1988. T.O.: «Niezwylka podroz Balthazara Kobera/Les tribulations de Balthazar Kober». Director: Wojciech J. Has. Productor: Koukou Chanska. Producción: Film Polski, Jock Film, La Sept Cinéma. Guión: Wojciech J. Has, según la novela de Frédérick Tristan. Fotografía: Grzegorz Kedzierski, en Agfacolor. Dirección artística: Wojciech Jaworski y Albina Baranska. Música: Zdzislaw Szostak. Montaje: Wanda Zeman. Duración: 113 minutos. Intérpretes: Rafael Wieczynski (Balthazar Kober), Michael Lonsdale (El maestro), Adrianna Biedrzynska (Rosa), Gabriela Kownacka (Gertrud), Emmanuelle Riva (La madre), Daniel Emilfork (El rector), Jerzy Bonczak (Vartet), Zofia Merle (La matrona)
Articulo publicado en el número 376, Marzo 2008.
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