LA ÚLTIMA ESTACIÓN
El año de Tolstoi Por Israel Paredes Badía
En «La última estación» Michael Hoffman lleva a la pantalla la novela de Jay Parini sobre los agitados últimos años del escritor Leon Tolstoi coincidiendo, este año, con el centenario de su muerte.
Este año se cumplen cien años de la muerte de Lev Nikolaievich Tolstoi, en concreto, el 14 de noviembre. Ese día es precisamente el que cierra La última estación (The Last Station, 2009, Michael Hoffman), película que narra los últimos y, al parecer, tormentosos días del escritor ruso, quien el día 28 de octubre de 1910 decidió marcharse de su casa para subirse a un tren y desaparecer. Basada en la novela homónima de Jay Parini (1990), La última estación pretende ser un homenaje a la figura de Tolstoi –consciente o inconscientemente de que su estreno coincidiría con el centenario de su fallecimiento– y acaba siendo una película interesante en algunos aspectos pero, en general, una obra plana, demasiado academicista en sus planteamientos visuales.
SOBRE EL TOLSTOISMO
A comienzos del siglo XX Tolstoi era el gran escritor europeo. En Rusia, era mucho más. Considerado por entonces más que una figura literaria, casi un profeta, junto con algunas personas afines a sus ideas había creado el llamado Tolstoismo, corriente de pensamiento y de filosofía basada en la negación de la violencia, en el amor al ser humano y a cualquier tipo de ser, en el celibato y en el ataque a cualquier exceso de sentimentalismo, en la búsqueda de un perfeccionismo personal en comunión con Dios sin necesidad de mediación eclesiástica, así como en la oposición a la propiedad privada, al Estado y a toda forma que negara al individuo su desarrollo personal pleno. Todo lo anterior no es mera contextualización histórica: tanto la novela de Parini como la película de Hoffman usan al movimiento que surgió alrededor de la figura de Tolstoi y de sus ideas como vehículo narrativo y sustento de la trama.
Al final de su vida, a tenor de lo mostrado en La última estación, Tolstoi (Christopher Plummer) se encontraba en una encrucijada tanto personal como profesional: su relación con su esposa, la condesa Sofya Tolstaya (Helen Mirren), quien durante cuarenta y ocho años había estado a su lado apoyándole, se encuentra en un impasse ocasionado por el deseo de Tolstoi de acceder a las demandas de Vladimir Chertkov (Paul Giamatti), cabeza principal del tolstoismo, de ceder los derechos de su obra literaria –todo un patrimonio– al movimiento (y por extensión a la humanidad), peligrando, a ojos de la condesa, la herencia de sus hijos en el futuro. Por supuesto, el enfrentamiento conyugal viene propiciado también por otras cuestiones, básicamente por las diferentes maneras que ambos tienen de ver y de entender la vida. El materialismo y el conservadurismo de la condesa frente al espiritualismo y el progresismo de un Tolstoi que, además de soportar lo que su figura y su fama le han impuesto, se encuentra, a su vez, moralmente autocuestionándose por el disfrute de una vida sin privaciones. De esta manera, Parini primero y Hoffman después, introducen una conflictividad externa en una coyuntura íntima, algo, por otro lado, muy tolstiano. Para crear un contrapunto narrativo, aparece la figura de Valentin Bulgakov (James McAvoy), un joven escritor, firme seguidor del tolstoismo y admirador de Tolstoi, que llega a la residencia del autor ruso en condición de su secretario personal. Su juventud y su inocencia, su romance con Masha (Kerry Condon), su visión de los conflictos, servirán para ampliar el alcance de aquello que sucede a su alrededor. Así, en La última estación, se busca dar una visión no sólo de los últimos momentos de vida de Tolstoi y de su conflictividad íntima, sino también de un país que siete años después llevaría a cabo una de las mayores revoluciones de la historia, la cual, de alguna manera, se estaba fraguando por entonces. Lo que pudo significar el tolstoismo en esos momentos –en Rusia en concreto, puesto que tuvo una más que aceptable exportación fuera de las fronteras rusas– posee un tratamiento en La última estación que va diluyendo su interés a lo largo del metraje, curiosamente, cuando se impone el sentimentalismo, el mismo que los seguidores de Tolstoi despreciaban por su peligrosidad. De alguna manera, la película –la cita inicial que abre la historia resulta reveladora al respecto– viene a contradecirlos pero, a su vez, a poner en cuestionamiento los excesos de ciertas ideologías, su confusión, el olvido de sus propias raíces, así como el seguimiento ciego e irracional de unas ideas sin plantearse debidamente qué significan en realidad. A tenor del desarrollo final de La última estación, queda claro que para sus responsables fílmicos así como para su creador literario, la esencia de Tolstoi es muy diferente a la que otrora quisieran darle sus seguidores, quizá porque extremaron demasiado sus planteamientos, quizá porque, al final, fueron los intereses personales y crematísticos los que acabaron prevaleciendo.
UNA PELÍCULA DE ACTORES
Al parecer, la historia de La última estación está basada en testimonios reales, aunque tanto la novela como la película pretenden no tanto dar una idea directa sobre Tolstoi como de aquellos quienes le rodeaban y de cómo éstos no sólo se relacionaban con el escritor sino, también, de cómo sus vidas estaban o habían estado condicionadas por su presencia, por su obra o por su influencia ideológica, partiendo de ellos para, de esta manera sí, conformar una idea sobre la figura de Tolstoi aunque sea de forma indirecta. Parini lo logra en su novela gracias a la estructuración de la misma mediante capítulos en alternancia dedicados a cada personaje y que se corresponden con páginas de sus diarios y cartas, pudiendo así extenderse más en cada uno y trabajarlos con más profundidad –aunque relativamente en todo caso–. Parini intenta, y después Hoffman, aunque de otra manera, crear una novela al modo tolstiano, es decir, conformar un fresco histórico o hablar de un contexto general partiendo de unos sucesos acaecidos en la intimidad. Parini imprime la suficiente identidad personal al texto como para que sus intenciones, aun quedando claras, no sean demasiado obvias y su novela no suponga un mero pastiche. Sin embargo, la película de Hoffman adolece de esa personalidad, a no ser que la corrección cinematográfica en todo su esplendor se pueda considerar así. Es posible pensar que un cineasta capaz de no destacar demasiado en la puesta en escena de una película determinada, como podría ser La última estación, esté haciendo algo meramente correcto. Sí es verdad que son llamativos, sobre todo en la primera parte de la película, algunos movimientos de cámara con cierta elegancia, que la resolución final es casi excelente visualmente hablando, sin embargo, según avanza el metraje, se va sintiendo una total falta de ritmo; no quiero decir con esto que la película sea lenta, todo lo contrario, la narración avanza sin pausa alguna, sin embargo, hay algo en su estructuración que lastra el desarrollo incluso a pesar de presentar una férrea construcción en cuanto a guión. Pero es esta rigidez estructural la que ocasiona que, en conjunto, La última estación sea una sucesión de arquetipos más o menos reconocibles en aras de conseguir una mayor identificación empática con los personajes, una de las máximas del cine comercial más adocenado. De esta manera, la condesa debe caer mal pero también abrir la posibilidad ante el espectador de que no sea tan mala al fin y al cabo; Tolstoi, en una ambigüedad personal mal expuesta, acaba siendo un personaje del que se termina dudando –aunque se sepa que no fue así– de su importancia; la evolución del secretario Bulgakov resulta tan clara en todo momento, se sigue tan paso a paso, que no llega a sorprender; incluso el desagradable Chertkov, lo es tanto y está tan enfatizado que la ambivalencia resultante de sus decisiones, es decir, que es posible que sus actos no sean tan deplorables, no llega a ampliar el sentido de la película como era de esperar. Por fortuna, para Hoffman ante todo, los actores en general está impecables y sólo ellos en pantalla son más que suficientes como para darle a la película algo de personalidad. Ante una obra como La última estación se tiene la impresión de que el director, seguro de la calidad de sus intérpretes, ha delegado en ellos todo el peso de la narración.
ALGUNOS APUNTES INTERESANTES
Si la novela de Parini es una novela de personajes, la película de Hoffman lo es de actores, prácticamente confeccionando una puesta en escena que resalte en todo instante el potencial de su presencia. No obstante, quedan algunas ideas en cuanto al trabajo de Hoffman muy interesantes. Por ejemplo, en varios momentos de La última estación observamos cómo algunos personajes piden a otros que escriban todo lo que sucede a su alrededor; también vemos cómo en cada conversación o discusión alguien anota todo lo que está sucediendo. La historia íntima convertida en relato susceptible de llegar a más personas, de ampliar el conocimiento de lo que sucede o ha sucedido. También una atrayente manera de trasladar la organización de la novela de Parini mediante las páginas de los diarios de los personajes y su intercambio epistolar a la película: en pantalla podemos ver cómo se escribe aquello que en la novela se lee. Por otro lado, destaca el énfasis que Hoffman pone en la presencia de los trenes y en su importancia en la historia, necesarios narrativamente pero que vienen, a su vez, a ser una suerte de homenaje a Tolstoi, en cuyas historias el tren y las estaciones de tren, y no sólo en «Anna Karenina», fueron de gran importancia en cuanto a su peso simbólico o metafórico. Al marcharse de su hogar, Tolstoi huía de sus problemas conyugales y de su exceso de fama. Este acto le convertía de alguna manera en un personaje más de su obra, condición de la que también parece huir para, al morir, en un decorado o paisaje tan afín a sus novelas, volver a un término más terrenal, algo que se enfatiza de algún modo al final de La última estación cuando, a través de la ventanilla del tren, la condensa observa y escucha lo que su marido supuso para el pueblo. Y lo que ella, por ende, también supuso, quizá la mejor secuencia de la película y un buen final para una irregular película.
Alemania-Rusia-Gran Bretaña, 2009. T.O.: «The Last Station». Director: Michael Hoffman. Productores: Bonnie Arnold, Chris Curling y Jens Meurer. Producción: Egoli Tossell Film Halle, Zephyr Films, Andrei Konchalovsky Production Center, SamFilm Produktion. Guión: Michael Hoffman, según la novela de Jay Parini. Fotografía: Sebastian Edschmid, en color. Diseño de producción: Patrizia von Brandenstein. Música: Sergei Yevtushenko. Montaje: Patricia Rommel. Duración: 112 minutos. Intérpretes: Christopher Plummer (Lev Tolstoi), Helen Mirren (Sofia Tolstoi), James McAvoy (Valentin Bulgakov), Paul Giamatti (Vladimir Chertkov), Anne-Marie Duff (Sasha Tolstoi), Kerry Condon (Masha), Patrick Kennedy (Sergeyenko), John Sessions (Dushan), Tomas Spencer (Andrei Tolstoi)
Articulo publicado en el número 401, Junio 2010.
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