LOS PASOS DOBLES
Una aventura africana Por Quim Casas
«Los pasos dobles» es una película camaleónica que bordea, como casi siempre en el cine de Isaki Lacuesta, la ficción y el documental a partir de personajes reales (el pintor mallorquín Miquel Barceló, el escritor y pintor francés François Augiéras) y situaciones inventadas o transformadas a partir de una cierta realidad. El resultado es una curiosa película de aventuras y una reflexión sobre la creación artística al mismo tiempo. El film compite en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián, donde también se presenta, fuera de concurso, «El cuaderno de barro», una película-complemento en la que Lacuesta documenta la elaboración de una «performance» de Barceló en País Dogón, al sur de Malí, donde el artista reside parcialmente desde hace dos décadas.
Lacuesta ha creado, a partir de sendas experiencias de Augiéras y Barceló, lo que podríamos denominar su particular isla del tesoro, aunque no existan en Los pasos dobles ni piratas de pata de palo ni toneles con manzanas ni islas donde alguien escondió un fabuloso tesoro por el que diversos personajes están dispuestos a morir. Pero, como la novela de Stevenson, el film de Lacuesta es igualmente un relato sobre la inocencia y la vitalidad, sobre los pliegues que ocultan la verdadera identidad de los personajes de la ficción o de la misma realidad. ¿Quién era François Augiéras, escritor y pintor francés que nació en Estados Unidos y se dejó seducir por las tierras del Sahara, donde mantuvo una ambigua relación sexual con su tío, militar colonial, evocada a su manera por Lacuesta en el film? ¿Y Miquel Barceló, pintor, ilustrador y ceramista mallorquín instalado en Malí, donde observa y crea?
EL BÚNKER Y LAS TERMITAS
Augiéras encontró un búnker militar en las dunas africanas a mediados del siglo XX y quiso convertirlo en una especie de Capilla Sixtina del desierto. Decoró entonces sus muros con diversos frescos, pero la gente que pasó por el lugar los destruyó; más que destruir, los hizo desaparecer debajo de capas de grafitis. Años después, Augiéras regresó al lugar, volvió a pintar los frescos y selló la entrada para que finalmente el búnker fuera enterrado por el viento y la arena, desapareciera sin que nadie más pudiera profanarlo. Barceló, por su parte, también encontró su obra destruida, desfigurada; las termitas se habían cebado en muchos de sus dibujos. Dos ideas, dos hechos, dos encuentros en un mismo lugar, el paisaje africano. Un búnker sepultado debajo de las dunas que un grupo de personas, como los piratas de Stevenson en pos del preciado tesoro, quieren encontrar. Y unos dibujos comidos por las termitas de modo que ahora aparecen como hojas desfiguradas que trascienden de sus propios orígenes, de su anterior finalidad, para recorrer caminos diferentes, imaginarios. Un tesoro, el búnker, y un mapa del tesoro, los viejos dibujos arrugados, llenos de polvo, carcomidos, que presentan nuevas líneas, nuevos fragmentos, quizás una pista para encontrar ese tesoro. La esencia de la aventura.
Así tenemos la historia de Augiéras, evocada y recreada entre líneas con actores no profesionales de Malí. La historia de Barceló y sus dibujos devorados por las inclementes termitas. La historia del joven maliense Abdallah, que dice ser al principio François Augiéras y vive algunas de las situaciones que se saben de la biografía del escritor y pintor francés. La historia de quienes buscan el búnker y la de la banda de ladrones que acoge a Abdallah y después al grupo de albinos que encuentran en su camino. No todo tiene porqué estar condenado a encontrarse en esta particular mapa cinematográfico trazado por Lacuesta. Con Abdallah sabremos cosas, aspectos ocultos y vividos, de la existencia de Augiéras, alguien que nunca se sintió cómodo consigo mismo ni en los lugares que transitó. Pero Abdallah tiene su propia vida, el relato de su propia historia, la de un rebelde que trapichea por las calles de la ciudad y acaba encumbrado en lo alto de un regio árbol con la lana de una oveja en forma de barba, cual Simón buñueliano.
Mientras se nos cuenta su historia y vemos a los buscadores del búnker llegar poco a poco a su objetivo, Barceló recompone los trozos no devorados de sus dibujos y crea otros de nuevos en su cuaderno, que no es el cuaderno de barro al que alude el título de la segunda película (un documental, en el sentido más clásico del término, sobre la creación y escenificación del espectáculo «Paso doble», una performance de Barceló y el coreógrafo Josef Nadj representada en diversos teatros de medio mundo y escenificada aquí en una aldea de País Dogón; una performance con dos cuerpos humanos y cinco toneladas de arcilla fresca modelada y destrozada durante la representación, un muro de arcilla con manos que la resquebrajan desde detrás, como las manos libidinosas que aparecían de las entrañas de las paredes de arcilla acechando a Catherine Deneuve en Repulsión –el efecto es al principio similar–, a partir del cual se muestra el proceso de creación artística y se vuelve a la apología de la destrucción casi tribal). No, el cuaderno de hojas nuevas, frescas como la arcilla del espectáculo, protegidas de las termitas que lo consumen todo a su paso como la marabunta en el film de Byron Haskin, sirve para reflexionar sobre el propio arte pictórico. Cuando pintar se hace insoportable, se dice en el film, el pintor cierra su cuaderno de pintura, su isla del tesoro particular, para aplastar las imágenes con acuarela que acaba de esbozar; pero no para destruirlas, cansado de sí mismo y de su arte, sino para multiplicarlas.
EL SECRETO
Sobre estas ideas avanza el film mientras unos se acercan al búnker, otros conversan al raso a media noche (la espléndida y muy sensitiva escena en la que Abdallah y el joven albino que, integrado en el grupo de ladrones motorizados, el nuevo Augiéras, se entregan al reconocimiento de sus cuerpos y de sus gestos), otros componen y recomponen sus dibujos… La destrucción, el desdoblamiento, la aventura, el tesoro, el arte, las dunas, las termitas, los espejismos (la principal pista en el mapa de Augiéras para encontrar el búnker es un espejismo, no el mar), los albinos (que los demás utilizan para sus sacrificios o bien son enterrados en los termiteros para, como los dibujos, ser devorados lentamente), África: un lugar en el que hay que pintar rápido, antes de que se seque la pintura y se sequen las ideas. Personajes que fueron y ya no son. La mejor manera de esconderse es inventar a alguien igual que uno mismo y que recorre los caminos en nuestro nombre. Este es uno de los secretos de los pasos dobles. Otro secreto: disimular el rastro en el desierto caminando hacia atrás sobre tus propias huellas, los pasos dobles. No es el único detalle de género en una película que parece no serlo. Por los escenarios naturales rocosos, por la forma de moverse algunos personajes entre cañadas y desfiladeros, por el color terroso y la manera en que se asocian el paisaje y las formas humanas, por los gestos de Abdallah con el fusil a cuestas y algunas de las músicas que componen la banda sonora, Lacuesta nos sugiere también que su película es un western. Los escenarios (sean montañas o desiertos de arena) deben cruzarse tan rápido como rápidamente debe pintarse antes de que el sol seque las acuarelas sobre el cuaderno de papel.
Es este un relato sobre el arte de recomponer aquello que ha sido destrozado y sobre la esencia de los secretos. Las cosas fluyen y van encajando, aunque algunas prefieran no hacerlo y queden descolgadas, como imágenes que se apartan de la historia para crear la suya propia. Abdallah recompone su propia existencia mientras Barceló sigue las líneas de los papeles destrozados para concebir nuevos mundos pictóricos a partir de lo que ya ha desaparecido, como también hizo Augiéras. Las manchas de la extraña pigmentación de los albinos se asemejan también a los rastros de un tesoro, al mapa del que faltan partes que la imaginación y la paciencia deben rellenar. Imágenes que se asocian constantemente, imágenes que se confunden como los propios secretos de los pasos dobles. El jefe de la banda de ladrones propone siempre acertijos; son su debilidad. Se los plantea a las personas que atracan en medio del desierto para robarles unas cabras: si no saben el acertijo, se llevan sus pertenencias. También juega con sus hombres: quien no sepa la solución a otro acertijo se verá obligado a caminar por el desierto hasta encontrar agua para todo el grupo. El acertijo y el secreto. ¿Cuál es la única cosa que al compartirla se destruye? El secreto. Por eso, durante todo el film, durante su entramado de historias diversas y dispersas entre la captación de la realidad y la evocación de la misma a través de un relato de ficción, los personajes comparten cosas, pero no así sus secretos, ya que estos no deben ser destruidos como las pinturas y los dibujos, como los mapas y los sueños, sino que deben prevalecer por encima de todas las cosas. En esencia, Los pasos dobles (y a su modo El cuaderno de barro, donde se muestra al artista en la plenitud del ejercicio de su arte sin intentar desentrañar los misterios del mismo) es un secreto, como todas aquellas películas inclasificables en las que nos urge, como espectadores, encontrar el término medio entre la fascinación volatil de la poesía y la realidad más sorda de los hechos contemplados o recreados. Y, en este caso, puede, debe ser un secreto compartido sin temor a que se destruya su inagotable encanto.
España-Suiza, 2011. Director: Isaki Lacuesta. Productor: Luisa Matienzo. Producción: Tusitala P.C., Bord Cadre Films. Guión: Isaki Lacuesta e Isabel Campo. Fotografía: Diego Dussuel, en color. Música: Gerard Gil. Montaje: Domi Parra. Documental
Articulo publicado en el número 414, Septiembre 2011.
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