TWO LOVERS
En los límites del melodrama Por Quim Casas
El cuarto largometraje de James Gray refuerza la idea de que este director se mueve completamente en solitario por las actuales autopistas, carreteras, rutas secundarias y bifurcaciones del cine norteamericano. «Two Lovers» es una comedia romántica reconvertida en melodrama límite con un notable acento realista; casi neorrealista.
En la crónica del festival de Cannes del año pasado escribí, a propósito de Two Lovers, que las películas de James Gray deben resultar incómodas para los jurados de un certamen como el francés, ya que no son ni clásicas ni radicales, ni consensuadas ni diferentes. Two Lovers no obtuvo ningún premio, como tampoco lo hizo La noche es nuestra en la edición anterior de Cannes, pero es que además sus propuestas no acaban de convencer a la crítica norteamericana que se persona en el festival (a la europea, en líneas generales, sí), ansiosa de platos fuertes o de rupturas. Sin embargo, Gray es un cineasta americano que gusta a los responsables del festival: lo han incluido a competición dos años seguidos, algo que sólo está a la altura de los tótems del cine de autor. Sobre el teórico clasicismo formal de sus películas –y Two Lovers parece la más clásica–, que a veces se confunde por conservadurismo, y la situación extraña que vive en Cannes, ahonda el director, de los más reflexivos del actual cine estadounidense, en una entrevista reciente con Emmanuel Burdeau: «Mis películas tienen una superficie muy conservadora, aunque eso no quiere decir que yo sea conservador. Pero es verdad que mis films resultan clásicos en su forma. Es una de las razones por las que no tengo muy claro si es bueno para mí seguir viniendo a Cannes, a pesar del respaldo extraordinario de Gilles Jacob y Thierry Frémaux. Ir a Cannes es muy caro para un film americano y, sobre todo, creo que los americanos que van –la prensa…– buscan por lo general una cierta experimentación formal. Mis películas no son así. Esto funciona para Gus Van Sant, “Paranoid Park”, o “Elephant”, que es casi como un film de Béla Tarr. En mi caso, la superficie es deliberadamente convencional. Mis films, entonces, parecen pasados de moda» («Cahiers du Cinéma», 639, noviembre de 2008).
¿Dónde situamos entonces a James Gray en el actual panorama cinematográfico norteamericano? Evidentemente, no pertenece a los experimentalistas (de Van Sant a Lynch), ni a los formalistas (Malick), los independientes (Jarmusch, Ferrara) o los integrados (Scorsese, Burton y, cuando le toca, Van Sant), ya que sus películas, como las de David Fincher, Paul Thomas Anderson y los hermanos Coen, acostumbran a utilizar los géneros de manera en apariencia ortodoxa para dinamitar más de una de sus convenciones: que sus películas partan de un modelo clásico de cine de autor europeo, concretamente Fellini y, sobre todo, Visconti (Rocco y sus hermanos y Noches blancas están detrás de El otro lado del crimen y Two Lovers, respectivamente), no es ninguna casualidad, ya que a veces Gray filma «a la americana» aunque el tono, la composición y la graduación tengan mucho que ver con aquel tipo de cineastas desaparecidos. Pero, a tenor de otra de sus declaraciones en la citada entrevista, también podríamos emparentar a Gray con el núcleo duro de los directores hollywoodienses de la generación de la violencia, los que también dinamitaron las normas desde dentro yendo paso a paso. Dice Gray: «Yo veo el cine como una maratón, no como un “sprint”. Una carrera de larga distancia. No me interesan para nada las modas».
NOCHES BLANCAS
Efectivamente, Two Lovers está aún más lejos de las modas (de todas las modas actuales) que las anteriores tres películas de su director. Aquella trilogía de melodramas criminales –Little Odessa (Cuestión de sangre), El otro lado del crimen y La noche es nuestra– no tiene conexión argumental con Two Lovers más allá de mostrar de manera tan severa como ecuánime las fisuras de la unidad familiar; se trata de un melodrama romántico interpretado, eso sí, por el actor fetiche de Gray, Joaquin Phoenix. En lo que sí se parece, y mucho, a los otros films es, precisamente, en su manera de encarar el género clásico y en el reposo (nada démodé) de su puesta en escena: «Mi idea era coger un guión clásico de comedia romántica, un poco apastelada, y reconvertirlo en una historia increíblemente sombría, una visión melodramática de lo que ordinariamente acostumbran a ofrecer las comedias. Ese era el desafío». Y más aún cuando el esquema de personajes y situaciones partía de «Noches blancas»: el otro desafío para Gray era adaptar la novela de Dostoievski más fielmente de lo que lo hizo Visconti pese a que sus personajes y experiencias, así como la época y el lugar (substituyendo tapices por tintorería), sean tan distintas, hurgando mejor en la definición del hombre subterráneo que caracteriza la obra del escritor ruso, todo ello salpicado con sugerencias y atmósferas, más que referencias explícitas, tomadas de Vértigo, otro de los films que habitualmente cita Gray; en este caso, la idea de enamorarse de una imagen femenina idealizada, aunque sin recurrir al elemento obsesivo y necrófilo de reconstruir a la amada muerta como en la cinta de Hitchcock.
Two Lovers transmite también otro tipo de libertad, el de la película pequeña que se hace con cierta rapidez –veintinueve días de rodaje– y que, pese a esa «superficialidad» que se le achaca a Gray, se sale de cualquier consideración del cine mainstream y busca en realidad un nuevo tipo de público partiendo de los teóricos clichés genéricos. Mientras esperaba la aprobación del presupuesto de La noche es nuestra, Gray pergeñó el guión de Two Lovers pensando en «un film pequeño en el que pudiera implicarme a fondo, una historia de amor como ya no se hacen en la actualidad, en el límite del melodrama» (entrevista con Michael Henry en «Positif», 573, noviembre de 2008). Esa es una de las grandes virtudes de esta película de título sintético –«un homenaje al neorrealismo italiano, un título muy simple, muy tosco»: ecos de Europa 51, Umberto D, Vanina Vanini o, en la versión española de La ciociara, la similitud con Dos mujeres–, que con su apariencia de melodrama sentimental con pocos personajes, retrato de gentes ordinarias en situaciones nada extraordinarias, se coloca siempre en extremos límite: del relato, del género y del propio cine norteamericano del momento. Two Lovers tiene a veces algo de la frialdad de los cines del este más en su manera de filmar que de exponer los conflictos, mientras que en otros momentos sabe mostrar con maestría, y sin ningún tipo de artificio o aditivo, las emociones más interiorizadas. En otra de sus referencias más o menos explícitas, Gray cita como inspiración estética para su última película el estilo de la televisión polaca de los ochenta, y en concreto al Kieslowski de Una breve historia de amor, film que proyectó a su director de fotografía antes de iniciarse el rodaje. Two Lovers tiene colores fríos, una disposición neutra de las sombras y un gran aprovechamiento de los decorados más simples: una pequeña habitación, una sala de estar, el reservado de un restaurante e, incluso, una discoteca, filmada de modo bien distinto al de la secuencia de apertura de La noche es nuestra; esos, y no pueden ser otros, son los elementos que definen a los personajes en una apropiación cruda y a la vez estilizada del concepto de realismo. Pero Gray también explica que elaboró el guión escuchando a Amalia Rodrigues, ilustre cantante de fados, y el film posee, sobre todo en su media hora final, la melancolía impenetrable de la triste canción portuguesa: historias de amores rotos y decisiones imposibles, de caminos que se han cortado y rutas emocionales por las que ya resulta imposible volver a transitar.
Los dos amantes del título no están condenados a encontrarse, pero una vez lo han hecho, una vez se conocen e intiman, están condenados, esta vez sí, a fracasar en una relación imposible. Puede que el desenlace se intuya de antemano, aceptando de entrada que va a sortear el happy end y sabiendo que Gray rehúye las convenciones siempre que sea posible hacerlo, pero la forma irremediable en que concluye la historia está escrita también en las miradas de los personajes (que dicen mucho y engañan poco) y en la propia evolución de una experiencia sentimental que aparece cuando ninguno de los dos esperaba encontrarse ante una situación igual. Leonard (Phoenix) es un joven de origen judío. Tiene tendencias bipolares y suicidas que se han enfatizado tras una traumática ruptura sentimental. Su única vía de escape es la fotografía y vive medio recluido en la habitación que tiene en casa de sus padres. Michelle (Gwyneth Paltrow) ha alquilado un apartamento en el mismo bloque de pisos que Leonard, sale por las noches con sus amigas y lleva una vida aparentemente festiva mientras espera, con amarga resignación, que el hombre casado al que ama (Elias Koteas) cumpla la promesa dada, pero nunca ejecutada, de abandonar a su esposa.
Gray no engaña a nadie: una barriada gris en Brighton Beach, cerca de Brooklyn, unos personajes ordinarios –porque nada extraordinario acontece en sus vidas desde hace tiempo–, una relación condenada al fracaso –aunque Michelle la aliente en algún momento porque realmente cree en ella, aunque es incapaz de dar el paso y provocar la ruptura con su solitario presente–, una mente inestable y un reguero de dudas e inseguridades que afectan tanto a uno como a otra. Y aunque en el título de la película aparecen sólo dos personajes, Two Lovers es una historia triangular delineada, y delimitada, de manera distinta a la acostumbrada. Con todo, el afecto que a Leonard le profesa Sandra (Vinessa Shaw), la hija de unos amigos de sus padres con la que todos quieren casarle, no es suficiente para desvanecer el idilio imposible con esa mujer idealizada, Michelle, a la que Leonard descubre, en otro guiño hitchcockiano, contemplándola desde su habitación a través del objetivo de la cámara fotográfica. Sandra entra y sale así del relato, titubea –porque la fuerzan inicialmente a relacionarse con Leonard y porque éste no quiere relacionarse con ella– pero también comprende, se enamora en silencio, sin demostrarlo, aparece en momentos puntuales para replegarse como personaje y permanecer en la sombra hasta el acto postrero del film, aquel que nos revela la última decisión, la más definitiva que haya tomado jamás Leonard. Y puede que entonces, con el plano que cierra la película, vuelva a pesar sobre Gray la consideración, injusta e inútil, de director convencional o conservador. Pensemos mejor que es un cineasta fuera de tiempo; del tiempo cinematográfico que le ha tocado vivir.
USA, 2008. T.O.: «Two Lovers». Director: James Gray. Productores: Donna Gigliotti, James Gray y Anthony Katagas. Producción: 2929 Productions, Tempesta Films. Guión: James Gray y Ric Menello. Fotografía: Joaquín Baca–Asay, en color. Diseño de producción: Happy Massee. Montaje: John Axelrad. Duración: 110 minutos. Intérpretes: Joaquin Phoenix (Leonard Kraditor), Gwyneth Paltrow (Michelle Rausch), Vinessa Shaw (Sandra Cohen), Isabella Rossellini (Ruth Kraditor), Moni Moshonov (Reuben Kraditor), Elias Koteas (Ronald Blatte), John Ortiz (José Cordero), Julie Budd (Carol Cohen), Bob Ari (Michael Cohen), Samantha Ivers (Stephanie)
Articulo publicado en el número 400, Mayo 2010.
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