MARIA GALANTE
Henry King (1934) Por Lluís Satorras

Los rasgos genéricos de la película saltan a la vista. Destaca, en primer lugar, un subgénero que los espectadores actuales conocemos de sobras, la ciudad internacional en la que se reúnen gentes de todas partes con el añadido de un local, cabaret o casino, donde todos se encuentran, al tiempo que la cámara con un leve movimiento ascendente nos revela en lo alto de la escalera la presencia del dueño vigilante. Lo que podríamos llamar el modelo Casablanca. Por otra parte, pertenece también al género de espionaje. El guión presenta una intriga en la que se esconde la identidad de un tal Ryner, cabecilla de la conspiración contra el canal y los barcos norteamericanos, que, en teoría, el espectador ignora quién es; sin embargo, la puesta en escena del director permite que conozcamos por adelantado la identidad del mismo. Un detalle revelador es, por ejemplo, el plano que parece casi robado en que vemos al conspirador mirando con ferocidad a través de una cortina. En la parte final, cuando se produce el intento de atentado y las instalaciones del canal cobran protagonismo, King filma las escenas típicas de suspense de manera más convencional pero efectiva. Adopta una planificación más corta, aprovecha las líneas rectas de escaleras, barandillas y pasillos y busca una marcada gestualidad de los actores, Spencer Tracy y el otro Siegfried Rumann acercándose imperceptiblemente a los modos de Hitchcock. Y ya puestos a buscar semejanzas, después de resuelto el embrollo, el plano final parece proceder de una comedia de Lubitsch.
Una realización cuidadosa y llena de detalles magníficos y la presencia de temas y asuntos propios del autor muestran a un director dueño ya de su arte tras el largo recorrido por el cine mudo. Al principio, vemos en plano fijo a Marie ascendiendo la pasarela del barco presentada como una mancha negra, metáfora del largo y difícil camino que le espera al personaje, y poco después ya prisionera en su celda la vemos mirar el mar por el reducido ojo de buey, un símbolo de la libertad que acaba de perder. En otro momento, la mujer que canta en el Pacific Gardens es mostrada en un largo primer plano mientras van pasando por delante algunas cabezas de bailarines. Después, la cámara retrocede lentamente y van entrando en campo las parejas que bailan hasta que finalmente vemos la pista llena. Todo los hombres son marinos americanos que acaban de llegar a la población. Con este sencillo procedimiento, se muestra una nueva situación que favorece el funcionamiento del cabaret. Y, finalmente, he aquí una escena que define con precisión el sentido religioso de la existencia de Henry King. Marie ha entrado en la iglesia y la vemos rezar junto a unas velas y la imagen de la Virgen. Crawbett, que la ha seguido se queda indeciso en la puerta, mira aturdido al interior y sus ojos reflejan sorpresa al ver a la mujer que reza. King lo enfoca desde dentro y lo vemos a él en el hueco que deja la puerta. Quedan así delimitados dos espacios, uno de superior grandeza espiritual y el otro más prosaico, certificando el sentido de una película en que la protagonista es casi la voz del propio autor, la vida como conocimiento y camino de superación.
USA, 1934. T.O.: «Marie Galante». Director: Henry King. Productor: Winfield Sheehan. Producción: Fox Film Corporation. Guión: Reginald Berkeley, según la novela de Jacques Deval. Fotografía: John F. Seitz. Dirección artística: Jack Otterson. Música: Arthur Lange. Montaje: Harold Schuster. Duración: 88 minutos. Intérpretes: Spencer Tracy (Crawbett), Ketti Gallian (Marie Galante), Ned Sparks (Plosser), Helen Morgan (Tapia), Sig Rumann (Brogard), Leslie Fenton (General Tenoki), Arthur Byron (General Phillips), Robert Loraine (Ratcliff), Jay C. Flippen (El marinero), Frank Darien (Ellsworth)
Articulo publicado en el número 383, Noviembre 2008.
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Nº 383.
Noviembre 2008