SENTENCIA DE MUERTE

Una vez más, ojo por ojo                                                    Por Israel Paredes Badía


Cuando Todd Field dirigió su magnífica película En la habitación (In the Bedroom, 2001), adaptando al escritor André Dubus, hizo suya la ambigüedad de éste para al final de la película obligar a que el espectador se hiciera varias cuestiones sobre lo que había visto. Un padre mata al asesino de su hijo y queda en libertad. A partir de ahí será él quien deba vivir con la conciencia de lo que ha hecho, saber si con la muerte del asesino todo queda zanjado o la ausencia de su hijo sigue pesándole tanto o más que si no hubiera matado a quien le robara a su hijo. Y el espectador tiene, entonces, que posicionarse, sacar conclusiones.
También Sean Penn se acercó al tema en Cruzando la oscuridad (The Crossing Guard, 1995) y, recientemente, Neil Jordan en La extraña que hay en ti (The Brave One, 2007) y Terry George en Cruce de destinos (Reservation Road, 2007). En todas ellas, gusten más o menos en sus soluciones y planteamientos, hay un intento de reflexión acerca de cómo afecta a una persona el perder de manera violenta a alguien querido y la posibilidad de tomarse la justicia por su mano cuando se siente que nada de lo hecho por vía legal ha servido para paliar su dolor. Algo que, por desgracia, acaba estando ausente en Sentencia de muerte (Death Sentence, 2007), la nueva película de James Wan, director de Saw (ídem, 2004).

Thomas (Kevin Bacon) es padre de dos hijos, uno de ellos al parecer casi perfecto, y marido de una adorable esposa. Trabaja para una compañía de seguros y cree saberlo todo sobre la prevención de riesgos. Pero un día, en una gasolinera, una pandilla mata a su hijo al azar en un rito de iniciación para uno de los miembros de la banda, quien en la huida es atropellado por un coche y detenido para, después, ser liberado cuando Thomas decide no acusarle en el juicio. Ha decidido tomarse la justicia por su cuenta y acabar con él. Hasta este punto, Sentencia de muerte más o menos funciona. A partir de ahí todo se vuelve una locura sin demasiado sentido. Resulta curioso que una nueva adaptación de aquella cosa llamada El justiciero de la ciudad (Death Wish, 1974, Michael Winner) y la novela que le servía de base, de Brian Gardfield, años después, asuma un discurso tanto o más reaccionario que su predecesora, aunque está claro que sus responsables estaban lejos de desearlo. Es decir, Sentencia de muerte es un intento de mostrar la dificultad que hoy en día cualquier padre de familia, o madre, seamos justos, tiene a la hora de defender su hogar, a los integrantes de su familia. Poco importa el vivir en barrios donde la delincuencia apenas existe ni tener una vida holgada. Basta con detenerse a poner gasolina al coche para que maten a tu hijo. También intenta poner de relieve cómo un hombre que cree tenerlo todo controlado (que trabaje en prevención de riesgos para una aseguradora lo deja claro) descubre cómo las curvas de los diagramas pueden acabar engañando. Porque la vida real no sabe de estadísticas. Hay quien incluso ha visto en ella una metáfora de la paranoia estadounidense post-11 de septiembre y la inestabilidad creada en la sociedad tras haber sido atacados en territorio propio. Pero esto último podría aplicarse, en caso de quererlo, a casi cualquier película actual. Sin embargo, todas esas buenas intenciones acaban desdibujándose a lo largo del metraje, porque sus responsables acaban convirtiendo Sentencia de muerte antes en una película de acción, en el sentido más rupestre del término, que una película con acción donde exista algo más.

En Saw, James Wan demostró que el cine para él es un juguete, un juego con el que divertirse, aunque para ello se sirviera de una carnicería humana. Sin embargo, en ella había una cierta abstracción que surgía del género al que pertenecía, el de terror, que al final acababa facilitando las cosas para tomársela poco en serio. Pero cuando esa idea de juego se aplica a una base más real, todo cambia. Aún siendo Sentencia de muerte una ficción como lo era Saw, resulta más peligroso el plantear la misma dinámica visual cuando se ha trazado desde el comienzo un trasfondo pretendidamente moral que acaba en la nada o, lo que es peor aún, en lo opuesto a lo que en teoría se pretende. Ni el retrato de Thomas, ni su evolución, ni sus actos, poseen interés. Tampoco la trama. Porque todo es demasiado conocido ya. Lo que comienza siendo un acercamiento a un hombre y al vuelco diametral que da su vida, acaba derivando en una simple película de acción, eso sí, muy bien servida y rodada. Ahora bien, hay que ser justos: James Wan tampoco hace nada que no hayan hecho antes que él innumerables directores. La diferencia es que mientras muchos de estos (algunos además muy renombrados y aplaudidos) nos han ido acostumbrando a que el malo debe morir para pagar lo que ha hecho sin entrar en más miramientos que el propio aliento de acción que imprime el género del thriller, en Sentencia de muerte se quieren plantear otras cosas. Y es una pena que hayan desaprovechado la ocasión que les brindaba la base que tenían para poder hacer algo más interesante que narrar lo que cualquier espectador ya ha visto con anterioridad en muchas ocasiones.



USA, 2007. T.O.: «Death Sentence». Director: James Wan. Productores: Ashok Amritraj, Howard Baldwin y Karen Elise Baldwin. Producción: Hyde Park Films, Baldwin Entertainment, Brass Hat Films, Dune Entertainment para 20th Century Fox. Guión: Ian Mackenzie Jeffers, según la novela de Brian Garfield. Fotografía: John R. Leonetti, en color. Diseño de producción: Julie Berghoff. Música: Charlie Clouser. Montaje: Michael N. Knue. Duración: 106 minutos. Intérpretes: Kevin Bacon (Nick Hume), Kelly Preston (Helen Hume), John Goodman (Bones Darley), Aisha Tyler (Jessica Wallis), Stuart Lafferty (Brendan Hume), Garrett Hedlund (Billy Darley), Matt O’Leary (Joe Darley), Leigh Whannell (Spink), Jordan Garrett (Lucas Hume), Elizabeth Keener (Amy), Yorgo Constantine (Michael Barring)


Articulo publicado en el número 378, Mayo 2008.

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Nº 378.

Abril 2008

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