RELATOS SALVAJES 

Varios instantes de furia                                                                   Por Quim Casas




No recuerdo ahora mismo ninguna película de episodios en la que todos y cada uno de ellos estén al mismo nivel. Realizar films de sketches lleva implícito esta irregularidad, cosa que no ocurre de una manera tan sistemática en el género literario del cuento o relato breve, de Poe a Scott Fitzgerald pasando por Carver. Este «defecto» acostumbra a ser más evidente cuando se trata de historias realizadas por directores distintos. En Relatos salvajes hay una única mirada, la del cineasta argentino Damián Szifrón, curtido en la televisión y autor de dos largometrajes previos. No hay similitudes de orden temático ni elementos argumentales cruzados. Se trata de seis historias, unas más breves que otras, esencialmente de humor negro y con una puesta en escena no radicalmente diferente, pero tampoco concordante; algunas sostenidas sobre la palabra, otras en torno al acto físico, con silencios prolongados o música cinematográfica italiana de los sesenta y setenta. Unas funcionan mejor que otras, aunque a favor de Szifrón debe decirse que ninguna resulta prescindible: hasta las menos trabajadas, caso de la tercera, una especie de El diablo sobre ruedas más concreto que abstracto, poseen elementos de interés pese a tratarse de una situación alargada, de un
chiste estirado. Szifrón se maneja igual de bien cuando reduce la historia a su carácter mínimo y cuando la alarga en un frenesí casi operístico de violencia y demencia. Los dos extremos quedan marcados por los episodios que abren y cierran la película. El primero, antes de los títulos de crédito, empieza con una distendida conversación en un avión entre una joven modelo y un maduro crítico musical. Se trata de una característica situación de flirteo en la que ninguno de los dos personajes parece sentirse incómodo. Sale a colación el nombre de un conocido de ambos: fue novio de la modelo y presentó una tesis musical de la que abominó el crítico. La situación juega con el abuso de la casualidad, ya que al poco tiempo resulta que muchos pasajeros y tripulantes del avión conocen al individuo. Todos los episodios tienen un desenlace tan impactante como, sobre todo, lógico, resuelto en función de la manera en que han derivado los acontecimientos, lo que es un tanto a favor del autor. Ocurre en este breve relato inicial y en el último, en el que el descubrimiento de una infidelidad convierte una multitudinaria y bulliciosa fiesta nupcial en un auténtico campo de batalla. Si Szifrón construye el primer sketch en base a una cierta acumulación contenida, el último está diseñado a partir de la incontinencia (física y verbal) hasta llegar a una catarsis final con giro inesperado.

Mientras que la segunda historia (la camarera de un solitario restaurante de carretera tiene como único cliente al mafioso que precipitó la muerte de su padre y la huida de ella y su madre del pueblo natal) repite en cierta medida la fórmula de la primera en cuanto a planteamiento de la situación y brevedad en el recorrido humorístico-dramático, pero con resultados algo más parcos, la tercera recuerda no poco a un cartoon, aunque con personajes de carne y hueso, discutiéndose, insultándose y golpeándose en otro espacio tan solitario como el restaurante en una noche lluviosa, en este caso una carretera desolada y a plena luz de un radiante sol. El retrato con trazo rápido que este episodio plantea de la irracionalidad humana y la violencia contenida y crispada que explota sin aparente lógica, se extiende, de manera más desarrollada, en el siguiente relato, en el que Ricardo Darín da vida a un artificiero aniquilado poco a poco por la burocracia del sistema y convertido, en otro giro final muy divertido, en paladín de las causas perdidas del pueblo llano. Buena parte de esta historia, la más larga del film, parece conectada con una interesante y medio olvidada película de Joel Schumacher, Un día de furia (1992), en la que Michael Douglas encarna a un probo ciudadano que debido al calor, los nervios y un monumental atasco angelino, se convierte en un tipo irracional y destructivo armado con una escopeta: el personaje de Darín, como el de Douglas, acaba por no entender nada de lo que le rodea, desde una multa injusta por aparcamiento hasta la desidia del funcionario de turno que no quiere escuchar sus reclamaciones, pasando por la incomprensión de su exesposa (burocracia de Estado y burocracia familiar), lo que le convierte en un individuo furioso en un contexto social y urbano muy caótico.

La quinta historia es la que plantea más requiebros, ya que empieza con una situación no demasiado novedosa para deslizarse por derroteros mucho más interesantes y corrosivos. Un joven de clase alta atropella con el auto de su padre a una mujer embarazada y huye. La mujer y el bebé que llevaba en las entrañas fallecen poco tiempo después del accidente. La opinión pública pide la cabeza del homicida. El padre del muchacho, para salvar de la cárcel a su hijo y dejar intacta la reputación familiar, convence al jardinero para que se haga pasar por el conductor que se dio a la fuga a cambio de una cuantiosa suma económica. El abogado que les ayuda también quiere su parte del pastel, al igual que el fiscal de instrucción que se encarga del caso. Con muy pocos elementos, unas cuantas pinceladas de carácter y una considerable contención tanto en lo dramático (la situación misma de partida) como en lo cómico, Szifrón realiza en este episodio un excelente retrato de la corrupción a la que todo parece abocarse.

  

                                                                     


Argentina-España, 2014. Director y guión: Damián Szifrón. Productores: Agustín y Pedro Almodóvar, Esther García, Matías Mosteirín y Hugo Sigman. Producción: Corner Producciones, El Deseo, S.A., Kramer & Sigman Films. Fotografía: Javier Julia, en color. Diseño de producción: María Clara Notari. Música: Gustavo Santaolalla. Montaje: Pablo Barbieri Carrera y Damián Szifrón. Duración: 122 minutos. Intérpretes: Ricardo Darín (Simón), Leonardo Sbaraglia (Diego Iturralde), Darío Grandinetti (Salgado), Érica Rivas (Romina), Julieta Zylberberg (moza), Nancy Dupláa (Victoria), Óscar Martínez (Mauricio), Rita Cortese (cocinera), Osmar Núñez (abogado), María Onetto (Helena)

 

                                                                     


Articulo publicado en el número 449, Noviembre 2014.

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