LA DILIGENCIA
Un viaje mítico Por Carles Balagué
Previa a los catorce «westerns» sonoros de John Ford, «La diligencia» («Stagecoach», 1939) dibuja alguno de los elementos que harán evolucionar el género y abandonar la acumulación de anécdotas, abundante en tipologías y situaciones arquetípicas, convencionales escenas de acción, y adquirir una mirada más adulta y formalista.
Ford lo hizo aportando un acerado retrato sobre personajes de diferentes estratos sociales; si se quiere de forma esquemática, seca o abrupta, pero que ubican al espectador sobre las vicisitudes de un grupo humano sometido al capricho de un peligro eminente, de cómo evolucionan sus sentimientos llevados a un estado límite, algo muy común, por otra parte, en la filmografía de Ford.

Pese a que Wanger deseaba que fueran Gary Cooper y Marlene Dietrich la pareja protagonista, Ford consigue convencerlo de que la fuerza del proyecto radica en una serie de rostros anónimos, empezando por el propio John Wayne, que era un mero actor de westerns seriales, entrelazados por un turbador y accidental itinerario a través de Nuevo México, hacia 1885, bajo la amenaza de Gerónimo y los apaches, después de que éstos decidieran abandonar la reserva y tomar las armas. La imagen de un fantasmal coche de caballos cruzando la llanura de Monumental Valery, entre Arizona y Utah, cobró fuerza como representación recurrente del film. De forma inconsciente había nacido un territorio ficcional para los héroes de Ford, casi un forillo permanente por donde cabalgar a la búsqueda de una aventura que tiene mucho de lance moral con su destino.
Nada amigo de los guiones prolijos, explicativos, de largos diálogos y farragosos detalles, que no dejan fluir la necesaria corriente emocional con que alimentar el universo fordiano, confía el trabajo de escritura de La diligencia a Dudley Nichols, responsable de The Informer (El delator, 1935), y colaborador, entre otros, de Hawks, Lang, McCarey o Renoir. Del original, «Stage to Lordsburg», quedan los móviles de los distintos personajes por llegar a Lordsburg y que guardan no pocas similitudes con «Boule de Suif» («Bola de Sebo», 1880), un cuento de Guy de Maupassant ambientado en un carruaje poblado por arribistas sin escrúpulos, clérigas ajaras, prostitutas de buen corazón, de tránsito por una Normandía ocupada por las tropas alemanas.

La diligencia deja patente, desde las primeras escenas, el pragmatismo fordiano por filmar desde un sólo ángulo de la cámara, de servirse de funcionales elipsis para hacernos llegar los rasgos esenciales de cada personaje, de una economía narrativa depurada en los años cincuenta y sesenta, cuando el desarraigo y un melancólico exilio invaden su producción. Todavía en La diligencia, pese a llevar 13 años sin haber rodado un western, desde Three Bad Men (Tres hombres malos, 1926), existen abundantes primeros planos con que trocear la secuencia para adaptarla a un montaje más dinámico, sin perder sus imágenes el aspecto contemplativo con que armonizar exteriores e interiores, y hacer del viaje una especie de aprendizaje que encuentra en la planificación de Ford una lógica natural y continuista, como si la épica del relato fuera creciendo delante de nuestros inocentes ojos.
Los movimientos de cámara son mínimos en La diligencia, si exceptuamos el travelling de presentación de Ringo o la panorámica que descubre a los apaches parapetados detrás de una roca. La fuerza de Ford sigue estando en la composición del encuadre y conseguir de sus actores que transformen lo complejo en algo muy simple; en hacer de sus miradas, gestos, miedos, titubeos, alegrías o tristezas una especie de alegoría de la vida que lleva implícito, muchas veces, unos bufos cambios de tono en su composición. Lejos de un conservadurismo siempre mal entendido en su obra, hay en su cine una fascinación por un cierto anarquismo vital, por un canto a lo primitivo y a la necesidad de saltarse las reglas impuestas por la sociedad. Encontramos en La diligencia la exaltación de un médico borracho, una prostituta y un forajido, como estertores de unos rígidos códigos de clase donde el individuo busca su territorio, hogar o refugio que le ha sido negado por el resto de la comunidad, como si fueran nómadas necesitados de un espacio propio.
Cabalísticamente ocho, como sus protagonistas, serán los episodios de La diligencia, con un fragmento central en la parada de Apache Wells, donde hay el parto prematuro de Mrs. Mallory. Casi a las puertas de Lordsburg, el ataque de los indios ocupa el clímax final, donde destaca la valerosa actitud de Ringo, y en menor medida del doctor y la prostituta, que permite a todos los viajeros llegar a su destino con la única baja de Hartfield (herido mortalmente durante la confrontación con la tribu de Gerónimo, después de que el jugador guardara la última bala para acabar con la vida de Mrs. Mallory y salvarla de la barbarie india, precediendo al toque de corneta de la caballería americana). Todavía por entonces, el papel de las tribus indias y la crisis del estamento militar no había encontrado un peso específico en la filmografía de Ford, pasando a ser cuestiones colaterales, meras apoyaduras en el desarrollo del guión. Quedará por resolver el duelo de Ringo y los hermanos Plummer, contando con la pasiva complicidad de Wilcox, y que Ford sellara con un contrapicado de Dallas que enlaza con el cuerpo de Plummer rodando sobre el suelo del salón. Epílogo que concluye con la marcha de Ringo y Dallas montados en una calesa, mientras el Dr. Boone lanza un corolario que es toda una declaración de principios: «Al menos se ahorrarán los beneficios de la sociedad».
Articulo publicado en el número 378, Mayo 2008.
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Nº 378.
Abril 2008