EL MUNDO CONECTADO
Fassbinder y la realidad artificial Por Quim Casas
Avalon recupera en DVD uno de los trabajos televisivos de Rainer Werner Fassbinder realizados en la primera mitad de los años setenta, la serie en dos partes «El mundo conectado», restaurada recientemente por la R.W. Fassbinder Foundation. Se trata de la extraña, singular e única incursión del cineasta alemán en el terreno de la ciencia ficción clásica.


Fassbinder realizó durante toda la década de los setenta, «su» década, varios films en formato vídeo de dos pulgadas y otros rodados expresamente para televisión –Das Kaffeehaus [El café, 1970], Bremer Freiheit [Libertad en Bremen, 1972], Nora Helmer (1973), Martha (1973), Angst vor der Angst [Miedo al miedo, 1975], Frauen in New York [Mujeres en Nueva York, 1977]–, así como tres series, una dividida en cinco partes, Acht Stunden sind kein tag [Ocho horas no son un día, 1972], y un par en dos partes, la que nos ocupa y Bolwieser (1976). Así que mucho antes de embarcarse en la vasta Berlin Alexanderplatz (1980), su mayor aportación al género televisivo, Fassbinder ya sabía moverse muy bien por los márgenes del aparato catódico y casi siempre hizo lo que quiso sin plegarse en exceso a los designios narrativos y estilísticos del medio. En El mundo conectado hay detalles de caligrafía sencilla y directa: un personaje le dice algo relevante a otro y la cámara se aleja en travelling por el corredor de la casa para que no escuchemos la conversación; alguien (el periodista encarnado por el actor y director Ulli Lommel) asegura que Stiller está metido en un buen lío y la cámara se le acerca en zoom hasta desenfocar su rostro y reforzar innecesariamente lo que acaba de decir. Pero esas servidumbres –tampoco fue Fassbinder, salvo en obras tardías como Desesperación (Despair, 1977), La ansiedad de Veronika Voss (Die Sehnsucht der Veronika Voss, 1981) o Querelle (Querelle, 1982), ni un estilista ni un formalista–, son menores ante la inteligente estructuración del relato mediante el fingimiento de la imagen que se supone real y su desdoblamiento a través de constantes juegos con los espejos. Fassbinder crea un clima de auténtica pesadilla (en el sentido de alteración de la realidad) y de desconcierto mental mediante las elaboradas composiciones tanto en el interior de la sala azulada y acristalada que hace las veces de centro informático como en cualquier estancia donde haya, al menos, un espejo en el que mirarse el protagonista o en el que reflejarse alguien que habla desde un lugar que la cámara no puede captar. Es así un film, una serie televisiva, cargado de personajes que se reflejan una y diez veces en múltiples espejos, algo muy adecuado para una historia sobre la identidad escindida, el miedo a no saber quién se es y lo que son en realidad los demás; la historia, en definitiva, de alguien, Fred Stiller, que no sabe si pertenece al mundo real o al simulado, si su vida ha existido o es simplemente la proyección inoculada por un ordenador, si ha estado a uno o al otro lado del espejo que lo domina todo. A esa exploración que parece formalista pero no lo es en absoluto, y que además se aparta considerablemente de los patrones de la televisión europea de los setenta, se une un registro interpretativo que es el habitual en el cine de Fassbinder, no en vano pudo contar con el grueso de su stock company en papeles más importante o más anecdóticos: Klaus Löwitsch, Ulli Lommel, Ivan Desny, Barbara Valentin, Gottfried John, Kurt Raab, Margit Carstensen, El Hedi Ben Salem, Ingrid Caven, Peter Kern, Peter Chatel y sus amigos Werner Schroeter y Magdalena Montezuma. Por último, y en un contexto bien definido de ciencia ficción interior, Fassbinder se permite ciertas licencias. Stiller luce en varios fragmentos un sombrero negro que le hace asemejarse a Lemmy Caution y, en una secuencia no especialmente decisiva, aparece Eddie Constantine encarnando a un acaudalado hombre que recoge en su coche al huido Stiller. Hacia el final, en un teatro–cabaret tan abstracto como las salas acristaladas y brumosas del centro cibernético, Fassbinder inclina simbólicamente la cabeza en reverencia a Von Sternberg, Marlene Dietrich y la última secuencia de Fatalidad, reconstruyendo la arrebatada escena de la mujer que va a ser fusilada por espía pero antes se pinta los labios utilizando como espejo el sable del oficial.
Alemania, 1973. T.O.: «Welt am Draht». Director: Rainer Werner Fassbinder. Productores: Peter Marthesheimer y Alexander Wesermann. Producción: WDR. Guión: Rainer Werner Fassbinder y Fritz Müller–Scherz, según la novela de Daniel F. Galouye. Fotografía: Michael Ballhaus y Ulrich Prinz, en color. Dirección artística: Kurt Raab, Walter Koch y Horst Giese. Música: Gottfried Hüngsberg. Montaje: Marie–Anne Gerhardt y Ursula Elles. Duración: 203 minutos. Intérpretes: Klaus Löwitsch (Fred Stiller), Barbara Valentin (Gloria Fromm), Mascha Rabben (Eva Vollmer), Karl Heinz Vosgerau (Herbert Siskins), Wolfgang Schenck (Franz Hahn), Günter Lamprecht (Fritz Walfang), Ulli Lommel (Rupp), Adrian Hoven (Henry Vollmer), Ivan Desny (Günther Lause), Joachim Hansen (Hans Edelkern), Ingrid Caven (Uschi)
Articulo publicado en el número 402, Julio-Agosto 2010.
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