EL MUNDO CONECTADO

Fassbinder  y la realidad artificial                                                    Por Quim Casas


Avalon recupera en DVD uno de los trabajos televisivos de Rainer Werner Fassbinder realizados en la primera mitad de los años setenta, la serie en dos partes «El mundo conectado», restaurada recientemente por la R.W. Fassbinder Foundation. Se trata de la extraña, singular e única incursión del cineasta alemán en el terreno de la ciencia ficción clásica. 


En contraste con los dos cortometrajes de Fassbinder también incluidos en esta edición, de hecho sus dos primeros trabajos como realizador –Der Stadtstreicher [El vagabundo, 1966], una suerte de pantomima melodramática sobre un indigente que encuentra una pistola en la calle y no sabe qué hacer con ella, y Das Kleine chaos [El pequeño caos, 1967], una mezcla gamberra entre Godard y los primeros cortos de Roman Polanski–, Welt am Draht [El mundo conectado, o El mundo pendiente de un hilo, 1973] se dedica a recrear plástica y moralmente un mundo futuro, aunque no demasiado lejano, donde la simulación y la realidad
llegarán a confundirse. Frente a las contrastadas imágenes en blanco y negro de los dos cortos citados –o al uso del color neutro de casi toda su obra como realizador–, Fassbinder compone en El mundo conectado una serie de planos que van de los figurativo a lo abstracto, siempre dentro de los márgenes televisivos de la época –formato estándar, uso del zoom de aproximamiento o de corrección, cortes algo bruscos de montaje– y que nos acercan a un tipo de ciencia ficción «realista» como lo hizo Godard en su incursión en la ciudad de Alphaville. La miniserie, dividida en dos partes –un total de 205 minutos de duración– nos sumerge en una sociedad futura, que hoy es irremediable pasado, de manera casi más concluyente a como pudo hacerlo en el momento de su realización: el grano de la imagen televisiva analógica, los colores de los años setenta, el hilo musical en las oficinas, los zumbidos electrónicos como rudimentaria banda sonora, las características lámparas de pantallas de plástico anaranjado o rojizo, una sala de computadoras más propia de un film fantástico de los cincuenta y el simple decorado de una piscina cubierta llena de personajes sofisticados, gánsteres y cantantes de cabaret, le otorgan una patina de ciencia ficción convincente sin recurrir a artilugios impostados ni recreaciones con las que Fassbinder, a buen seguro, no se habría sentido cómodo. Mediante el sonido y la fotografía (y pequeños detalles como la interacción entre el televidente y la presentadora de un informativo televisivo, por ejemplo), el director de La ley del más fuerte (Faustrecht der Freiheit, 1974) culmina su muy curiosa tentativa en los dominios de un género que ni antes ni después trató ni por el que es reconocido. Se sirvió de una novela del escritor estadounidense de ciencia ficción Daniel Francis Galouye, «Simulacron 3», publicada originalmente en 1964, para ofrecer por la vía directa del género su visión de una sociedad desestabilizada e incierta donde se repiten una y otra vez los interrogantes de siempre sobre la propia identidad y el temor a perderla.


La base del relato se encuentra en el Simulacron, la nueva generación de tecnología informática que no tiene nada que ver con un ordenador. El Simulacron, desarrollado en el denominado instituto cibernético del futuro, es capaz de crear un mundo artificial en miniatura, una imagen reducida de nuestra sociedad, una suerte de realidad paralela formada por nueve mil identidades que poseen los atributos de una persona real. Fred Stiller (Klaus Löwitsch) sucede al director del instituto y principal valedor del Simulacron, el profesor Vollmer, tras su aparente suicidio. Su cometido es continuar con las experimentaciones de Vollmer, pero no tarda en descubrir aspectos oscuros en la muerte de su antecesor así como constantes presiones por parte de altos estamentos políticos y económicos para que se sirva del Simulacron con el fin de predecir el futuro inminente; las predicciones sobre la
producción de acero, por ejemplo. Stiller empieza a frecuentar los dos mundos, el real, o el que él cree real, y el simulado. Los viajes a esa realidad paralela están mostrados de la manera más doméstica posible: desde el tiempo real le hacen una señal (que consiste en la aparición de un botones de hotel con una pizarra en la que le avisan de una inminente llamada telefónica) para que vaya a una cabina telefónica desde donde su conciencia volverá a ser transportada a la realidad. Stiller descubre pronto que algunas identidades de Simulacron desean pasar al mundo real, lo que nos sitúa, con retoques y requiebros, en el paisaje de Desafío total, Matrix o La Isla de Michael Bay. Como en toda serie televisiva que se precie, al final de la primera parte (lo que equivaldría hoy al final de una temporada) se produce un giro inesperado que nos hace dudar de lo que es real y lo que es imaginado. Planteado el dilema, suscitado el conflicto, Fassbinder tiene toda la segunda parte para narrar la persecución física y mental a la que es sometido Stiller. Si durante sus primeros cien minutos El mundo conectado es una disquisición fría y gestual, casi cibernética, en torno a los haces de circuitos electrónicos en un contexto realista, los restantes cien se abocan a una nihilista caza del hombre y a una divagación, hoy quizá menos angustiante dada la literatura y las imágenes que se han escampado sobre el tema, sobre la pérdida de la identidad, sobre los límites de la percepción de nuestra identidad, con otro giro, esta vez el final, donde la telepatía establece un contacto hasta entonces imposible entre dos mundos antagónicos pese a que uno recree la identidad del otro.


Fassbinder realizó durante toda la década de los setenta, «su» década, varios films en formato vídeo de dos pulgadas y otros rodados expresamente para televisión –Das Kaffeehaus [El café, 1970], Bremer Freiheit [Libertad en Bremen, 1972], Nora Helmer (1973), Martha (1973), Angst vor der Angst [Miedo al miedo, 1975], Frauen in New York [Mujeres en Nueva York, 1977]–, así como tres series, una dividida en cinco partes, Acht Stunden sind kein tag [Ocho horas no son un día, 1972], y un par en dos partes, la que nos ocupa y Bolwieser (1976). Así que mucho antes de embarcarse en la vasta Berlin Alexanderplatz (1980), su mayor aportación al género televisivo, Fassbinder ya sabía moverse muy bien por los márgenes del aparato catódico y casi siempre hizo lo que quiso sin plegarse en exceso a los designios narrativos y estilísticos del medio. En El mundo conectado hay detalles de caligrafía sencilla y directa: un personaje le dice algo relevante a otro y la cámara se aleja en travelling por el corredor de la casa para que no escuchemos la conversación; alguien (el periodista encarnado por el actor y director Ulli Lommel) asegura que Stiller está metido en un buen lío y la cámara se le acerca en zoom hasta desenfocar su rostro y reforzar innecesariamente lo que acaba de decir. Pero esas servidumbres –tampoco fue Fassbinder, salvo en obras tardías como Desesperación (Despair, 1977), La ansiedad de Veronika Voss (Die Sehnsucht der Veronika Voss, 1981) o Querelle (Querelle, 1982), ni un estilista ni un formalista–, son menores ante la inteligente estructuración del relato mediante el fingimiento de la imagen que se supone real y su desdoblamiento a través de constantes juegos con los espejos. Fassbinder crea un clima de auténtica pesadilla (en el sentido de alteración de la realidad) y de desconcierto mental mediante las elaboradas composiciones tanto en el interior de la sala azulada y acristalada que hace las veces de centro informático como en cualquier estancia donde haya, al menos, un espejo en el que mirarse el protagonista o en el que reflejarse alguien que habla desde un lugar que la cámara no puede captar. Es así un film, una serie televisiva, cargado de personajes que se reflejan una y diez veces en múltiples espejos, algo muy adecuado para una historia sobre la identidad escindida, el miedo a no saber quién se es y lo que son en realidad los demás; la historia, en definitiva, de alguien, Fred Stiller, que no sabe si pertenece al mundo real o al simulado, si su vida ha existido o es simplemente la proyección inoculada por un ordenador, si ha estado a uno o al otro lado del espejo que lo domina todo. A esa exploración que parece formalista pero no lo es en absoluto, y que además se aparta considerablemente de los patrones de la televisión europea de los setenta, se une un registro interpretativo que es el habitual en el cine de Fassbinder, no en vano pudo contar con el grueso de su stock company en papeles más importante o más anecdóticos: Klaus Löwitsch, Ulli Lommel, Ivan Desny, Barbara Valentin, Gottfried John, Kurt Raab, Margit Carstensen, El Hedi Ben Salem, Ingrid Caven, Peter Kern, Peter Chatel y sus amigos Werner Schroeter y Magdalena Montezuma. Por último, y en un contexto bien definido de ciencia ficción interior, Fassbinder se permite ciertas licencias. Stiller luce en varios fragmentos un sombrero negro que le hace asemejarse a Lemmy Caution y, en una secuencia no especialmente decisiva, aparece Eddie Constantine encarnando a un acaudalado hombre que recoge en su coche al huido Stiller. Hacia el final, en un teatro–cabaret tan abstracto como las salas acristaladas y brumosas del centro cibernético, Fassbinder inclina simbólicamente la cabeza en reverencia a Von Sternberg, Marlene Dietrich y la última secuencia de Fatalidad, reconstruyendo la arrebatada escena de la mujer que va a ser fusilada por espía pero antes se pinta los labios utilizando como espejo el sable del oficial.                                                          



Alemania, 1973. T.O.: «Welt am Draht». Director: Rainer Werner Fassbinder. Productores: Peter Marthesheimer y Alexander Wesermann. Producción: WDR. Guión: Rainer Werner Fassbinder y Fritz Müller–Scherz, según la novela de Daniel F. Galouye. Fotografía: Michael Ballhaus y Ulrich Prinz, en color. Dirección artística: Kurt Raab, Walter Koch y Horst Giese. Música: Gottfried Hüngsberg. Montaje: Marie–Anne Gerhardt y Ursula Elles. Duración: 203 minutos. Intérpretes: Klaus Löwitsch (Fred Stiller), Barbara Valentin (Gloria Fromm), Mascha Rabben (Eva Vollmer), Karl Heinz Vosgerau (Herbert Siskins), Wolfgang Schenck (Franz Hahn), Günter Lamprecht (Fritz Walfang), Ulli Lommel (Rupp), Adrian Hoven (Henry Vollmer), Ivan Desny (Günther Lause), Joachim Hansen (Hans Edelkern), Ingrid Caven (Uschi)



Articulo publicado en el número 402, Julio-Agosto 2010.

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