ROBIN HOOD

Allan Dwan, Douglas Fairbanks  y el arquero de Sherwood        


                                                                                   Por Tomás Fernández Valentí

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Otra excelente recuperación en DVD de la firma Versus. En este caso, esta formidable versión de Robin Hood (1922), dirigida por Allan Dwan y protagonizada por Douglas Fairbanks, acompañada de un excelente folleto a cargo de nuestro colaborador Quim Casas.

                                                                                    

A diferencia de la mayorÍa de películas centradas en el famoso arquero de los bosques de Sherwood «que robaba a los ricos para dárselo a los pobres», la versión de Robin Hood (1922) escrita (bajo su seudónimo habitual de Elton Thomas), producida y protagonizada por Douglas Fairbanks, dirigida por Allan Dwan y originalmente estrenada en cines españoles como Robin de los bosques se entretiene en mostrarnos los orígenes del personaje, es decir, el proceso en virtud del cual el protagonista acabó siendo Robin Hood. Llama la atención, en este sentido, que de los 127 minutos que dura la versión de Dwan, el realizador dedica prácticamente toda la primera hora a describir ese proceso.

De este modo, y nada más empezar el film, descubrimos que Robin Hood no era
sino Robert, conde de Huntingdon (Fairbanks), un noble caballero que tenía bien ganada la confianza del rey Ricardo Corazón de León (Wallace Beery), hasta el punto de que el monarca inglés le ha nombrado capitán de sus ejércitos. La acción arranca un día antes de que Ricardo emprenda una Cruzada sobre Tierra Santa; sus tropas están concentradas en su castillo, y sus caballeros se entretienen en duelos amistosos con sus compañeros de armas o flirteando con las damas de la corte. A lo largo de esa intensa jornada, Huntingdon conoce y se enamora de una de esas damas, Lady Marian Fitzwalter (Enid Bennett). Por su parte, el hermano del rey Ricardo, el tristemente célebre príncipe Juan (Sam de Grasse), conspira con un caballero que es partidario suyo, Sir Guy de Gisbourne (Paul Dickey), para apoderarse del trono de Inglaterra aprovechando la ausencia de Ricardo; el plan de Juan consiste en que Gisbourne, que también participará en la Cruzada, aprovechará su proximidad a Ricardo y Huntingdon para asesinarles, a cambio de grandes privilegios y la mano de Lady Marian. Pero será esta última la que avisará a Huntingdon de que, en ausencia del rey, el príncipe Juan está tiranizando la nación a base de impuestos abusivos, asesinatos y requisas. Como consecuencia de un ardid de Gisbourne, Huntingdon es acusado de intento de deserción y encerrado en la mazmorra de un castillo francés, de donde es rescatado por su fiel escudero, el futuro Little John (Alan Hale, quien volvería a repetir el personaje del «Pequeño Juan» en la famosa Robín de los bosques, The Adventures of Robin Hood, 1938, Michael Curtiz y William Keighley). De regreso a Inglaterra, y convencido de que Lady Marian ha muerto –en realidad, ha logrado huir y está escondida en un convento de monjas–, Huntingdon adopta la identidad de Robin Hood, un bandolero diestro con la espada y el arco y las flechas, organiza a los proscritos del bosque de Sherwood y forma con ellos un ejército que se prepara para dar el golpe definitivo contra el príncipe Juan. Mientras tanto, el rey Ricardo, por fin consciente de la traición de su hermano y de que Huntingdon tan solo intentaba proteger su reino con su aparente deserción, regresa clandestinamente a su país para unirse a la banda de Sherwood en la batalla final.   

A pesar de esa aparente «concesión» a ciertas fuentes históricas que aseguran que el borroso personaje de Robin Hood fue uno de los cruzados al servicio del rey Ricardo –tal y como también haría la interesante y menospreciada versión de Ridley Scott de 2010–, lo cierto es que este Robin Hood es, en gran medida, una película «de» Douglas Fairbanks, quien interpreta aquí una variante de los aventureros ágiles y burlones que hicieron de él una de las estrellas del Hollywood silente. Poca o ninguna diferencia hay, por tanto, entre el Huntingdon/Robin Hood de este film o el Don Diego Vega/El Zorro de La marca del Zorro (The Mark of Zorro, 1920, Fred Niblo) y el Don César Vega/El hijo del Zorro de Don Q, hijo del Zorro (Don Q, Son of Zorro, 1925, Donald Crisp), el D’Artagnan de Los tres mosqueteros (The Three Musketeers, 1921, Niblo) y La máscara de hierro (The Iron Mask, 1929, Dwan), o el héroe de El ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad, 1924, Raoul Walsh).


DE CABALLERO A PROSCRITO

Ello no obsta para que este Robin Hood sea realmente magnífico, por lo que tiene de equilibrada combinación entre su brillante dibujo de personajes y los grandes medios con los cuales esta película fue rodada (costó un millón y medio de dólares de la época, exhibe unos colosales decorados diseñados por un no acreditado Lloyd Wright, hijo de Frank Lloyd Wright, y un rico vestuario de Mitchell Leisen, acreditado como Leisen). Un buen ejemplo de todo ello lo hallamos en su primera y extraordinaria secuencia; pero antes hay un breve prólogo que, a modo de presentación, marca distancias con las «infidelidades históricas» explicándonos que la Historia no es sino una mezcla de Crónica y Leyenda (hermosa definición), y que el film no pretende ser otra cosa que una visión del Medioevo; el rótulo que nos lo explica va acompañado de un bellísimo plano que, por encadenado, pasa de las ruinas actuales de un castillo a mostrárnoslo en toda su pasada magnificencia. Como digo, esa primera secuencia –que empieza con el soberbio plano de la bajada del puente levadizo del castillo de Ricardo, como invitando al espectador a
«entrar» en esa Edad Media recreada para la cámara (1)– resulta modélica por su brillantísima y elegante presentación de personajes: el rey Ricardo preside un torneo amistoso, sentado en su trono y devorando de manera campechana y desinhibida una pierna de cordero (ese tipo de personaje duro-pero-de-corazón-de-oro que acabó siendo la especialidad de Wallace Beery); cerca del trono está sentado el príncipe Juan, quien por contraste con su hermano mayor mantiene una actitud fría, distante y maquiavélica, y contempla el torneo con un halcón descansando sobre su brazo (ave que, por cierto, jugará un importante papel en el desarrollo posterior de la trama); también vemos cómo Huntingdon se enfrenta amistosamente con Gisbourne, quien intenta vencerle haciendo trampas (se ata a la silla de su caballo, lo cual vulnera las reglas del torneo), pero su plan fracasa gracias a las habilidades marciales del héroe; Huntingdon se acerca a su vencido rival para felicitarle por su valor en combate, mas el humillado Gisbourne rechaza su gesto caballeroso; la secuencia concluye con una parodia de la imagen romántica de Fairbanks: Ricardo le reprocha a Huntingdon que siga soltero y que, a punto de partir para la guerra, aún no tenga una dama que espere su regreso, lo cual da pie a una divertida escena en la cual, por orden del rey, todas las damas en edad de merecer persiguen al atribulado Huntingdon, anticipándose a una célebre secuencia del film de Buster Keaton Siete ocasiones (Seven Chances, 1925).

Si bien es verdad, y acaso en el que sea su único punto débil, que los personajes secundarios de este Robin Hood terminan adoleciendo de superficialidad –tanto los proscritos de Sherwood, Little John, el fraile Tuck (Willard Louis), Will Scarlett (Maine/Bud Geary) y Allan-a-Dale (Lloyd Talman), como, en el bando contrario, el popular sheriff de Nottingham (William Lowery)–, ello se debe principalmente a que el peso del relato se sostiene sobre el denso y muy bien tramado ensamblaje que se da entre los mencionados personajes principales, los cuales proporcionan los mejores momentos de un relato que, a nivel particular, me parece la mejor versión que se haya hecho de las aventuras del arquero de Sherwood. Y ello es mérito de la inspirada labor de Allan Dwan, en su primer trabajo para Fairbanks, solo superado por su siguiente colaboración, esa obra maestra del cine de aventuras que es La máscara de hierro. Aparte de su formidable arranque, ya mencionado, es de justicia señalar la excelente escena en la cual Huntingdon salva a Lady Marian del acoso de un libidinoso y embriagado príncipe Juan, en la cual el realizador descarga todo el peso dramático en las miradas y los gestos de los intérpretes (de hecho, el contraste entre la gestualidad teatral de Fairbanks y la arisca contención de Sam de Grasse contribuye a reforzar el perfil psicológico de sus respectivos personajes) (2). No será la única vez que Dwan lo hará: apuntemos, asimismo, la escena en la cual Ricardo toca cariñosamente el hombro de su bufón (Roy Coulson), el cual acaba de ser asesinado por Gisbourne por error (el bufón dormía en el lecho del monarca y ha recibido las puñaladas que iban destinadas a Ricardo). Por otro lado, la puesta en escena de Dwan se muestra pródiga en encuadres generales primorosamente construidos, de tal manera que su inserción hace avanzar la acción o contribuye a reforzar su fuerza dramática. Véanse, por un lado, los planos que detallan las atrocidades que perpetra Juan sobre el pueblo inglés en ausencia de Ricardo (en particular, esa cruda imagen de una mujer encadenada a la pared y que recibe crueles latigazos en su espalda desnuda por haber rechazado «los favores» del príncipe, reafirmando así el carácter sádico del personaje, en lo que a su trato con las mujeres se refiere, ya insinuado en su intento de seducción de Lady Marian). Por otra parte, el plano general crea, en determinados instantes, un efecto dinámico –las coreográficas acrobacias de Robin Hood por los bosques o en el castillo; el plano que muestra a Ricardo, con la cabeza cubierta con un yelmo, irrumpiendo en el campamento de los proscritos de Sherwood–; y, en otras, melodramático: véase al respecto la ejemplar secuencia del reencuentro de Huntingdon/Hood con Lady Marian, que se cierra con un fundido en negro sobre un plano general muy abierto  –todo muy Griffith–, como aislando pudorosamente en su intimidad a los enamorados. 


(1) Como apunta Quim Casas en el folleto que acompaña la presente edición de Versus, un plano muy parecido e inversamente construido, con el puente levadizo alzándose, es el que marca la caída en desgracia de un ya derrotado príncipe Juan.

(2) Escena que tiene lugar en un decorado, un mirador del castillo del rey, que guarda un curioso parecido con el que se alza sobre el acantilado en las famosas escenas finales de La legión de los hombres sin alma (White Zombie, 1932, Victor Halperin).

           

            

USA, 1922. T.O.: «Robin Hood». Director: Allan Dwan. Productor: Douglas Fairbanks. Producción: Douglas Fairbanks Pictures para United Artists. Guión: Kenneth Davenport y Edward Knoblock, según un argumento de Elton Thomas [Douglas Fairbanks]. Fotografía: Arthur Edeson. Dirección artística: Irving J. Martin y Edward M. Langley, supervisado por Wilfred Buckland. Montaje: William Nolan. Duración: 127 minutos. Intérpretes: Douglas Fairbanks (Robin Hood), Wallace Beery (Ricardo Corazón de León), Sam De Grasse (Juan Sin Tierra), Enid Bennett (Lady Marian Fitzwater), Paul Dickey (Sir Guy Gisbourne), William Lowery (Sheriff de Nottingham), Willard Louis (Fray Tuck), Alan Hale (Little John), Bud Geary (Will Scarlett), Lloyd Talman (Allan-a-Dale)           


Articulo publicado en el número 414, Septiembre 2011.

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