EL PALACIO DE LAS MARAVILLAS

Tod Browning                                                Por Juan Carlos Vizcaíno Martínez

  

                                                                           


¿Qué es lo que, bajo mi punto de vista, permite que El palacio de las maravillas adquiera un grado de valía muy superior a la obra precedente de Tod Browning? Quizá vislumbrar en ella un especial atisbo de madurez, una progresión en su estilización narrativa, enriqueciendo su andadura previa. En su tramo inicial encontramos ese mundo que Browning había constituido como eje de su modo de entender el hecho fílmico. En esta ocasión asistiremos a un relato más elaborado y de superior densidad, incorporando una extraña dosis de estilización formal, a la que cabría unir la querencia por una pureza
melodramática, que emparentó más que nunca a Browning con su maestro Griffith. Cuando el realizador de Drácula (1931) nos había demostrado su destreza –compartida por realizadores como Erich Von Stroheim–, para transmitir esa vertiente oscura y animal, escondiendo la sexualidad reprimida como motor de comportamientos irracionales, es cuando su discurrir sublima un sustrato reiterado en numerosas ocasiones. En su lugar plantea una ficción que avanza en esa visión sombría de la existencia, introduciendo además una apuesta por el amor como elemento redentor.

En una localidad rural de Hungría asistimos a la venta de unas reses por el propietario de unos pastos. Una operación cerrada a satisfacción, contemplada por un ser de dudosa catadura que desea apropiarse del dinero. La acción se traslada a una sala del Budapest de principio de siglo, dominada por la capacidad de seducción del joven Cock Robin (John Gilbert). Capaz de subyugar a las masas, será conocido por su carácter mujeriego, rozando una personalidad impía que aprovecha la debilidad de  mujeres como la ingenua Lena (Gertrude Short), hija del vendedor de ganado que hemos conocido. Robin coquetea también con la insinuante danzarina que interpreta en el show el personaje de Salomé (Renée Adorée). La extraña relación adquirirá los vértices de un peligroso triángulo, al ser esta la amante del dueño del establecimiento –The Greek (un joven Lionel Barrymore), un ser malvado que organizó el crimen del ganadero, vengándose contra Robin al advertir la relación que le une a la danzarina.

Su argumento toma como base convenciones habituales del folletín. Sin obviarlas, la excelencia de su resultado se basa en la intensidad y el grado de riesgo que Browning transmite en sus imágenes. El cineasta introduce al espectador en unas ambientaciones sombrías, que en sus primeros fotogramas se brindarán rurales, para trasladarnos a un Budapest que bien podrían ser los bajos fondos de cualquier ciudad norteamericana. Browning nos muestra la actuación inicial de su protagonista masculino –al que John Gilbert proporciona una notable ambivalencia–, subyugando a un público entregado con las diferentes falsas deformidades expuestas. Serán instantes que culminarán con la representación de «Salomé»; un fragmento que funciona a varios niveles, revelándose tan convincente como cualquiera de las ficciones filmadas por Cecil B. De Mille, descubriendo además todos los trucos que esconde la función. La propia representación de Robin convertido en Juan el Bautista, adquirirá una animalidad sexual en los gestos y actitudes que recibirá por la encargada de representar a Salomé, exteriorizando sus celos por el interés que su partenaire masculino demuestra hacia la inocente Lena –centrado en las posibilidades económicas mantenidas por el asesinado padre de esta–. Tod Browning se distancia en esta ocasión de lo puramente bizarro, huye de cualquier inclinación con el fantástico –solo en ese tercio inicial la descripción de la sala de atracciones ofrece ciertos matices fantastiques– insertándose a pecho descubierto en las aguas de un melodrama intenso, en el que las actitudes más repulsivas –las demostradas por The Greek, la dureza inicial esgrimida por un protagonista sin escrúpulos–, van modulándose hasta una catarsis que es plasmada en la pantalla con un grado de inspiración que solo supera en su obra en La parada de los monstruos, (Freaks, 1932). Hay en sus imágenes un regusto por el detalle malsano, las miradas de los intérpretes destacan en su fuerza expresiva, como son esas escenografías desarrolladas en interiores dominados por una sensación opresiva, a los que la presencia de cierta imaginería religiosa quizá simbolice una posibilidad de redención. Nuestro protagonista vivirá inesperadamente el ejemplo que le manifiesta mientras se encuentra escondido en el altillo de la casa de la danzarina, la serenidad envuelta en desesperación, de ese viejo ciego que solo desea antes de morir contemplar al hijo que cree luchando en el frente, pero que en realidad se encuentra al borde de la horca. Lo que nos conmoverá es descubrir que ese viejo invidente es en realidad el padre de la en apariencia frívola danzarina, que no duda en inventarse falsas cartas para esconder la realidad de la situación de su hermano. En el involuntario descubrimiento de esta circunstancia, Robin abandonará esa muralla de ruindad, cayendo rendido ante la entrega de la muchacha. Uno no puede más que conmoverse, ante una de las escenas de reconocimiento de la pureza del amor más hermosas brindadas en las postrimerías del cine mudo. Admirable conclusión de una película que en poco más setenta minutos abrió nuevos caminos en la obra del cineasta, quizá no suficientemente explorados por la llegada del sonoro.

La edición se complementa con Maldad encubierta (1926), una de las numerosas colaboraciones entre Browning contando con Lon Chaney como protagonista, en un relato de aspecto casi lindante con el serial, desarrollado en el Londres de final del siglo XIX. En sus imágenes, Chaney dará nuevas pruebas de su talento al encarnar un doble personaje, ambos con siniestra vertiente.      


         


USA, 1927. T.O.: «The Show». DIRECTOR: Tod Wrowning. INTERPRETES: John Gilbert (Cock Robin), Renée Adorée (Salomé), Lionel Barrymore (The greek), Edward Connelly (soldado), Gertrude Short (Lena), Andy Maclennan (Ferret), Betty Boyd (Neptuna). EDITADO POR Feel. Cine mudo El corte inglés.   

 

 


Articulo publicado en el número 449, Noviembre 2014.

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