EL GRITO
Michelangelo Antonioni Por José María Latorre
Dos años después de Las amigas (Le amiche, 1955), el ferrarés Michelangelo Antonioni cambió el paisaje de la burguesía de Turín por el del proletariado de la llanura padana en un film donde se hacen notar las influencias del pensamiento existencialista. El grito es una película «de carretera» cuyo personaje central, el obrero Aldo (Steve Cochran), vaga por pequeños pueblos desde Goriano, a orillas del Po, hasta las proximidades de Ferrara, al principio en compañía de su hija de siete años, Rosina (Mirna Girardi), y después solo, para regresar por último, vacío, a su lugar de origen. Su viaje, que tiene algo de huida, está marcado por la desesperación. Amante de Irma (Alida Valli), cuyo marido, inmigrante en Argentina, acaba de morir, Aldo abandona Goriano con la niña que ha tenido con la mujer tras haber abofeteado en público a ésta para seguir un itinerario que comienza con el reencuentro con una antigua amante, Elvira (Betsy Blair) y concluye en un Goriano a un paso de la destrucción: el pequeño pueblo ha sido expropiado por las autoridades con objeto de construir allí una pista para reactores. El final de Goriano significa para Aldo la clausura definitiva de su pasado, también como obrero: cuando se aproxima a la casa donde habita Irma ve a través de la ventana a ésta con un niño de corta edad que ha tenido durante su ausencia, una imagen que, junto con las de la rebeldía de la población ante el decreto y el incendio de los campos, le cierra todas las salidas posibles para su angustia; le cierra todas menos el suicidio; le supone la culminación de su progresiva caída en el nihilismo, algo que, estoy seguro de ello, muchos seres humanos elegirían si la cobardía no lo impidiera. El grito deja abierta la habitual controversia: ¿la actitud adoptada por Aldo al término de su itinerario es una cobardía, tal como dirían los católicos, o un gesto valiente, el único posible para cerrar una existencia sin esperanzas? Pero sigamos un poco el itinerario de Aldo, que hace de El grito el mejor film de Antonioni en los años cincuenta y en el que ya se advierten signos de lo que poco después serían La aventura (L’avventura, 1960) y La noche (La notte, 1961), si bien con personajes y ambientes bien distintos aunque la mirada del realizador se distinguiera por el mismo escepticismo. En su huida hacia adelante, Aldo («ya no estoy en ninguna parte», dice tras abandonar el pueblo), buscando trabajo y 
alojamiento, va conociendo personas y lugares que hacen de la película un documento del proletariado italiano de los años cincuenta: Elvira, que languidece tristemente en su casa dejando pasar el tiempo; la hermana de ésta, Edera (Gabriella Pallotta), una jovencita superficial a la que sólo satisfacen los bailes semanales en un localucho y haber sido nombrada una especie de «miss»; la viuda Virginia (Dorian Gray), a la que encuentra al frente de una gasolinera atendiendo el negocio por el día y por la noche; Andreina (Lynn Shaw), una joven enferma que habita en una cabaña y no duda en prostituirse para poder comer; pero también a unos hombres frustrados y vacíos como ellas, desde el padre alcoholizado de Virginia (Guerrino Campanilli), quien disfruta bebiendo continuamente vino y provocando conflictos con sus vecinos, hasta un individuo que emigró a Argentina y ha invertido su dinero en una draga en el Po. Unas vidas difíciles entrecruzadas en las que únicamente hay espacio para la tristeza y la soledad. Pobres gentes a lo Dostoyevski. Michelangelo Antonioni se interesa por esas vidas problemáticas sin olvidar nunca el drama central, acrecentado desde el momento en que Aldo devuelve la pequeña Rosina a su pueblo en un destartalado autocar regional.
La estadía temporal de Aldo en esos lugares y con esas personas da lugar a una cadena de cuadros descriptivos de vigoroso realismo (así, el de los ancianos en el pueblo), a la vez que da cuenta de su progresivo hundimiento, abandonado por todo y por todos, hasta que decide acabar con su existencia al comprobar que en definitiva ha sido la vida quien le ha vuelto la espalda. Al principio he mencionado Las amigas; pues bien, a pesar de las diferencias entre un film y otro, Antonioni también deja oír aquí la voz nihilista de Cesare Pavese, el autor de «Entre mujeres solas», la novela que dio origen a aquel film: se trate de la burguesía o del proletariado, para Antonioni se trata en ambos casos de un vacío existencial. Y no es casual que en ambos films haya un suicidio. Buena parte del logro de El grito se apoya sobre la fotografía en blanco y negro de Gianni Di Venanzo, que contribuye a hacer aún más depresivos los ambientes y la atmósfera, esos tristes pueblos envueltos por la niebla o azotados por la lluvia, así como el miserabilismo de casas, cabañas y gasolinera, y la música de Giovanni Fusco, consistente en su mayor parte en unos fríos, distantes, acordes del piano que se van repitiendo de una secuencia a otra de la misma manera que lo hace el itinerario hacia la nada de ese hombre a quien sólo le espera un salto al vacío y el último sonido de un grito, en unas imágenes difíciles de olvidar; unas imágenes que, por cierto, se hallan vinculadas con las que al principio relacionan a Irma y a Aldo, cuando ella va a hablar con él en la fábrica donde trabaja, y que por último será el escenario de su suicidio; la distancia que los separa es similar en ambos casos e Irma aparece vista desde la perspectiva de Aldo, y a la inversa. De alguna manera, las dos secuencias son complementarias: el suicidio de Aldo comienza con la visita inicial de Irma y Antonioni lo pone de manifiesto mediante la planificación que las relaciona. He aquí cómo El grito es un film circular en el que, además, las distancias no cuentan.
Italia, 1957 T.O.: «Il grido». Director: Michelangelo Antonioni. Intérpretes: Steve Cochran (Aldo), Alida Valli (Irma), Dorian Gray (Virginia), Betsy Blair (Elvira), Lynn Shaw (Andreina), Gabriella Pallotta (Edera), Mirna Girardi (Rosina), Guerrino Campanilli (el padre de Virginia), Caetano Matteucci (el novio de Edera). Editado por tribanda.
Articulo publicado en el número 402, Julio-Agosto 2010.
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