ESCOBAR: PARAÍSO PERDIDO

Pactar con el diablo                                                                        Por Diego Salgado


                                                                                     

Benicio del Toro y Josh Hutcherson protagonizan este «thriller» singular con el que debuta como director y guionista el también actor Andrea Di Stefano; «Escobar: Paraíso perdido» hace del célebre narcotraficante colombiano que presta su apellido al título del film, un personaje secundario cuyo ascendiente paternal sobre el protagonista, un mochilero norteamericano, acabará por adquirir tintes trágicos. 



No nos hallamos, por supuesto, ante la primera película que convierte a personalidades reales en personajes de ficción. Tampoco ante la primera que hace de tales personalidades meros secundarios de lujo entre protagonistas gestados en
el seno del propio relato cinematográfico. En el ámbito del cine popular, Melvin y Howard (Melvin and Howard. Jonathan Demme, 1980), Billy Bathgate (íd. Robert Benton, 1991) o El cartero y Pablo Neruda (Il postino. Michael Radford, 1994) han ejemplificado entre otros muchos títulos tal apuesta creativa. Apuesta que, más allá del cariz oportunista, culterano, posmoderno, que se le quiera achacar, suscita reflexiones interesantes acerca de la preeminencia del cine a la hora de perfilar los imaginarios sociales de cada época.

Al fin y al cabo, cuando en los títulos citados el magnate Howard Hughes, el mafioso Dutch Schultz o el poeta Pablo Neruda cernían sus largas sombras sobre las historias a las que habían sido invitados, y ejercían en ellas como voces más o menos quebradas de la experiencia, era con el marchamo de superioridad que les otorgaba el que sus vidas habían compartido nuestro plano de realidad. Pero, cuando caemos en la cuenta de que ninguno ha sido nunca tangible para nosotros; de que todo lo que conocemos de ellos es fruto de determinadas configuraciones ideológicas y mediáticas, son la ficción y sus personajes autóctonos los que pasan a convertirse en analistas privilegiados de la figura pública y las manipulaciones que conforman sus rasgos.

Son estas premisas las que permiten disfrutar de Escobar: Paraíso perdido, pasado el natural desconcierto ante el hecho de que una producción para la gran pantalla dedicada por fin al narcotraficante colombiano Pablo Escobar (1949-1993) no sea un biopic lleno de aristas políticas con aspiraciones al Oscar, sino una fábula moral de iniciación a la madurez en formato de thriller. Una vez asumido algo que, por otra parte, se nos deja claro desde los minutos iniciales, se descubre que la opción escogida por Andrea Di Stefano, actor que sorprende no tenga experiencia previa ninguna como guionista y realizador, es del todo acertada.

Lo que se comprueba cuando, una vez familiarizados con el punto de vista escogido, el de un mochilero estadounidense, Nick (Josh Hutcherson), que se enamora a finales de los años ochenta de una sobrina del narco, lo que empieza a sobrarnos es que Escobar: Paraíso perdido presuma de inspirarse en sucesos verídicos, o
ciertas digresiones puntuales que retratan a un Escobar ajeno a la mirada de Nick. Por mucho que uno y otro aspecto nos ayuden a comprender la «relación bipolar» (1) de amor/odio que, tanto por entonces como transcurridos veinte años de su caza y eliminación, ha mantenido su país con Escobar; y que sirvan al efecto añadido en determinada secuencia de revelarnos el carácter de un hombre capaz de amenazar al mismísimo Dios vía la persona interpuesta de un sacerdote estupefacto. Una escena que delata el argumento más allá de lo anecdótico, intemporal, que a Di Stefano le interesa desarrollar: la seducción de un supuesto inocente, un Nick que decide ignorar las advertencias de sus seres queridos cegado por el amor y por ambiciones que no se reconoce a sí mismo, llevada a cabo por un Escobar arquetípico, primordial; un diablo de cabello ensortijado y mostacho frondoso que interpreta con inteligencia Benicio del Toro. La primera y última conversación que sostienen Escobar y Nick, una nocturna presencial y la otra telefónica, son al respecto ejemplares.

También lo es la caza del hombre que se desata cuando el joven estadounidense es infiel al credo criminal de quien con el tiempo ha devenido su jefe. La película hace gala a partir de ese momento de una brutalidad y un pesimismo poco habituales en el cine de hoy, considerando además que el peso mayor de lo narrado recae sobre una estrella en ciernes como Josh Hutcherson, que no tiene miedo a encarnar un personaje cuyas actitudes y decisiones son más que discutibles en numerosas situaciones. Por un lado, Andrea Di Stefano no es nada complaciente con la prepotencia implícita en tantos viajeros alternativos del primer mundo, que se empeñan en encontrar sentidos a sus vidas en países cuyos problemas complejos no tienen reparo ninguno en soslayar. Por otro, a Escobar: Paraíso perdido no le tiembla el pulso en tanto Bildungsroman sobre ilusiones perdidas que concluye con un plano retrospectivo demoledor: Nick y su hermano Dylan en una playa que creen será el escenario ideal para sus sueños de surf y orgasmos, cuando en realidad es la boca del infierno.     


 

(1) «La relación bipolar de Colombia con Pablo Escobar». Arturo Wallace. Artículo publicado en la página web de BBC Mundo con fecha 02/12/2013. http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/ 2013/12/131129_colombia_pablo_escobar_aniversario_relacion_amor_odio_aw




Francia-España-Bélgica, 2014. T.O.: «Escobar: Paradise Lost». Director: Andrea Di Stefano. Productor: Dimitri Rassam. Producción: Chapter 2, Jaguar Films, Nexus Factory, Pathé, Roxbury Pictures, uFilm. Guión: Andrea Di Stefano y Francesca Marciano. Fotografía: Luis David Sansans, en color. Diseño de producción: Carlos Conti. Música: Max Richter. Montaje: David Brenner y Maryline Monthieux. Duración: 120 minutos. Intérpretes: Josh Hutcherson (Nick), Benicio del Toro (Pablo Escobar), Brady Corbet (Dylan), Claudia Traisac (María), Carlos Bardem (Drago), Laura Londoño (María Victoria), Lauren Ziemski (turista en el autobús), Aaron Zebede (Pepito Torres).



Articulo publicado en el número 449, Noviembre 2014.

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