MONEYBALL: ROMPIENDO LAS REGLAS

La implacable frialdad de los números                              Por Aurélien Le Genissel

                                                                                

Bennett Miller, realizador de «Truman Capote», firma su regreso a la gran pantalla con «Moneyball: Rompiendo las reglas», la historia real de Billy Beane, un mánager que revolucionó la manera de entender el béisbol a principios de la década pasada.

 

Cuando salga publicado este artículo ya habrá acontecido un nuevo episodio (los cuartos de final de la Copa del Rey) de la titánica lucha que el Real Madrid y el FC Barcelona brindan a los aficionados de futbol desde hace un par de años. Todos aquellos a los que, de lejos o de cerca, les haya interesado dicho duelo encontrarán en Moneyball: Rompiendo las reglas, la última película dirigida por Bennett Miller, algún punto de interés. Para los demás quizás resulte más complicado comprender y disfrutar de una película ampliamente basada en ese sentimiento extraño y
arbitrario que sienten los fans de cualquier deporte.

Aunque, en el fondo, Moneyball no es más que un nuevo ejemplo de succes story, ese género tan utilizado y apreciado en la cultura estadounidense. Un éxito personal y profesional ambientado en el mundo del béisbol pero que sigue escrupulosamente las pautas y el espíritu emprendedor que irriga (idealmente) ese país, de los primeros pioneros a los grandes empresarios de hoy. Un modelo en el que, de manera esquemática, encontramos siempre una idea revolucionaria y/o arriesgada, una incomprensión/oposición por parte del poder establecido, un momento de dudas y/o dificultades iniciales y un happy end liberador y justo. Es el caso de Billy Beane, el protagonista de Moneyball interpretado por Brad Pitt, mánager de un mediocre equipo de béisbol, llamado los Oakland Athletics, que ve cómo los grandes clubes de la Liga le roban sus escasas estrellas y la dirección del club le recorta el presupuesto. ¿Cómo competir con los mejores en esas condiciones? «Si tratamos de jugar como los Yankis aquí dentro, vamos a perder contra ellos en el campo», les explica Beane a los integrantes del equipo técnico.


EL PODER DE LA ESTADÍSTICA

Y la solución (la idea brillante y subversiva) viene de la mano de Peter Brand, perfectamente interpretado por Jonah Hill, un economista de Yale que defiende las teorías innovadoras de Bill James, precursor del análisis puramente estadístico de los jugadores y los partidos. Brand se convierte en la mano derecha de Beane y juntos deciden deshacerse de la mayoría de los integrantes del equipo y apostar por una serie de jugadores que, según los números, están infravalorados económicamente o poco aprovechados deportivamente. Ya no cuenta tanto la filosofía general (toda esa literatura teórico-lírica que existe en cualquier deporte) sino los resultados puros, el número de «bases» que Oakland tiene que alcanzar en cada partido. Una nueva manera de afrontar el juego que se topa evidentemente con el rechazo del mundo del béisbol, de los otros equipos a los analistas pasando por los propios técnicos del equipo (el equivalente del poder institucional). Solo falta añadir un principio de temporada catastrófico y bastantes tensiones internas para tener todos los ingredientes necesarios y poder, poco a poco, ir descubriendo lo que el espectador ya se olía: que Beane y Brand tenían razón.

Una historia de riesgo y obstinación que plasma esa mezcla de astucia intelectual y lirismo épico que existe en lo que se llama hoy en día una gesta deportiva. Quizás no sea casualidad que se utilice la palabra «gesta», como lo eran en épocas anteriores esas míticas batallas bélicas cuya grandeza combinaba el acierto cerebral de la pura estrategia militar y la heroicidad absurda del destino. Moneyball intenta recuperar algo de ese ambiguo sentimiento, una mezcla del placer que buscan las personas que juegan (y ganan) en esas ligas paralelas y digitales de futbol a la hora que remite al azar casi mágico de toda hazaña deportiva. Hay muchas maneras de enfocar esta temática: la dimensión personal llena de esfuerzo y superación (la magnífica The Damned United, de Tom Hooper, que sigue casi paso a paso la estructura que hemos comentado antes), la crítica capitalista llena de buenos sentimientos y moralismo empalagoso (Jerry Maguire), la épica nacionalista (Invictus o El milagro de Gavin O’Connor) o la oda más surrealista (el inclasificable OVNI de John Huston Evasión o victoria).

La apuesta de Miller se centra sobre todo en la dimensión teórica, la infinita cantidad de números que esconden algo, de teorías y apuestas que hay que descubrir para ganar; ese sentimiento de maestría táctica, de fino connaisseur del juego o, más llanamente, de ser un listillo frente a los demás tontos. Algo que no resulta nada sorprendente si sabemos que uno de los guionistas de la película es el gran Aaron Sorkin (junto a otro destacado como Steven Zaillian), un especialista de este tipo de personalidades ganadoras, perfeccionistas y algo repelentes. Baste con recordar El Ala Oeste de la Casa Blanca o Studio 60, dos de sus mejores series protagonizadas (entre otros personajes parecidos) por Josh Lyman (Bradley Whitford) y Matt Albie (Matthaw Perry), dos perfectos representantes de esa a la vez fascinante y fatigante atracción por la belleza del puro espíritu del que hablamos. Lo mismo ocurría en su última película, La red social, en la que el propio Mark Zuckerberg, pasado por el filtro de Sorkin, también se presentaba (como Beane) como un personaje incomprendido, que sabe que tiene razón frente a la tontería ajena, muy bueno en sus análisis y cálculos y que, al final, acabará demostrándolo. Un listillo más que tiene que lidiar con la contingente banalidad del resto del mundo.


LA SOMBRA ALARGADA DE SORKIN

El carácter de Beane es algo menos radical. Sin embargo, el paralelismo va más allá de la simple anécdota. Y es que Moneyball cae en esa descripción analítica y desencarnada del personaje principal que se percibía en ocasiones en La red social, olvidándose demasiado de los aspectos personales, emocionales, estéticos o colectivos que nutren la tensión narrativa. Un retrato en el que lo importante son las decisiones, los discursos o las respuestas astutas y que quizás funcionara con el fundador de Facebook, una especie de geek superdotado y altivo, pero que no parece servir en el mundo del deporte. Por una parte, porque el mítico «walk and talk» del guionista americano (ese ping-pong de diálogos inteligentes que le caracteriza) resulta menos gracioso y profundo en este caso. Y, por la otra, porque la grandeza de la historia de Beane no reside en realidad en su método revolucionario sino en la manera en la que consiguió imponerlo en su club. Una dimensión social e intersubjetiva que el realizador aborda poco y mal, demasiado preocupado en multiplicar los planos de Pitt en su despacho analizando vídeos o estadísticas. La problemática aparición de Brand en un grupo de expertos
constituidos, por ejemplo, y su relación con el jefe (tratada con acierto al principio) se va diluyendo poco a poco. Lo mismo pasa con la evolución emocional de los jugadores y del discurso de Beane que se sintetiza simplemente en un par de escenas (una bronca y una charla moralista a la estrella) sucintas que pretenden caracterizar el cambio de espíritu del equipo. Más significativa aun resulta la falta de densidad personal del protagonista. Al principio del film, comprendemos rápidamente que su pasado como promesa del béisbol (que nunca acabó de demostrar su valía) le sigue traumatizando y vislumbramos la importancia de su hija. A partir de ahí, no sabremos mucho más acerca de estos elementos que sin embargo resultan indispensables para comprender los sentimientos de Beane y su decisión final.

Hasta la hazaña puramente deportiva, verdadero corazón del film (las 20 victorias seguidas), se despacha en un montaje casi videoclipero de 3 minutos con imágenes de archivo, comentaristas deportivos y un hilo sonoro épico. En este sentido, el estilo de Moneyball es igual que la táctica de Beane y Brand. Como si del nuevo método estadístico se tratase, el realizador parece haber utilizado un ordenador para llevar a cabo su obra, introduciendo concienzudamente todos los parámetros necesarios (música lírica en los momentos álgidos, historias personales sorprendentes, el destino de un looser…) para conseguir el resultado deseado. Y, como pasa con los Oakland A’, el resultado es innegable. Sin embargo, a la película le falta el alma, la anárquica creatividad, la emocionante imperfección que no pueden dar los fríos cálculos o las estrictas reglas narrativas. Los planos se encadenan con la inexorable necesidad matemática que rige las victorias de los protagonistas. Pero el deporte no es igual que el arte. Mientras, por un lado, el análisis desencarnado y eficaz se transforma en una bella subversión de las reglas de un deporte (y una revolución de David contra Goliat), por el otro, solo hay un producto académico y sin asperezas. Miller filma las conversaciones exactamente igual que los lanzamientos de béisbol, en una elegía absoluta del tradicional plano/contraplano que acaba por trivializar las secuencias. Pese a ser una historia real, el tratamiento heroico y casi increíble (en los dos sentidos de la palabra) de algunos hechos, como el resurgir providencial y anunciado de Hattenberg, tiene un regusto forzado y artificial (publicitario dirían las malas lenguas, recordando que Miller también ha participado en los mediáticos anuncios de Nespresso). Se non è vero è bene trovato (si no es verdad está bien encontrado) como dirían los italianos. El problema es que, en este caso, es verdad pero parece «bene trovato». Sin embargo, pese a su academismo y su pragmatismo (o seguramente por eso), Moneyball es una película eficaz y práctica. Un equipo ordenado y serio pero al que le falta algo de espíritu y de imprevisible creatividad, si hay que arriesgarse con un símil futbolístico.     



USA, 2011. T.O.: «Moneyball». Director: Bennett Miller. Productores: Michael DeLuca, Rachel Horovitz y Brad Pitt. Producción: Scott Rudin Productions, Michael DeLuca Productions, Film Rites, Specialty Films para Columbia Pictures. Guión: Steven Zaillian y Aaron Sorkin, según un argumento de Stan Chervin, basado en el libro de Michael Lewis. Fotografía: Wally Pfister, en color. Diseño de Producción: Jess Gonchor. Música: Mychael Danna. Montaje: Christopher Tellefsen. Duración: 133 minutos. Intérpretes: Brad Pitt (Billy Beane), Jonah Hill (Peter Brand), Philip Seymour Hoffman (Art Howe), Robin Wright (Sharon), Chris Pratt (Scott Hatteberg), Brent Jennings (Ron Washington), Tammy Blanchard (Elizabeth Hatteberg), Stephen Bishop (David Justice), Glenn Morshower (Ron Hopkins), Jack McGee (John Poloni), Nick Searcy (Matt Keough), Arliss Howard (John Henry)         



Articulo publicado en el número 419, Febrero 2012.

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Febrero 2012

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