CENTURIÓN

Un «peplum» violento                                                      Por Antonio José Navarro


«Centurión» es una muestra insólita de cine comercial y personal, donde el británico Neil Marshall acomoda sus constantes creativas al nuevo/viejo cine «de romanos». 


ESCOCIA, TIERRA «FANTÁSTICA»

Todavía hoy puede verse perfectamente, desde Newcastle upon Tyne, ciudad natal del cineasta inglés Neil Marshall, algunos fragmentos de la Muralla de Adriano, espectacular construcción defensiva de 117 km. de longitud desplegada desde el golfo de Solway, en el oeste, hasta el estuario del Tyne, en el este. Se erigió entre los años 122-132 d.C. por orden del emperador que le dio nombre, y su finalidad era aislar el territorio britano sometido a Roma de los feroces pictos, confederación
de tribus de cultura celta que poblaban lo que hoy conocemos como Escocia. La muralla mantenía la necesaria estabilidad económica y militar (política) de todo el sur de Britania, además de marcar físicamente la frontera del Imperio. Newcastle upon Tyne, edificada en el antiguo emplazamiento de Pons Aelius, bastión de las tropas auxiliares de la Sexta Legión «Victrix», se convirtió desde el siglo XI en un lugar de importancia estratégica durante las diferentes guerras de Inglaterra contra Escocia.

Sin duda, por causas que desconocemos, el background histórico de Newcastle upon Tyne ha influido poderosamente en la personalidad creativa de Marshall. Escocia es mucho más que un espacio físico donde se desarrollan sus películas. Sus paisajes, sus moradores, su historia, sus mitos, constituyen una terra incognita para la razón –recordándonos el «aquí hay monstruos» con el que los cartógrafos medievales marcaban los territorios desconocidos en los mapas–; un universo dionisíaco que se manifiesta como una explosión de vitalidad salvaje, de fuerza sobrehumana, de canibalismo y barbarie, de monstruosidad.

En Dog Soldiers (id., 2002), un grupo de militares ingleses, que efectúan unas maniobras en los bosques cercanos a las Highlands, son atacados / diezmados por un grupo de hombres lobo que resulta ser una «apacible» familia escocesa la cual se defiende de la intrusión… No en vano, los soldados se atrincheran / ocupan / saquean la casa de los licántropos, quienes viven en una siniestra armonía con la naturaleza –sobre todo, durante su metamorfosis en bestia…–, devorando a todos aquellos turistas que perturban la paz de sus bosques, de sus montañas… Marshall, en Dog Soldiers, se hace eco de las fábulas recogidas por varios textos latinos del siglo IX –«Historia Brittonum», del monje galés Nennio, referida a guerreros celtas capaces de «tomar a voluntad la forma de un lobo de grandes dientes cortantes y que, a menudo, así metamorfoseados, atacan a los pobres corderos sin defensa» (1). Asimismo, en Doomsday-El día del juicio del final (Doomsday, 2008), asistimos a la construcción de una nueva Muralla de Adriano, por orden de las autoridades británicas, cuando un letal virus llamado Segador (Reaper) diezma súbitamente toda la población escocesa… Veinticinco años después, un nuevo brote del virus en medio de Londres hace que el gobierno decida mandar una expedición militar a la zona infectada debido a las evidencias de la existencia de supervivientes, descubriendo que Escocia ha vuelto a un estado de barbarie similar a la de la época de los pictos… A caballo del John Carpenter de 1997: rescate en Nueva York (Escape from New York, 1981) y el George Miller de Mad Max 2 (id., 1981), Marshall retoma en Doomsday el discurso político / filosófico implícito en Dog Soldiers y lo maximiza: el secular enfrentamiento entre escoceses e ingleses, los primeros sometidos por la fuerza a los arbitrarios designios de sus adversarios, se traslada a los territorios del relato fantástico, transformándose en un enfrentamiento de lo dionisíaco –lo fantástico, lo inconsciente, lo enigmático, lo difuso- contra lo apolíneo –la ratio, lo inteligible, lo concreto, lo proporcionado–, e invirtiéndose su moral maniqueísta. El Mal pasa a ser lo positivo, y el Bien, lo negativo. A pesar de ser inglés, Neil Marshall focaliza sus simpatías hacia los escoceses, víctimas de un modo de vida que constantemente los sataniza, los aísla, los agrede, aunque por la estructura recurrente de sus películas, genuinas survival horror movies –personajes vulnerables aislados / atrapados en un entorno hostil, hostigados por un número superior de enemigos, que deben gestionar sus escasos recursos y municiones con astucia…–, parezca que aquéllos son los villanos. Como sucede en Centurión…


CONTRA ROMA, CONTRA LA CIVILIZACIÓN

Centurión, violento y dinámico peplum, narra de manera fantasiosa por qué el emperador Adriano construyó su muralla: alrededor del año 117 d.C., la Novena Legión «Hispana», durante una incursión de castigo en tierra del norte, según narran diversas leyendas, «desapareció» sin dejar rastro, aniquilada por los belicosos pictos durante las guerras de 115 al 122 d.C. Tras la sangrienta batalla, solamente sobrevive un pequeño corpúsculo de romanos, liderados por el centurión Quintus Dias (Michael Fassbender). Atrapados detrás de las líneas enemigas, intentarán volver a casa esquivando la enconada persecución de un grupo de pictos liderados por Etain (Olga Kurylenko), una guerrera muda guiada por una insaciable sed de revancha: los romanos masacraron a su familia ante sus ojos; luego violaron a la joven y le cortaron la lengua…

Centurión está dividida en dos partes claramente diferenciadas. La primera tiene que ver con las vivencias de Quintus Dias en la peligrosa frontera con los pictos, encaminadas a definir el carácter del personaje: un soldado astuto y valiente –cualidades fundamentales para la supervivencia y el liderazgo en territorio enemigo–, a quien las intrigas políticas de Roma están a punto de costarle la vida –el gobernador de Britania ordena matarlo cuando le informa del desastre militar ocurrido en la fortaleza donde estaba acuartelado, pues no conviene que su testimonio se haga público–. Intrigas políticas, decíamos, que gestan el fin de la Novena Legión, cuya misión suicida –«combatir el fuego con el fuego», exclama su
comandante Titus Flavius Virilus (Dominic West)–, sirve a los constructores del muro para ganar tiempo y borrar de la faz de la tierra el recuerdo de la Novena Legión, una mancha para el feroz prestigio del Imperio.

En su segunda parte, Centurión capitaliza esa obsesión de Neil Marshall por las survival horror movies, y se centra en el acoso que padecen Quintus Dias y sus camaradas, y sus diferentes reacciones ante la terrible presión que ejercen los pictos comandados por Etain. Si por un lado Macros (Noel Clarke) le corta los tendones de una pierna a su compañero Thax (J.J. Feild), abandonándolo como carnaza para los lobos y, de este modo, escapar con vida de su persecución, por otro, los vínculos de amistad entre Quintus Dias y Vortix (Dave Legeno) se estrechan hasta convertirse en la clave de su exitosa batalla contra los pictos. Pero, fundamentalmente, la segunda mitad de Centurión es un film de acción trepidante, cruel, donde la acción física (los combates) y los paisajes (el espacio) juegan un papel dramático importantísimo. La agreste naturaleza escocesa, con la abrupta belleza de sus montañas, el silencio de las grandes extensiones de brezo, la frondosidad de sus bosques, evoca una inquietante tierra fronteriza al margen de la civilización. Si Gladiator (id., Ridley Scott, 2000) representa a Roma en todo su esplendor imperial, Centurión muestra el salvajismo que emplea el citado imperio para mantenerse y ensancharse por medio de una atroz violencia que, en ocasiones, se vuelve contra ellos. La primera batalla –que evoca por igual a Espartaco (Spartacus. Stanley Kubrick, 1960) como a La caída del imperio romano  (The Fall of the Roman Empire. Anthony Mann, 1964): las bolas de fuego que inmovilizan a las tropas romanas, estableciendo una línea compacta que ofrece un frente sólido; el combate en el bosque, donde los nativos aprovechan la orografía del terreno…–, es de una brutalidad extrema, donde se cortan extremidades, cabezas y la sangre corre abundantemente, oscilando entre el hiperrealismo y el gore. Marshall no se asusta de resaltar los horrores de la guerra antigua, al igual que sabe construir un personaje tan escalofriante como el de Etain, esa venganza encarnada (Marshall dixit) cuya silenciosa presencia, así como su rostro pintarrajeado de azul de glasto (2), su caballo blanco –un símbolo de guerra y muerte…–, invocan un espanto que va más allá de lo puramente bélico.


EL «PEPLUM» COMO MIRADA

Centurión niega la llamada hipermodernidad del cine, que permite la coexistencia de opuestos, la inmersión emotiva y la mirada a distancia, combinación paradójica y totalmente sincrética (3) que provoca un seboso sarcasmo hacia el propio cine fruto de un (extraño) resentimiento hacia su propia cultura (4). Neil Marshall aún cree en una cierta mirada primitiva, ingenua, a la hora de hacer cine de género, invitando al espectador a vivir una experiencia fuera de las normas del mainstream. Un peplum como el que nos ocupa –con un tratamiento de la violencia seco y contundente, con un tono sombrío y melancólico donde los héroes y villanos son víctimas de pasiones descontroladas y conspiraciones  ajenas a su espíritu homérico– demuestra que todavía es posible creer en un cine auténtico, capaz de establecer un diálogo complejo con sus modelos del pasado y cierta sensibilidad presente, cansada del reciclaje irónico. Centurión es mucho más que un intento de recuperar un cine «antiguo» de las catacumbas del olvido y presentarlo a un público nuevo: es una apuesta por un cine por y para el espectador. El espectáculo fílmico, según Marshall, es una forma de socialización ritualizada de las relaciones humanas donde el espectador no es una variante, sino una constante.


(1) Traducido al castellano como «Historia del pueblo bretón» (Edición a cargo de Gloria Torres Asensio). Ed. PPU. S.A. Barcelona, 1989.

(2) Se trataba de una pasta obtenida de una planta crucífera que, aparte de aterrorizar a los enemigos, poseía unas cualidades antisépticas que ayudaban a prevenir la infección de posibles cortes durante la batalla.

(3) «La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna», por Gilles Lipovetsky y Jean Serroy. Editorial Anagrama S.A., Col. Argumentos. Barcelona 2009. Pág.136.

(4) «El complot del arte. Ilusión y desilusión estéticas». Ed Amorrortu, Buenos Aires, 2006. Pág. 12.

  

                        

Gran Bretaña, 2010. T.O.: «Centurion». Director y guión: Neil Marshall. Productores: Christian Colson y Robert Jones. Producción: Pathé Productions, Celador Films. Fotografía: Sam McCurdy, en color. Diseño de producción: Simon Bowles. Música: Ilan Eshkeri. Montaje: Chris Gill. Duración: 97 minutos. Intérpretes: Michael Fassbender (Quintus Dias), Dominic West (Virilus), Olga Kurylenko (Etain), Noel Clarke (Macros), David Morrissey (Bothos), JJ Feild (Thax), Axelle Carolyn (Aeron), Rachel Stirling (Drusilla), Ulrich Thomsen (Gorlacon), Dave Legeno (Vortix)           



Articulo publicado en el número 402, Julio-Agosto 2010.

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