EL CODIGO CHABROL

Por Quim Casas


Pocas cosas varían en el cine de Claude Chabrol, que en Una chica cortada en dos analiza de nuevo la doble y cínica moral de la clase burguesa de provincias y las maniobras siempre interesadas del amor. El film se inspira en la historia ya evocada en un gran film de Richard Fleischer, La muchacha del trapecio rojo. 


El año 2007 se saldó, por lo que respecta al cine francés, con tres obras de prestigio a cargo de los viejos representantes de la nouvelle vague: El romance de Astrea y Celadón, de Eric Rohmer, Ne touchez pas la hache, de Jacques Rivette (estrenada ahora entre nosotros como La duquesa de Langeais), y Una chica cortada en dos, de Claude Chabrol, que se exhibió en Francia pocos meses
después de que en España lo hiciera el anterior film de este director, Borrachera de poder, fechado en 2006. Buena parte de la crítica francesa aprovechó la coincidencia para hablar merecidamente de la buena salud de la vieja guardia del cine francés –añadamos que el pasado año empezaron a circular también en DVD las historia(s) del cine de Godard– y situar el último Chabrol por delante de los títulos de Rohmer (que lo está) y de Rivette (que no lo está). Y no solamente eso, sino que se consideró Una chica cortada en dos como uno de los mejores títulos de la cosecha chabroliana en años, lo que no es del todo justo porque también En el corazón de la mentira (1999), Gracias por el chocolate (2000), La flor del mal (2003) y La dama de honor (2004) tienen motivos para gozar de esa consideración.

Con buen criterio se habló en la revista «Les Inrockuptibles» de que Chabrol, Rivette y Rohmer coincidían en el tratamiento del mismo tema, el de las complejas maniobras del amor, aunque lo hicieran a partir de visiones diametralmente distintas. Y si bien es cierto que Rivette, acudiendo a Balzac, siguió siendo fiel a sí mismo, y que Rohmer pareció replegarse sobre sus pasos con la adaptación de la pastoral y pretérita obra de Honoré d’Urfé, delineando un juego amoroso distinto al de sus cuentos morales, Chabrol no hizo otra cosa que presentar un jalón más, el enésimo, en su visión del fraude de determinadas relaciones amorosas y el arribismo de la clase social sobre la que ha hecho recaer el noventa por ciento de su filmografía.

Estamos, de nuevo, en territorios burgueses y en amagos de estima cuando no hay otra cosa que hipocresía. El Tartufo del cine francés no varía en absoluto el rumbo establecido desde los tiempos de Las ciervas, La mujer infiel y El carnicero. Es más, redobla esfuerzos en la misma dirección, hace todo lo posible para que la formula no ofrezca síntomas de agotamiento y se enroca con sentido común, aunque a veces parezca tan displicente, en su temario habitual después de un intento de apartarse, en lo geográfico y en lo moral, de la línea establecida: recuérdese que Borrachera de poder estaba ambientada en la gran ciudad, no en una localidad de provincias, y versaba sobre los entresijos del poder judicial y la corrupción financiera, intentando, con resultados no especialmente logrados, mezclar el proceso emprendido por una severa jueza por un caso de malversación de fondos con las vivencias de la protagonista fuera de los juzgados.  


Juegos de actores

François Bérleand, el actor que interpretaba al empresario fraudulento sometido a las directrices de la jueza Isabelle Huppert en Borrachera de poder, asume en Una chica cortada en dos el papel de Charles Saint-Denis, un brillante, cotizado, poco escrupuloso, cínico y muy mediático escritor que mantiene una relación de no estricta dependencia con su esposa y no deja de adular y seducir a cualquier mujer
más joven que aparezca en su vida. Ludivine Sagnier, actriz identificada durante bastante tiempo con el cine de François Ozon, despliega un estilo similar al realizado en los papeles ideados por aquel. En manos de Chabrol se convierte en el objeto de deseo del maduro escritor, Gabrielle Aurore Deneige, una chica que, como su apellido indica irónicamente, trabaja como presentadora del tiempo en una cadena televisiva de Lyon.

Benoît Magimel, por último, completa el característico terceto chabroliano. Su cometido es algo distinto al de sus otros trabajos con el director de Inocentes con manos sucias, pese a que vuelve a representar la figura del joven cuyo comportamiento está fuertemente condicionado por el carácter matriarcal de su familia. En La flor del mal era el miembro de un clan burgués de Burdeos que se desintegraba poco a poco por un suceso del pasado que afectaba a la madre durante su campaña electoral, mientras que en La dama de honor incorporó a un joven absorbido por una enfermiza pasión amorosa que culminaba en delito de sangre. En Una chica cortada en dos exagera más de la cuenta, y con el consentimiento de Chabrol, el papel de un joven perteneciente a la alta burguesía, de pomposo nombre Paul André Claude Gaudens, que también se enamora de Gabrielle y logra convencerla para que se case con él y abandone los encuentros furtivos e intensos con Charles.

Todo lo que atañe a la riquísima familia de Paul (conocidos empresarios farmacéuticos), así como sus gesticulantes salidas de tono en fiestas y cenas, en plena calle o en una solemne recepción, se convierte en una caricatura estereotipada, en una fuga desconcertante que nos hace pensar en un Chabrol menor, demasiado dado a la ironía fácil, lejos de la austeridad de films como La ceremonia y El infierno. Pero quizá sea ese el bálsamo necesario para aliviar los dolores del resto de la historia, los fríos procesos de sumisión y aceptación entre el cínico intelectual absorto en sus ridículos juegos sexuales y la grácil y liberada chica del tiempo (Ludivine Sagnier compone su personaje como Emmanuelle Béart compuso el suyo en El infierno, siendo también lo que Chabrol definió entonces como un ángel con el cuerpo de una puta).

Si me he extendido tanto con los actores es porque, a diferencia de otros compañeros de su generación –o con una dependencia distinta–, Chabrol necesita mucho de la complicidad de los intérpretes, lo que redunda en largas y por lo general fructíferas colaboraciones (Stéphane Audran, Jean-Claude Brialy, Maurice Ronet, Isabelle Huppert, Michel Serrault, Bérleand, Magimel) que son, también, la asunción de unos determinados tics. Bérleand, por ejemplo, le sirve muy bien para establecer en pantalla la característica doble moral de sus personajes. Porque Una chica cortada en dos no difiere en casi nada del grueso de la obra chabroliana donde la ambigüedad moral se ha convertido en auténtica materia de estilo. Lyon no es una ciudad de provincias, pero el realizador la filma como si así lo fuera. Tenemos también el retrato de una burguesía absurda e intrigante y, en el ocaso del relato, no en su origen, un crimen pasional. No hay en el último Chabrol, evocando sus títulos significantes de los sesenta y setenta, ningún inocente con manos sucias, ni rupturas, ni mujeres infieles en el sentido tradicional del término (Paul lo sabe todo sobre Gabrielle y Charles antes de casarse con ella), ni siquiera las relaciones resultan sangrientas hasta el inesperado espasmo final. Chabrol ha logrado convertir sus intrigas burguesas, amorosas y criminales casi en un género propio con sus códigos bien establecidos, una serie de personajes que parecen prolongarse en el tiempo (aunque sea el fílmico) y una manera sobria y desnuda de mostrarlos. Pero son también un artificio, una reproducción que se aleja de la realidad pese a inspirarse netamente en ella.


La muchacha del trapecio rojo

Porque en la historia contada por Chabrol en Una chica cortada en dos hay considerables similitudes con lo relatado por Richard Fleischer en La muchacha del trapecio rojo, y aquel espléndido film de 1955 se basaba en una historia real. Chabrol repudia por lo general las grandes ciudades como decorado de sus películas. En el film de Fleischer, un cliente del arquitecto Stanford White (Ray Milland) le encomienda la construcción de un bosque artificial en el que recluirse porque odia igualmente la ciudad. Después, el cliente se arruina y no puede pagarle el bosque al arquitecto, por lo que éste lo mantiene intacto en su estudio, con el trapecio rojo situado en el centro mismo del bucólico decorado, allí donde se gesta la historia de amor entre Stanford y la corista interpretada por Joan Collins, Evelyn Nesbitt. Pero la muchacha termina casándose con un joven millonario y celoso, Harry Kendall Thaw (Farley Granger), quien, como el Magimel de Una chica cortada en dos, siempre ha estado exageradamente protegido por su madre.

El terceto ficticio de Lyon formado por Charles, Gabrielle y Paul se proyecta en el representado por Stanford, Evelyn y Harry en La muchacha del trapecio rojo, una ficción de la Fox inspirada en la crónica de sucesos neoyorquina del pasado siglo: en junio de 1926, Harry Thaw asesinó a Stanford White en la terraza del Madison Square Garden, a plena luz del día y delante de la muchedumbre, convencido de que su esposa Evelyn seguía manteniendo relaciones con el maduro arquitecto. Si en el film de Fleischer no se consuma la relación, aunque Evelyn y Stanford están enamorados, en el de Chabrol el motivo de los celos y dudas de Paul está perfectamente documentado a lo largo del relato. Si Fleischer armonizó en sentido romántico las relaciones de los amantes desviándose conscientemente de la realidad (la verdadera Evelyn Nesbitt, a diferencia de los personajes encarnados por Joan Collins y Ludivine Sagnier, cultivó las relaciones de todo tipo para escalar posiciones en el cine y llegó a mantener una idilio con John Barrymore), Chabrol incide de manera más radical en la turbiedad moral que afecta de un modo u otro a los tres protagonistas, pese a que las decisiones finales de Gabrielle la ennoblezcan a los ojos de los vivos y de los muertos. Una chica cortada en dos es también, por supuesto, el retrato cáustico de una clase ociosa en la que la codicia (laboral, social, sexual, intelectual) se impone siempre al sentimiento. Un film, en definitiva, sin espacio para la emoción, ya que no saben nada de verdaderas emociones los dos hombres que cortaron anímicamente en dos a la chica a la que creyeron amar.     



Francia-Alemania, 2007. T.O.: «La fille coupée en deux». Director: Claude Chabrol. Productor: Patrick Godeau. Producción: Alicéléo Cinéma, Rhône-Alpes Cinéma, France 2 Cinéma, Integral Film. Guión: Claude Chabrol y Cécile Maistre. Fotografía: Eduardo Serra, en color. Dirección artística: Françoise Benoît-Fresco. Música: Matthieu Chabrol. Montaje: Monique Fardoulis. Duración: 114 minutos. Intérpretes: Ludivine Sagnier (Gabrielle Deneige), François Berléand (Charles Saint-Denis), Benoît Magimel (Paul Gaudens), Mathilda May (Capucine Jamet), Caroline Sihol (Geneviève Gaudens), Etienne Chicot (Denis Deneige), Marie Bunel (Marie Deneige), Valeria Cavalli (Dona Saint-Denis), Thomas Chabrol (Stéphane Lorbach), Jean-Marie Winling (Gérard Briançon), Didier Bénureau (Philippe Le Riou)




Articulo publicado en el número 378, Mayo 2008.

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Nº 378.

Abril 2008

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