LA CINTA BLANCA

El pueblo de los malditos                                                               Por Ángel Sala


Algunos de los cineastas más importantes de los últimos años han utilizado su obra para indagar sobre el origen del mal y su transmisión generacional y/o espacial. Así tenemos ejemplos en el cine de Bryan Singer (Sospechosos habituales, Verano de corrupción), David Fincher (Seven, El club de la lucha) o nuestro Agustí Villaronga (Tras el cristal, El mar). De todos ellos, el más incisivo ha sido sin duda el austríaco Michael Haneke, uno de los pocos creadores actuales capaces de hacernos estremecer en una butaca (si no recordemos algunos momentos de Funny Games, La pianista o Caché-Oculto), o de no dejarnos libre tras encenderse las luces del cine como ocurría en sus films más «relajados» como la inquietante Código desconocido o El tiempo del lobo.

Pues bien, Haneke parece dispuesto a llegar más lejos en sus orientaciones estéticas y dramáticas con La cinta blanca, una película que se llevó todos los honores en el último Festival de Cannes y ha arrasado en los premios europeos del cine aunque la unanimidad en torno a está película del austríaco está lejos de ser total. Y es que La cinta blanca es mucho más previsible, directa y, por ende, «fácil» que otras películas del realizador mucho más sutiles a la hora de descubrir sus referencias y sus motivos argumentales. Esa frialdad casi quirúrgica de películas como El séptimo continente y 71 fragmentos de una cronología del azar  se torna culterana y evidente en las bellas imágenes de La cinta blanca. A poco de avanzar su largo metraje, el espectador algo cinéfilo puede adivinar rápidamente las influencias de Carl Th. Dreyer (una especie de reverso tenebroso del universo de OrdetLa palabra–) o Ingmar Bergman (Los comulgantes, Fanny y Alexander e incluso el nivel premonitorio de El huevo de la serpiente en un contexto rural) y al final se adivina claramente la tesis de Haneke en torno a las semillas de dónde surgió el monstruo del nazismo.

Así La cinta blanca resulta apasionante como ejercicio cinematográfico, aunque algo obvia en su mensaje, aunque este sea estrictamente necesario en el mundo oscuro y algo gris (como el que refleja el film) en el que vivimos.  Pero lo que más me interesa de La cinta blanca es descubrir a un Haneke neo freak, que se divierte utilizando referencias (ya lo hizo en La pianista, una especie de versión femenina y francesa de Psicosis, o en El tiempo del lobo, que parecia una traducción culterana de Pánico infinito, aquella extraña película dirigida por Ray Milland sobre un holocausto nuclear) llegando hasta el punto que la última película del director de Funny Games bien podría considerarse una versión socialmente comprometida de El pueblo de los malditos, el relato de John Wyndham, con esos niños rubios paseando por un pueblo a conquistar, eliminando a los débiles o los que no se quieren someter. Y pese a que todo ello pueda ser divertido, esperemos que el factor premonitorio de Haneke no se cumpla esta vez, pues analizada friamente, la tesis de La cinta blanca pone los pelos de punta a cualquiera. De todas formas, Haneke sigue siendo un autor fundamental y su cine continúa sorprendiendo de una u otra manera aunque haya que desdramatizarlo algo por el bien mismo del futuro del cineasta, apartándolo asi de la parodia forzada.                                               

        

 

Austria-Alemania-Francia-Italia, 2009. Director: Michael Haneke. Con: Christian Friedel, Ernst Jacobi, Leonie Benesch.

                       


Articulo publicado en el número 299, Febrero 2010.

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