WALL.E
El último robot
Es la canción de siempre. Pixar está en otra liga completamente distinta a la del resto de productoras de cine de animación. Y de eso no cabe la menor duda. Una muestra más es «Wall-E» que no sólo deja en ridículo todos los guiones de las películas estrenadas este año hasta la fecha y es uno de los ataques más radicales y efectivos contra el consumismo desenfrenado, sino que además es la mejor historia de amor narrada en una gran pantalla en años y, probablemente, la mejor cinta animada del siglo y, aventurándome un poco, la más lograda obra maestra de los estudios Pixar.
En el periodo de dos semanas he tenido ocasión de hablar cara a cara con Andrew Stanton y John Lasseter. El primero, director de Wall-E, a raíz del estreno del film. Y el segundo, su productor ejecutivo, supervisor y, además, principal dirigente de las divisiones animadas de Pixar y Disney (ésta propietaria de aquélla), debido a la apertura de la nueva atracción de California Adventure (parque de atracciones justo en frente de Disneylandia en el sur de Los Angeles), «Toy Story Mania», un hilarante viaje interactivo en cuatro dimensiones al mundo de la trilogía de Toy Story. En ambos casos lo que me quedó muy claro es que estos dos genios del mundo de la animación respiran creatividad y contagian su entusiasmo por un arte único en la historia del cine. Estar frente a Lasseter, ni que fuera unos minutos, fue una de las experiencias más fascinantes de mi vida; y hablar con Stanton dejó claro por qué Pixar va un millón de pasos por delante del resto de contrincantes en el negocio (y a estas alturas no me hagan hablar de DreamWorks, que si lo mejor que saben hacer es Kung Fu Panda, mejor que se retiren…).
Amor sin límites
Dentro de 800 años… Wall-E (iniciales en inglés que vienen a decir algo así como Levantador de Unidades de Desperdicios, Clase Tierra) es el único habitante del planeta. Este está cubierto de basura, acumulada durante siglos de excesivo consumismo que causó un cambio drástico en el medio ambiente y provocó que al aire fuera irrespirable, por lo que los humanos tuvieron que mudarse a módulos espaciales donde residen y lo único que hacen es tumbarse, comer y engordar. Wall-E sólo tiene por compañía a una cucaracha (con quien entabla una relación similar a la que existía entre Tom Hanks y la pelota Wilson en Náufrago) y una cinta de vídeo (¡VHS!) de Hello Dolly!, que visiona una y otra vez, aprendiéndose las canciones, sus números musicales y… cómo comportarse cuando está enamorado. Pero Wall-E no tiene de quién enamorarse. Hasta el día que una inmensa nave espacial deja a su lado a Eve, un nuevo modelo de robot que inspecciona la superficie terrestre en busca de señales de vida.
Poco a poco, Wall-E inicia una relación amistosa con Eve, que no tarda en convertirse en… algo más. Hasta el día en que, como muestra de su afecto, le regala una planta que encontró escondida en una nevera abandonada. Eve se apropia de la misma y manda una señal a la sede central, que envía una nave para recogerla. Cuando esto sucede, Wall-E no tiene intención de dejarla atrás, y se engancha al aparato, que lo desplaza a él y a Eve a Axiom, donde decenas de miles de humanos sobreviven. Allí el capitán descubrirá que existe un procedimiento secreto cuando se descubre que la naturaleza inicia el proceso de repoblación de la Tierra…
El inicio de Pixar
Andrew Stanton creó lo que acabaría convirtiéndose en Wall-E meses antes del estreno de Toy Story, la primera producción Pixar que llegó a las pantallas en 1995. Durante una reunión legendaria a la que asistieron las principales mentes creativas de la compañía (Lasseter, Stanton, Pete Docter –director de Monstruos, S.A.–, y el tristemente fallecido Joe Ranft) surgieron las semillas de, entre otras, Bichos y Buscando a Nemo. Cuando Stanton habló de Wall-E (bajo la premisa: ¿qué pasaría si la humanidad se olvidara de desconectar al último robot en activo en la Tierra antes de abandonar el planeta?), quedó claro que la tecnología aún no estaba lista para una producción de tal envergadura, por lo que el director se decantó por la historia de un pez que se pierde en alta mar…
Años después (y una vez el director previsto, Docter, abandonó el proyecto porque no estaba muy convencido de contar una historia de amor), Stanton, junto con Jim Reardon (realizador de 35 capítulos de Los Simpson), se puso a escribir el guión. Una vez aprobado, contactaron con el diseñador de producción Ralph Eggleston (Los Increíbles, Toy Story), quien se inspiró en pinturas de la NASA de los años 50 y 60, así como en los bocetos originales de los creadores del parque de atracciones Disneylandia; con el compositor Thomas Newman (que ya colaboró con Stanton en Buscando a Nemo); y con dos personalidades ajenas al mundo de la animación: el director de fotografía Roger Deakins (No es país para viejos) y el diseñador de efectos visuales Dennis Muren (Parque Jurásico, Abyss), que asesoraron en el empleo de lentes, iluminación y movimientos de cámara, el primero, y en la visualización de efectos digitales animados, el segundo. Todos ellos (sin olvidarme de las voces del cómico Jeff Garlin –Curb Your Enthusiasm, en TV–, el habitual de Pixar John Ratzenberger y la inimitable Sigourney Weaver doblando al ordenador central de Axiom) hacen que el film sea…
…Una maravilla
…Tanto en su historia –la mayor parte de ella sin diálogos– como su puesta en escena –simulando el proceso fotográfico de las cámaras Panavisión en 70mm empleadas para rodar clásicos de la ciencia ficción como 2001: una odisea del espacio– son impecables. Enumerar la lista de escenas, instantes, secuencias y momentos absolutamente extraordinarios es tarea casi imposible, y ocuparía páginas y páginas de análisis (probablemente es la producción más adulta y más cinéfila en la historia de Pixar). Y todo ello es debido a lo que Stanton apuntaba antes: la obsesión por la historia. Y es que la tecnología no lo es todo. Esta es un arma «muy atractiva, me comentó aquél en la entrevista antes citada para el diario norteamericano «La Opinión». Pero en Pixar, desde nuestra primera película (Toy Story), hemos dedicado siempre más tiempo a la historia. Narramos historias. No dependemos de la tecnología». Además, continuó el responsable de Buscando a Nemo, «nunca pensamos que estamos haciendo películas animadas. Sólo hacemos cintas que deben ser tan buenas como cualquier otra de otro género. La diferencia es que las nuestras son animadas».
Incluso ese interés que comentaba antes por asemejarse a producciones del género fantástico como el film de Kubrick (atención a ese hermano gemelo de HAL que controla Axiom), Alien, el octavo pasajero, Encuentros en la tercera fase y Blade Runner viene motivado no por un afán de dejar al espectador con la boca abierta por el virtuosismo visual de los animadores (que, por cierto, sí dejan con la boca abierta), sino por inyectar al relato de detalles que ayudan a entender las motivaciones y resoluciones de los personajes: si Wall-E recoge una chapa metálica es para simular el sombrero de Michael Crawford en Hello Dolly!; o si el encantador robot viaja por el espacio y es capaz de rozar la estela de un planeta (en una imagen emotiva y antológica), es para demostrar que por fin es feliz.
Un hito histórico
Toda esa perfección parte, principalmente, de un diseño exquisito de los personajes protagonistas, en especial Wall-E (aunque Eve resulta igual de excelsa: su única forma de expresión son sus ojos). La cara del robot muestra alegría, tristeza, emoción, entusiasmo, desesperación y temor con una simplicidad apabullante. La idea para esa mirada única le vino a Stanton «durante un partido de beisbol, en 2003, me indicó en la entrevista antes citada. Mi asiento estaba muy lejos del terreno de juego y le tomé prestados los binoculares a mi amigo. Les di la vuelta, los miré y pensé en las posibles expresiones. Eso fue al mismo tiempo en que estaba diseñando cómo iba a ser Wall-E. Se trataba de una expresión poderosa y no necesitaba de una nariz o una boca. Y eso fue todo». Y eso es todo lo que necesita… pero Stanton y los suyos no se detuvieron allí: a través de las manos, Wall-E también expresa su anhelo por ser amado y compartir su amor. Y el hogar donde reside, inundado de objetos supervivientes de la cultura popular y la sociedad en general (el cubo de Rubik, cucharas, tenedores…), retrata las virtudes de lo sencillo y lo útil, algo a lo que no prestamos atención de forma suficiente (por otro lado, el ataque visceral al consumismo extremo de la actualidad es muchísimo más eficaz que cincuenta Verdades incómodas de Al Gore juntas: esos planos iniciales de la Tierra despoblada e inundada de basura –y que guardan un cierta paralelismo con las fotografías de Nueva Orleáns después del Huracán Katrina– conforman uno de los comienzos más deprimentes que he visto en una película comercial en años; por no hablar de la imagen del presidente de la corporación Compra y Engorda, Shelby Forthright, a quien da vida Fred Willard, en una referencia poco sutil a George W. Bush Jr. En fin, que los genios de Pixar dicen más acerca del estado de las cosas que cualquier manifestación auspiciada por esos a los que les gusta llevar pañuelos palestinos…).
Pero es en esa ausencia de diálogos –especialmente durante sus primeros 60 minutos– donde Wall-E deja una huella imborrable en el cine. Gracias a la colaboración de Ben Burtt, especialista de audio (creador de los sonidos de La guerra de las galaxias, Alien y la saga Indiana Jones, y toda una institución en su especialidad), la imagen es todo. A través de ella se dice mucho más que con cualquier conversación (y cuando los humanos entablan conversaciones, éstas son mínimas: por cierto, Wall-E es la primera cinta de Pixar en la que aparecen humanos de carne y hueso…). «Miramos todas nuestras películas favoritas de la época muda… Es increíble, porque hicieron cosas que hoy serían imposible, recordó Stanton a la página de Internet aintcoolnews.com. Habían escenas que no podríamos replicar porque en su lugar utilizaríamos el sonido o el diálogo. Se trata de un arte perdido, que enterramos con Chaplin, Keaton y el resto». De este modo, con Wall-E, Pixar se une a la liga de los grandes maestros y genios de la historia del séptimo arte.
Josep Parera
USA, 2008. T.O.: «Wall-E». Director y guionista: Andrew Stanton. Productor: Jim Morris. Producción: Pixar Animation Studios para Walt Disney Pictures. Diseño de producción: Ralph Eggleston. Música: Thomas Newman. Montaje: Stephen Schaffer. Diseño de sonido y voces: Ben Burtt. Asesores visuales: Dennis Muren, Roger Deakins. Intérprete: Fred Willard (Shelby Fortright). Voces (en la versión original): Jeff Garlin (Capitán), John Ratzenberger (John), Kathy Najimy (Mary), Sigourney Weaver (ordenador), Ben Burtt (Wall-E).
Articulo publicado en el número 282, Julio-Agosto 2008.
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