ESCONDIDOS EN BRUJAS
Cuando un director debuta tras las cámaras, las opciones son varias: apuesta por lo clásico (por ejemplo, el barcelonés Juan Antonio Bayona y su «El orfanato»), dárselas de modernillo (Guy Ritchie), «cool» (Quentin Tarantino) o intelectual (David Mamet). Y los hay que mezclan todo ello. Tal es el caso del dramaturgo británico Martin McDonagh, que inicia su labor como realizador de largometrajes con «Escondidos en Brujas», que protagonizan Colin Farrell, Brendan Gleeson y Ralph Fiennes.
La obra teatral de Martin McDonagh, que por cierto desconozco, ha sido comparada, precisamente, con David Mamet y Quentin Tarantino. Por eso no es de extrañar que en su primera película como director de cine, aquel haya apostado por un tipo de cine que combina elementos de tales cineastas con ingredientes del trabajo de gente como Guy Ritchie (Snatch) o hasta clásicos como Sed de mal (imágenes de la cual aparecen brevemente en un televisor). La mezcla le funciona de maravilla en Escondidos en Brujas… hasta que es hora de poner un punto y final. Como en tantas otras ocasiones, el tercer acto carece de la engería, coherencia y efectividad de los dos precedentes; y si eso no es un inconveniente para disfrutar del largometraje es porque el trío protagonista –Colin Farrell, Brendan Gleeson y Ralph Fiennes– sabe cómo solventar escenas que se alargan en demasía (en cierta forma, el último tercio me recordó al de la sobrevalorada Arma fatal: mucho ruido y pocas nueces).
Ray (Colin Farrell) y Ken (Brendan Gleeson) son dos asesinos a sueldo ingleses cuyo encargo de matar a un sacerdote (Ciarán Hinds) se salda con un doble crimen ciertamente imperdonable. Su jefe, el líder de la mafia local Harry (Ralph Fiennes, pasándoselo tan bien como Ben Kingsley en Sexy Beast), los envía a Brujas para que se calmen. Una vez allí, Ken, el veterano, disfruta de las opciones culturales que ofrece la ciudad belga, mientras que Ray, el joven e impaciente, se queja de todo y por todo (además de sentirse culpable por lo que sucedió en Londres. Este conoce a Chloë (Clémence Poésy), una actriz que está rodando una película en la que también actúa Jimmy (Jordan Prentice), un actor enano que además es su socio en otras actividades menos legales que la actuación. Harry ordena a Ken que elimine a Ray, debido a lo que sucedió en Londres (¡hasta los criminales se imponen límites en quién es «decente» matar y quién no!). Pero aquél no puede cumplir la orden expresa de su jefe. Por supuesto, Harry enfurece y decide que ya es hora de subirse las mangas y hacer él mismo el trabajo que sus subordinados no tienen ni idea de cómo hacer. Por ello, el mafioso se desplaza a Brujas. El encuentro con sus dos ex empleados se saldará con aún más sangre en la pantalla y víctimas inesperadas.
La combinación de acción y humor, cine comercial e independiente, funciona a momentos en Escondidos en Brujas. Es el placer intermitente que ofrece el film de McDonagh (ganador del Oscar al Mejor Cortometraje Real en 2006 por Six Shooter): el problema es que uno no sabe muy bien a qué público va dirigida la cinta, si al que se deleita con los largometrajes de los Coen, Tarantino y compañía, o al que simplemente pretende pasar un buen rato en la sala de cine sin plantearse demasiadas preguntas (ni cuestionarse las constantes referencias cinéfilas). A pesar de esa indecisión, la película ofrece numerosas secuencias de interés: desde la puesta en escena del doble asesinato en Londres (con esa lista de pecados que la segunda víctima tenía lista para recitar al sacerdote asesinado), hasta la aparición de dos turistas americanos obesos, pasando por la extraña escena de la introducción de Jimmy (atención a su posterior teoría, surgida de su afición a la cocaína, acerca de una guerra en ciernes entre blancos y negros) o la pelea entre éste y Ray.
Alex Faúndez
GB, 2007. T.O.: «In Bruges». Director: Martin McDonagh. Intérpretes: Colin Farrell, Brendan Gleeson, Ralph Fiennes, Clémence Poesy, Jeremie Reiner.
Articulo publicado en el número 282, Julio-Agosto 2008.
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