NEED FOR SPEED

El más buscado                                                                              Por  Roberto Morato


                                                                                  

A pesar de las injustas críticas recibidas por la franquicia «Fast & Furious», la serie se ha convertido en uno de los fenómenos más lucrativos del cine contemporáneo. Son muchos los estudios que intentan replicar cómo han reinventado el cine de acción para una audiencia más joven. El último intento es «Need for Speed», una mezcla entre el componente automovilístico de las aventuras del clan de Toretto y el mundo de los videojuegos.



Uno de las mejores libros que puedo recomendar al lector de «Imágenes de Actualidad» para conocer los entresijos de la industria cinematográfica es «The men who would be King» –Los hombres que pudieron reinar sería una traducción aproximada al castellano–, una crónica sobre la creación y derrumbe de Dreamworks, el último gran estudio de cine norteamericano. El sueño de Steven Spielberg de recuperar la tradición del Hollywood clásico y depositar un estudio en mano de los artistas, del talento creativo en lugar de los ejecutivos, acabó tornándose en poco menos que en uno de los fracasos más sonoros y más silenciados de comienzos de
milenio. La fábrica de sueños que planeaba el director de Tiburón acabó viniéndose abajo a las primeras de cambio cuando el propio ego del cineasta colisionaba con las necesidades económicas de la propia Dreamworks. Mientras el realizador llevaba sus películas más taquilleras a otros estudios en régimen de coproducción, reservaba para su nuevo estudio algunos de sus mayores fracasos como Amistad, lo cual no solo provocó conflictos entre su triunvirato –Jeffrey Katzenberg y David Geffen, fueron sus otros dos miembros fundadores– sino que trajo graves problemas económicos a la compañía.

A pesar que la empresa disfrutó de un breve momento de gloria comprendido entre los Oscar de American Beauty y Gladiator, la realidad es que Dreamworks acabó perdiendo su autonomía como estudio independiente y se vio obligado a asociarse con Paramount y actualmente con Disney previo paso por un fondo de financiación hindú, que les permitió seguir produciendo nuevos proyectos hasta la fecha. La hecatombe de un conglomerado de talento y estrellas que estaba llamado a cambiar el rumbo del cine norteamericano para siempre vino provocada entre otras cosas por su incapacidad de adaptarse al presente y por ser incapaces de producir películas del gusto contemporáneo –y por favor, no me hagan escribir una lista de debacles de Dreamworks, que estamos hablando de un estudio que prometió riesgo creativo y su primera película acabó siendo El pacificador–. Mientras Spielberg llora en todos los medios sobre la desaparición del cine adulto y la imposibilidad de levantar proyectos como Lincoln, con la otra mano financia proyectos como la saga Transformers o este Need for Speed.

Quizás siendo conscientes de la imposibilidad de levantar una franquicia en el mercado actual sin una licencia detrás, Dreamworks adquirió Need for Speed, una marca lo suficientemente reconocida dentro del mundo de los videojuegos pero carente de una narrativa o estética concretas; de hecho, durante estos últimos años, la saga ha resultado ser un contenedor perfecto para comprobar los cambios constantes en el mercado de los juegos de automovilismo. Con este cheque en blanco, Scott Waugh pudo realizar la película a su antojo. Lo explica su protagonista Aaron Paul: «Solo teníamos que poner coches rápidos ahí delante. Teníamos un folio en blanco con el que trabajar. Así que pusieron una gran historia detrás de la licencia y Scott siempre tuvo una visión particular sobre lo que quería hacer. Me obligó a ver todas las películas de coches de Steve McQueen… así fue como me convenció. Quiere que los espectadores que vean la película no se sientan engañados, que piensen “¡Oh Dios mío, han hecho semejante locura!”. Que piensen que todo lo que ven en pantalla se ha hecho de una manera práctica, que sientas que tú mismo estás conduciendo el coche porque al fin y al cabo esa es la sensación que tienes jugando al videojuego».


VENGANZA SOBRE RUEDAS

Tobey Marshall (Aaron Paul) vive una vida tranquila y apacible, tiene un taller de coches a las afueras de una pequeña localidad que comparte con sus amigos mientras compite en carreras locales para ganar un sobresueldo extra. Todo cambiará cuando aparezca en el pueblo Anita (Dakota Johnson), su antigua novia con su actual pareja Dino Brewster (Dominic Cooper), viejo conocido de Tobey y un malcriado niño rico que propone a Tobey el negocio de arreglar un coche de carreras antiguo. Angustiado por
las deudas heredadas del taller de su padre, Tobey acepta a regañadientes remodelar el coche para vendérselo a un millonario al que representa la joven británica Julia Maddon (Imogen Poots).

La incipiente rivalidad entre Tobey y Dino les lleva a disputarse el dinero conseguido en la restauración del coche en una carrera de coches. Tras un accidente fatal donde acaba involucrado Pete (Harrison Gilbertson), el benjamín de la pandilla del taller y a la postre también hermano de Anita, Tobey acabará injustamente con sus huesos en prisión y cargando con la muerte de su amigo.

Una vez cumplido su tiempo en prisión, Tobey jura venganza y no ve mejor escenario para llevarlo a cabo que en la más legendaria y secreta de todas las carreras urbanas.


AMERICANA A 160 MPH

Durante el comienzo de Need for Speed, todos los protagonisas se reúnen para relajarse en un autocine en el cual se está proyectando Bullit. No es una cita gratuita ni siquiera la habitual referencia para demostrar un amplio legado cultural; realmente existe el espíritu de recuperación del cine de automóviles de la década de los 70. Es un elogio al cine de especialistas, realizado a base de efectos prácticos –los actores principales se vieron obligados a permanecer largos períodos de tiempo en escuelas de especialistas de conducción–, sin apenas efectos digitales, donde las secuencias de acción no solo marcan la narración de un argumento mínimo sino que se convierten en la razón de ser de su existencia. A diferencia de otras sagas contemporáneas, en Need for Speed, los coches no son una mera excusa para el mestizaje de géneros cinematográficos, sino que son el fin último, todo gira en torno a ellos, son la máxima expresión de la set piece, ya sea a través de una carrera o de una persecución.

Pero dentro de la película de Waugh no solo late el espíritu de la recuperación cinematográfica de un género perdido, sino que también evoca a una América olvidada en las narraciones contemporáneos, a esas zonas del país carcomidas por la crisis económicas que sin embargo todavía conservan unos valores americanos conservadores, por eso nadie en ningún momento se cuestiona la venganza contra el personaje de Dino Brewster, o que los personajes no dejen de ser simples encarnaciones morales de unos valores o el argumento no pase de una simple línea en un folio. En el fondo, Need Speed es como el coche de carreras que Tobey y sus amigos consiguen revitalizar para la carrera, un clásico al que han infundido tecnología actual, una suerte de Fast & Furious para el Cinturón de la Biblia. 

  

                                                                                                                                                                                                 


USA, 2014. T.O.: «Need for Speed». Director: Scott Waugh. Productores: John Gatins, Patrick O Brien, Shane Black, Mark Sourian. Producción: Touchstone Films, Dreamworks Pictures, Relliance Entertainment, Electronic Arts. Guion: George Gatins, John Gatins. Fotografía: Shane Hurlbut. Diseño de producción: Jon Hutman. Música: Javier Navarrete. Montaje: Paul Rubell, Scott Waugh. Intérpretes: Aaron Paul (Tobey Marshall), Dominic Cooper (Dino Brewster), Imogen Poots (Julia Maddon), Rami Malek (Finn), Ramón Rodríguez (Joe Peck), Kid Cudi (Benny), Dakota Johnson (Anita), Michael Keaton (El Monarca).



Articulo publicado en el número 345, Abril 2014.

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Nº 345

Abril 2014