OLGA KURYLENKO

Se mira pero no se toca                                                                    Por Marc Servitje


En el momento en el que escribo estas líneas nadie ha tenido la oportunidad de ver el nuevo James Bond. Así pues, aún no sabemos si el rumor que asegura que 007 sólo se acuesta con una única mujer en toda la película es cierto o no. Según parece, en «007: Quantum of Solace» el agente secreto menos secreto de la historia del cine sigue enamorado de su pareja en «007: Casino Royale», es decir, Vesper Lynd, y sólo tiene en mente una cosa: vengar su muerte a toda costa. De esta forma, se entiende (o no) que Bond dé por saciado su legendario apetito sexual con una pelirroja –con la voz y los rasgos de la británica Gemma Arterton– y deje en una esquina del plato a la humeante y exquisita Olga Kurylenko. 


Y es que si algo queda claro en la trama de 007: Quantum of Solace es que la película trata sobre la venganza. Por un lado, el corazón de Bond está hecho trizas después de haber visto impotente cómo Vesper Lynd se ahogaba en el fondo de un canal veneciano. Por el otro, una joven llamada Camille, de ascendencia rusa y boliviana, anda con el cuchillo entre los dientes desde que su familia fuera asesinada de forma cruel y despiadada. Tanto Lynd como los padres de Camille fueron eliminados por el mismo hombre: Dominic Greene, un potentado hotelero y supuesto ecologista que pretende hacerse con el control de varios países sudamericanos. Ello explica que cuando Bond y Camille descubran que tienen un objetivo común (darle tal paliza a Greene que éste desee no haber nacido), no estén para arrumacos y achuchones, y sí para repartir guantazos y balazos al por mayor (hasta tal punto que hay quienes sostienen que éste es el Bond más sangriento jamás realizado). «No es que esté buscando novio precisamente, dice la actriz ucraniana Olga Kurylenko con respecto a su personaje, Camille. Sólo le mueve la venganza. Si el hombre que tiene enfrente no le sirve para su propósito, se deshace de él muy rápidamente».

A día de hoy, casi un año después de que asistiera al casting de 007: Quantum of Solace, a Kurylenko le sigue sorprendiendo que los productores de la película y su director, el germano Marc Forster, la eligieran a ella por delante de otras 400 candidatas. No es para menos. Para hacerse con el papel tuvo que presentarse a hasta tres audiciones distintas y ya en la primera de ellas metió la pata hasta el fondo: tenía que interpretar una escena del guión con otro actor que se postulaba para dar vida al villano de la función (personaje que finalmente encarnaría Mathieu Amalric), pero a los pocos segundos de empezar se dio cuenta de que había memorizado el texto equivocado y no tuvo más remedio que improvisar sobre la marcha. Además, en una primera versión del libreto se especificaba que Camille era 100% latina, por lo que los productores tenían en mente contratar a una actriz más del estilo de Eva Mendes o Jessica Alba. Sin embargo, cuando el realizador Marc Forster la vio cara a cara en una segunda audición, quedó tan cautivado por su electrizante presencia y su inquietante mirada que sugirió –como quien no quiere la cosa– que Camille podría tener no sólo raíces bolivianas sino también rusas. Finalmente en un tercer encuentro, en el que se constató la química existente entre Daniel Craig y Olga Kurylenko, esta última demostró reunir las aptitudes necesarias para convertirse en una de las pocas, si no la única, chica Bond con quien el agente 007 no ha podido compartir el lecho. Por el contrario, y a tenor de lo publicado en los tabloides, Forster sí ha podido hacer lo que no ha logrado ni el mismísmo James Bond. «Marc es, como solemos decir en la profesión, un director de actores, revela la productora Anne Bennett. Todos los actores del “set” se llevaron realmente bien con él. En cuanto a Olga y Marc, sólo puedo decir que se trata de su vida privada y hay que respetarla. Sea como sea, los dos son solteros». Hasta hace bien poquito, tanto a Forster como a Kurylenko se le había escuchado renegar del amor en público. Después de un complicada relación sentimental, el realizador de Monster´s Ball y Cometas en el cielo parecía haber tirado definitivamente la toalla al asegurar que «cuando trabajas tanto y viajas tanto, resulta verdaderamente difícil mantener un noviazgo a flote». Por su parte, Kurylenko, que con ni siquiera 30 años –cumple 29 este mismo mes de noviembre– se ha divorciado ya dos veces (la primera del fotográfo francés Cédric Van Mol, con el que estuvo casada casi cuatro años, y la segunda del empresario Damien Gabrielle), llegó a amenazar a la comunidad masculina con un rotundo «no volveré a pertenecer a nadie nunca jamás». Aunque es probable que por aquel entonces nuestra querida Olga desconociera el título de una vieja película protagonizada por un tal Sean Connery sobre un agente secreto con licencia para matar: Nunca digas nunca jamás.


DESDE UCRANIA CON AMOR

Para llegar hasta 007: Quantum of Solace, Olga ha tenido que recorrer un largo y fatigoso camino, no exento de baches, cuestas escarpadas y desvíos a ninguna parte. Todo empezó la gélida mañana del 14 de noviembre de 1979, cuando una maestra de bellas artes llamada Marina Alyabysheva dio a luz a una niña fruto de su matrimonio con Konstantin Kurylenko en la localidad ucraniana de Berdyansk (sometida en aquella época al antiguo régimen de la Unión Soviética). Con apenas 3 años, la pequeña Olga tuvo que lidiar con el divorcio de sus padres, teniendo que mudarse a un diminuto y destartalado piso con su madre, sus abuelos, sus tíos y su primo, y perdiéndole la pista a su padre hasta bien entrada la pubertad. Si bien es cierto que su madre Marina no pudo proporcionarle las comodidades que habría deseado para su hija (vestida prácticamente con harapos y con jerseys más agujereados que un colador), no lo es menos que siempre tuvo mucho esmero en desarrollar en ella una sensibilidad artística, motivo por el cual la apuntó a cursillos de piano y ballet. Nada hacía sospechar entonces que aquella jovencita acabaría pisando la alfombra roja de Hollywood y se convertiría en el centro de todas las miradas y objetivo predilecto de los fotográfos. Y es que la existencia de Olga Konstantinovna Kurylenko se volteó como un calcetín cuando con 13 años fue de vacaciones a Moscú con su madre, y una mujer a la que no conocían de nada se les acercó en el andén del metro: «Habló con mi madre, le dijo que era agente de modelos y que yo tenía aptitudes. Pero en ese momento, nos regresamos a Ucrania porque no lo teníamos muy claro. Unos días más tarde, la mujer nos llamó por teléfono y nos pidió que hiciera unas pruebas. Mi madre vino conmigo para asegurarse de que todo estaba en orden, de que se trataba de una agencia real y no de una red de tráfico de chicas para convertirlas en esclavas sexuales. Cuando vio que todo era cierto, me dejó sola». Tras comprobar de primera mano que aquello era lo suyo y que tenía futuro como maniquí, decidió mudarse a París con tan sólo 16 años y, en un lapso relativamente breve de tiempo, sacaba brillo a las portadas de «Glamour», «Elle», «Madame Figaro», «Marie Claire» y «Vogue», luciendo las camisetas arrapadas de Bebe, la suntuosa lencería de Lejaby o emperifollada con los pintalabios de Clarins y los coloretes de Helena Rubinstein. De indudable fotogenia (las cámaras la adoran, vean si no las instantáneas que acompañan a este texto), era sólo cuestión de tiempo que viéramos su rostro proyectado en la gran pantalla. La vimos debutar hablando en francés en L´annulaire, a la que siguieron Paris, je t´aime (en el segmento dirigido por Vicenzo Natali) y Le serpent, y más adelante se atrevió con el inglés en sendas adaptaciones de videojuegos, Hitman y Max Payne. Encorsetada por su espectacular físico (sólo le ofrecen interpretar a prostitutas, vampiras y modelos, es decir, roles dotados de una gran carga sexual), habrá que ver si 007: Quantum of Solace le abre las puertas a un nuevo abanico de personajes que le permitan crecer y demostrar su valía como intérprete. No olvidemos que las flores, por mucho que las riegues, con el tiempo se marchitan.



Articulo publicado en el número 285, Noviembre 2008.

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Nº 285.

Noviembre 2008